Cerca del peligro

Capítulo 2: No eres bienvenido

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El sonido de las llaves contra el mármol se prolongó en el silencio como el eco de un disparo.

—He dicho hola —repitió, alzando ligeramente la lata en un saludo que pretendía ser casual y resultó ser una provocación. La cerveza se agitó dentro del envase, y una pequeña burbuja escapó por la abertura—. No vas a devolverme el saludo, ¿Little Bell?

Little Bell.

Campanita.

Oye, Little Bell, ¿vas a cantar para nosotros?

La voz de entonces se superpuso a la voz de ahora. La misma entonación burlona. La misma sonrisa torcida que nunca llegaba a los ojos. Los mismos compañeros de clase riendo a su alrededor mientras yo sentía cómo el bochorno me subía por el cuello como una llama.

Little Bell, ¿tu mamá sabe que eres tan sabelotodo?

El recuerdo me golpeó en el estómago. La sensación de las miradas. El silencio incómodo que precedía a las risas. La forma en que mi mano quedaba suspendida en el aire, a medio camino entre querer seguir participando y querer desaparecer.

Little Bell, Little Bell, Little Bell.

Un cuchillo de palabras.

Una canción de odio con mi nombre como estribillo.

—No me llames así —escupí, y mi voz sonó más rota de lo que quería. Las palabras salieron raspadas, como si hubieran tenido que abrirse paso entre espinas—. Nunca más.

Se puso de pie.

El movimiento fue fluido, casi perezoso. No el impulso brusco de alguien que obedece una orden, sino la elección consciente de alguien que decide, por su propia voluntad, cambiar de postura. La lata de cerveza quedó sobre la mesa de centro —un círculo húmedo se formó inmediatamente en la madera pulida— y sus manos, grandes, de dedos largos, se hundieron en los bolsillos traseros de sus jeans.

Había olvidado lo alto que era.

O tal vez lo había recordado demasiado bien y por eso el impacto de verlo erguido, completo, real, me golpeó con la fuerza de un tren. Un metro ochenta y cinco de músculos y huesos que alguna vez se interpusieron entre yo y la puerta del salón de actos. Entre yo y la salida. Entre yo y cualquier sensación de seguridad.

No. No. No.

No iba a hacer eso.

—Isabell.

Mi nombre en sus labios sonó diferente.

Más grave.

Más...

No.

No iba a hacer eso. No iba a permitir que mi cerebro buscara excusas para no odiarlo. Para empezar a no odiarlo. El simple hecho de que pronunciara mi nombre —mi nombre real, no el apodo que él mismo había convertido en un arma— no significaba nada. Era lo mínimo. Lo absolutamente mínimo.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, y esta vez mi voz sí salió firme. El temblor se había transformado en algo más sólido, más afilado. Un cuchillo recién afilado—. En mi casa. En mi ciudad. ¿Qué demonios haces aquí?

—Cálmate.

—No me digas que me calme.

Di un paso adelante. Mis manos temblaban, pero no era miedo. Era furia. Era la acumulación de cuatro años de silencio y buenos modales desbordándose por fin como un río que rompe su dique. La presión en el pecho que había sentido durante toda la cena —esa opresión constante, ese nudo que se formaba cada vez que mis padres decidían algo por mí sin preguntar— encontraba por fin una válvula de escape.

El aire de la sala estaba frío —mi madre bajaba la calefacción por las noches, decía que "el calor artificial arruina la piel"—, y mi respiración formaba pequeñas nubes de vapor que se disipaban casi al instante.

—Llevas cinco años sin aparecer —continué, acercándome peligrosamente. Cada paso era una declaración de intenciones. Cada centímetro que reducía la distancia entre nosotros era una advertencia—. Cinco años en los que pude respirar sin tener que mirar por encima del hombro para ver si estabas ahí, listo para decir algo hiriente o humillarme delante de todos. Y ahora vuelves. Así. Sin avisar. En mi casa.

Justyn apretó la mandíbula.

El gesto fue mínimo. Un leve endurecimiento de los músculos que recorrían su quijada, una tensión que apareció y desapareció en menos de un segundo. Pero lo vi. Lo vi porque había pasado años aprendiendo a leer sus expresiones. A adelantarme a sus movimientos. A saber, cuándo iba a golpear —no con los puños, que nunca me pegó, pero sí con las palabras, que a veces duelen más— para prepararme el escudo.

Por un segundo, algo cruzó por su mirada. Algo que pudo ser incomodidad. O culpa. O quizás solo el reflejo de la televisión, que en ese momento mostraba un primer plano de un árbitro mostrando una tarjeta amarilla. La luz parpadeó, tiñendo sus ojos de un color que no supe identificar.

—No es mi decisión —dijo, y su tono había perdido esa chispa burlona de hace un momento. Ahora era plano. Neutro. La voz de alguien que está leyendo un comunicado de prensa—. Tus padres llamaron a los míos. Bueno, a mis padres adoptivos. Dijeron que necesitaban a alguien para...




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