El aire acondicionado del centro comercial en la Ciudad de San Miguel se sentía como un oasis artificial frente al calor sofocante y pegajoso que derretía las aceras en el exterior. Sentado a la mesa de la zona de comida, rodeado por el eco de bandejas plásticas, pasos apresurados y el murmullo de cientos de desconocidos, Saul observaba a sus amigos.
Angel gesticulaba de forma exagerada, casi tirando el vaso de soda mientras contaba una anécdota ridícula y distorsionada de la semana en la facultad de ingeniería; Tania se reía a carcajadas limpias, de esas que contagian a las mesas vecinas y hacen que la gente voltee con simpatía, mientras acomodaba sus cuadernos universitarios; e Isabel asentía con una sonrisa cómplice, devorando los restos de su almuerzo entre comentarios sobre parciales y maestros difíciles.
Para Saúl, ese momento era el equivalente a una trinchera. Su rostro estaba relajado, sus hombros caídos en una postura de absoluta comodidad y sus respuestas fluían con una naturalidad ligera, casi flotante. Cualquiera que lo viera desde fuera, vería a un joven de 1.80 metros de estatura, vistiendo ropa casual y disfrutando de una tarde perfecta con las personas que más quería.
Cruzando la frontera del cráneo, en el centro de mando de su mente, el ambiente era una auténtica fiesta de gala.
ACTO I: El Festín de la Dopamina
En la gran sala de control de la mente, las luces eran de un tono neón brillante que parpadeaban al ritmo de los latidos del corazón, y una música electrónica sofisticada resonaba suavemente por los pasillos alfombrados.
El Núcleo Accumbens (El Buscador de Placer): (Acostado en un sillón inflable gigante, vistiendo lentes oscuros y con una sonrisa de oreja a oreja que amenazaba con partirle el rostro) —¡Suban el volumen, muchachos! ¡Esto es vida! Dopamina de la más alta pureza corriendo por todo el sistema sináptico. Miren los niveles de Oxitocina, ¡están rozando el límite de seguridad! Sentirse querido, aceptado, valorado y protegido por la tribu de amigos es el mejor combustible del mundo. ¡Exijo que compremos este buffet de felicidad para todos los días de la semana! ¡Que no se acabe nunca!
La Ínsula (El Traductor del Cuerpo): (Monitoreando una pantalla holográfica gigante que reflejaba los órganos internos en tiempo real) —Reportando datos óptimos desde la periferia corporal. El ritmo cardíaco es constante, rítmico y pausado; los músculos zigomáticos del rostro que activan la sonrisa están trabajando con perfecta elasticidad. No hay tensión en el pecho, las glándulas sudoríparas están bajo control gracias al aire acondicionado del centro comercial y no hay nudos en el estómago. El sistema entero habita un estado de bienestar absoluto.
El Tálamo (El Recepcionista): (Moviendo sus manos a la velocidad de la luz sobre un conmutador gigante lleno de cables de fibra óptica) —Transmitiendo datos de los sentidos en ultra alta definición. Estímulo visual: la oscilación de la luz en el rostro de Tania. Estímulo auditivo: los chistes en frecuencia modulada de Angel. Todo pasa directo a la oficina de la Prefrontal sin filtros ni compresión de datos. Hoy no hay amenazas que bloquear en el entorno. Estamos a salvo.
Sin embargo, el tiempo en el mundo exterior no se detiene por la felicidad de nadie. Las luces del centro comercial empezaron a cambiar a un tono más cálido, los pasillos comenzaron a vaciarse de estudiantes y llegó el momento inevitable de las despedidas. Un par de abrazos fuertes, la promesa automática de escribirse al llegar a casa a través del teléfono y el grupo se dispersó. Cada quien tomó su rumbo hacia las paradas de autobuses.
ACTO II: El Silencio del Camino (El Contraste de las Realidades)
Saúl subió al autobús de regreso hacia la zona de Morazán. Buscó un asiento al lado de la ventana, se colocó los audífonos y dejó que la música aislará el zumbido áspero del motor diésel y el olor a asfalto caliente. Mientras el paisaje urbano de San Miguel se disolvía para dar paso a los terrenos más verdes y rústicos de la carretera, la tarde empezó a teñirse de tonos anaranjados, violetas y grises. El calor sofocante del día cedía paso al viento fresco de la zona oriental, y con la desaparición física de los amigos, las luces neón de la sala de control se apagaron de golpe, siendo reemplazadas por una iluminación tenue, fría, casi de biblioteca abandonada.
El Tálamo (El Recepcionista): (Desconectando cables pesados con una calma mecánica, exhalando un suspiro que resuena en los pasillos) —Desconexión del entorno social completada. Saúl va viajando solo en el transporte público. Bajando drásticamente la intensidad de los estímulos externos. Entrando en modo de baja frecuencia introspectiva.
La Red Neuronal por Defecto (El Soñador Despierto): (Sentada en una hamaca que colgaba justo en medio de los dos hemisferios cerebrales, balanceándose lentamente mientras sostenía una libreta de cuero viejo y gastado) —Por fin... silencio. El ruido de afuera ya no estorba—. (Mira hacia el techo translúcido del cerebro, donde las nubes grises de los pensamientos abstractos empezaban a arremolinarse de forma densa) —Qué increíble es este diseño, ¿verdad? Hace un momento éramos los reyes del mundo en la zona de comida, y ahora que estamos solos... el silencio pesa como el plomo.
Saúl bajó del autobús en su parada habitual y caminó las últimas cuadras hacia su casa. El sonido rítmico de sus propios pasos sobre el asfalto agrietado era lo único que rompía la quietud de la noche que caía sobre el vecindario. Metió las manos profundamente en los bolsillos, bajó la mirada hacia la punta de sus zapatos y, casi sin darse cuenta, el peso de la realidad lo golpeó en el pecho.
Hace muy poco se había arrancado una hoja del calendario. La cifra de sus veintitrés años recién cumplidos cruzó su mente como una sombra fría, larga y afilada.