Cerca del peligro

Capítulo 3: "Declaración de guerra" - Parte I

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Las guerras no comienzan con bombas. Esa es una mentira que nos cuentan en las películas, donde los ejércitos se enfrentan en campos abiertos y los generales declaran oficialmente el conflicto con discursos grandiosos y banderas ondeando al viento. La realidad es mucho más silenciosa, mucho más mezquina, mucho más humana.

Las guerras comienzan con cosas pequeñas. Un dedo en una frontera. Un vaso de agua en el lugar equivocado. Un jugo de naranja etiquetado con un nombre que alguien decide ignorar porque sí, porque puede, porque el simple hecho de cruzarte en tu propia cocina y tomar lo que no es tuyo es ya una declaración de intenciones más clara que cualquier manifiesto.

Esa es la verdad sobre el conflicto.

Nadie declara la guerra de forma oficial. No hay banderas blancas ni trompetas ni mensajes cifrados. Uno solo se despierta una mañana y descubre que el territorio ha sido invadido mientras dormía, que las líneas en el mapa se han movido sin permiso, que ya no hay un lugar seguro donde refugiarse porque el enemigo está dentro de casa, literalmente dentro, respirando tu aire, durmiendo bajo el mismo techo, usando tu champú.

En mi caso, el territorio era mi propia casa. Una mansión de Pacific Heights con vistas a la bahía, cinco habitaciones, cuatro baños, tres pisos, dos padres ausentes y un piano de cola que ya no era suficiente para ahogar el sonido de su presencia.

Y el invasor estaba roncando en la habitación de invitados a las siete de la mañana del primer día, con la puerta entreabierta y un brazo colgando fuera de la cama, completamente ajeno al hecho de que su mera existencia en ese espacio era ya un acto de agresión.

Pero las guerras, pensé mientras observaba su silueta desde el pasillo iluminado por la tenue claridad del amanecer, no se ganan con un solo disparo. Se ganan con mil pequeños ataques. Con el desgaste. Con la constancia. Con la capacidad de resistir cuando el otro ya no puede más.

Y yo, Isabell Prescott, había estado resistiendo toda mi vida.

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Día uno. El baño.

El sol se filtraba a través de los ventanales del pasillo del segundo piso, proyectando rombos de luz dorada sobre la alfombra de pelo largo que mi madre había elegido en un tono beige tan neutro que parecía tener miedo de ofender a alguien. Afuera, los pájaros cantaban con esa energía irritante que solo tienen los seres vivos que no tienen que compartir su casa con su enemigo de la secundaria. San Francisco amanecía gris y frío, como siempre, pero esa mañana el gris me parecía particularmente apropiado, casi un presagio, casi un luto por la paz que había perdido.

El baño del segundo piso siempre había sido mío.

Técnicamente era el baño de invitados, una decisión arquitectónica que mis padres habían tomado cuando construyeron la casa y que nunca habían revisado porque, supongo, no imaginaban que su hija necesitaría reclamar como propio un espacio que legalmente no le pertenecía. Pero como nunca teníamos invitados —mi madre decía que las visitas eran una molestia y mi padre que la familia era suficiente, lo cual era irónico viniendo de alguien que apenas hablaba con sus hermanos—, me lo había apropiado hacía años, con la misma naturalidad con la que un gato se apropia de una silla vacía.

Mi cepillo de dientes en el vaso azul, el único toque de color en un baño de mármol blanco y grifos de acero inoxidable. Mi crema hidratante junto al espejo, junto a mi delineador, junto a mi cepillo de pelo, junto a la colección de horquillas y gomas que se acumulaban como prueba irrefutable de que una mujer habitaba ese espacio. Mi champú de coco y almendras en la repisa de la ducha, al lado derecho exactamente, porque la izquierda era para el jabón líquido y esas cosas no se mezclaban, no porque fuera una maniática del orden, sino porque la rutina era lo único que me mantenía cuerda en medio del caos.

A las siete y media de la mañana del primer día, bajé las escaleras arrastrando los pies enfundados en calcetines de lana, con el pelo todavía mojado formando un río oscuro que empapaba la tela de mi bata rosada, y la toalla en el hombro como un soldado que lleva su arma al hombro. Olía a champú recién usado, a pasta de dientes mentolada, a la crema hidratante con factor de protección solar que mi madre insistía en que usara, aunque en San Francisco el sol apenas existiera.

Justyn salía del baño.

Mi baño.

La puerta estaba abierta de par en par, y una nube de vapor escapaba hacia el pasillo como un fantasma que se negaba a desaparecer. El espejo empañado reflejaba la luz mortecina del amanecer. El grifo aún goteaba —gota, gota, gota— con un ritmo que se me clavó en la cabeza como un tic nervioso.

Y él estaba ahí.

Con mi toalla azul marino enrollada en la cintura —la toalla que mi abuela me había traído de Grecia, la que tenía las iniciales bordadas en hilo dorado, la que yo guardaba para ocasiones especiales porque era demasiado bonita para usarla a diario— y el torso desnudo goteando agua sobre la alfombra de felpa blanca que mi madre había comprado en una tienda italiana donde todo costaba más que mi computadora y donde los vendedores hablaban en susurros como si estuvieran en una iglesia.




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