
Día seis. La televisión.
Era sábado, y la casa entera olía a la cena que mi madre había preparado la noche anterior: un estofado de cordero que había llenado cada rincón de la mansión con un aroma a romero y ajo y vino tinto. La niebla se había adherido a los ventanales como una gasa, difuminando las luces de la ciudad hasta convertirlas en manchas borrosas de color naranja.
Mi madre y mi padre habían salido a cenar con amigos —"con los Harrington, cariño, los del club de campo, ya sabes"—, dejándonos instrucciones vagas sobre la alarma de seguridad y un "no esperéis despiertos" que sonó más a deseo que a indicación. La casa estaba vacía. Silenciosa. Los pasillos, normalmente iluminados por luces de bajo consumo, estaban en penumbras, solo interrumpidas por los pequeños puntos ámbar de las luces de emergencia.
Perfecta.
Me instalé en el sofá de la sala de estar con una manta —la de lana escocesa, la que mi padre había traído de un viaje a Edimburgo y que nadie usaba nunca porque era demasiado calurosa—, un tazón de palomitas —mantequilla derretida, sal, una pizca de pimentón ahumado que Emma me había enseñado a usar— y el control remoto en la mano. Había cambiado el canal a Netflix, había seleccionado Bridgerton, y tenía planeado ver tres episodios seguidos —el placer culpable que Emma se negaba a dejar de mencionar, ese que me hacía sentir como una adolescente de quince años que aún creía en finales felices— y olvidarme de que Justyn Cranston existía.
El primer episodio estaba a punto de terminar. La pantalla mostraba los jardines de una mansión inglesa, verdes y perfectos, con actores vestidos con trajes de época que parecían recién salidos de una caja de bombones. La música —una versión orquestal de una canción pop, porque Bridgerton hacía esas cosas y yo las amaba secretamente— llenaba la sala con sus cuerdas y sus vientos.
Daphne estaba a punto de besar al duque.
Lo sabía porque había visto este episodio tres veces. Lo sabía por el modo en que la cámara se acercaba lentamente a sus rostros, por la forma en que la luz iluminaba sus mejillas desde abajo —luz de fuego, luz de chimenea—, por la respiración entrecortada que los actores fingían tan bien. El duque inclinaba la cabeza, Daphne cerraba los ojos, las orquestas llenaban el aire con una tensión romántica que me hacía apretar la manta contra mi pecho cada vez.
Ahora. Ahora se besan.
Justyn Cranston apareció en el marco de la puerta justo cuando los labios del duque iban a tocar los de Daphne.
La luz de la televisión iluminó su silueta desde atrás, creando un contorno dorado alrededor de su cuerpo. Llevaba unos jeans holgados y una camiseta blanca tan fina que casi podía ver la forma de sus hombros a través de la tela. Estaba descalzo —siempre descalzo en casa, como si necesitara sentir el suelo bajo sus pies para recordar que era real— y su pelo estaba húmedo, recién lavado.
Con mi champú, seguramente.
—Eso es para señoras —dijo.
Su voz cortó el momento como un cuchillo. En la pantalla, el beso se consumó sin mí. Los violines alcanzaron un clímax melódico. Daphne suspiró. El duque la miró con ojos de deseo contenido.
Yo miraba a Justyn con ojos de odio apenas contenido.
—Vete.
—Hay un partido.
Mi pulgar se movió sobre el control remoto, presionando el botón de pausa sin que mi cerebro lo decidiera conscientemente. La imagen del beso quedó congelada en la pantalla, los labios del duque a un centímetro de los de Daphne, las pestañas de ella rozando sus mejillas. La banda sonora se detuvo en medio de una nota, dejando un silencio incómodo en la sala.
—Hay un segundo televisor en el cuarto de mis padres —dije, señalando hacia arriba con el pulgar, hacia el segundo piso donde dormían mis padres y donde había una pantalla plana de ochenta pulgadas que mi padre había comprado para ver el Super Bowl y que nadie usaba el resto del año.
—Está ocupado.
—¿Otra vez?
Cada vez que pensaba que no podía odiar más a mi padre por su decisión de invitar a Justyn a casa, surgía una nueva razón.
—Tu madre. Dijo que necesitaba ver su programa de decoración.
Resoplé. El sonido salió de mi nariz con más fuerza de la que pretendía, y sentí cómo el aire caliente me rozaba el labio superior.
Los programas de decoración. Por supuesto. Mi madre veía programas de decoración con la misma devoción con la que yo practicaba Chopin: religiosamente, obsesivamente, como si su vida dependiera de saber exactamente qué tono de blanco quedaba mejor en una pared orientada al norte.
Apreté el control remoto contra mi pecho como si fuera un bebé al que estaban tratando de arrebatar. El plástico se clavó en mi esternón a través de la tela de mi sudadera. La manta escocesa resbaló ligeramente de mis hombros, y el frío del aire acondicionado —que mi madre mantenía a dieciocho grados, aunque fuera invierno— me heló la nuca.
—Es mi noche de serie.
—Es nuestra noche de fútbol.