Cicatrices bajo la luna

Prologo

Advertencia de contenido:
Esta historia aborda temas sensibles como violencia psicológica, autolesión, ansiedad, culpa y conflictos familiares. El contenido puede resultar perturbador para algunos lectores. Se recomienda discreción.

—¿Quién eres? —preguntó alguien dentro de mi cabeza mientras observábamos mi reflejo en el espejo.

—¿Quién quieres que sea? —cuestioné en voz alta sin apartar la mirada.

—Jess.

La voz de mi madre me distrajo, y con visible reticencia aparté la mirada del espejo y salí del baño. Especialmente hoy, la voz en mi cabeza parecía no querer guardar silencio. Era frustrante, pero debía mantenerme serena para no provocar a mi madre.

Apreté los dientes y bajé las escaleras con rapidez.

—¿Qué sucede? —pregunté al entrar en la cocina con una curiosidad forzada.

Mi madre levantó la mirada. Nuestros ojos se encontraron; ella resopló molesta y habló con irritación:

—Te dije que sacaras la basura.

Me tensé y sonreí nerviosamente.

—Lo olvidé... —susurré en voz baja, casi un murmullo temeroso. Bajé la mirada al suelo.

—¿Acaso no puedes hacer algo bien por una puta vez? —gritó, alterada. El volumen de su voz me hizo estremecer y retroceder un poco.

—L-Lo siento... —tartamudeé.

Ella solo me dirigió una mirada de reproche antes de pasar por mi lado, empujándome con el hombro y haciéndome tambalear. Se acercó a los botes de basura, amarró la bolsa y la agarró, saliendo por la puerta trasera.

Un silencio tenso invadió el ambiente. Me quedé mirando un punto fijo, sin saber qué decir ni qué hacer. Creí que la voz en mi cabeza había callado, pero entonces resonó:

"Qué estúpida. ¿Olvidarte de algo tan básico? Si yo fuera tu madre también te hubiera insultado."
Solté un suspiro tembloroso y entrelacé mis manos, intentando calmar el dolor en mi pecho.

Caminé hacia la puerta trasera y, al abrirla, me asomé para revisar si mi madre ya se había ido.
Me invadió una punzada de decepción al notar que simplemente había salido a trabajar sin despedirse.

Cerré la puerta con algo más de fuerza de la necesaria. —No debí haber esperado tanto de ella —me regañé a mí misma.

Salí por la puerta principal y me senté en el suelo. Saqué mi caja de cigarrillos, encendí uno con un pulso tembloroso y solté el humo lentamente.
Al instante sentí cómo mi cuerpo se relajaba. Eché la cabeza hacia atrás, entumecida pero satisfecha.

El sonido de hojas siendo pisadas llamó mi atención. Volteé y encontré la mirada de un chico que se acercaba. Enarqué una ceja y me acomodé, enderezando la espalda. Molesta, hablé:

—¿Quién mierda eres tú y qué haces en mi jardín?

El chico me dedicó una sonrisa divertida y señaló un sitio a mi lado. —¿Está ocupado?

Resoplé, fastidiada. Me giré hacia otro lado y di otra calada. A él no pareció importarle mi mal humor. Con toda la confianza del mundo se sentó a mi lado, lo cual me incomodó; terminé alejándome un poco.

—¿Me darías uno? —preguntó.

Lo miré de reojo, confundida.

—¿Qué cosa?

—Un cigarrillo.

Me burlé con una sonrisa corta.

—No. Son míos.

Él enarcó una ceja, apoyó los brazos sobre sus rodillas y preguntó:

—¿No compartes?

Me encogí de hombros.

—No te conozco. ¿Por qué debería darle mis cosas a un desconocido?

Él meditó un segundo antes de responder: —Soy Marco Soltrand.

Lo miré con desinterés. —¿Tengo cara de que me importa? —solté con hostilidad.

Él solo soltó una risa suave. Fruncí el ceño; no sabía si se estaba burlando de mí o qué buscaba. Maldije en voz baja. —Idiota.

Me levanté, sacudí el polvo de mi pantalón y tiré el cigarrillo al suelo, pisándolo para apagarlo.
Él levantó la cabeza.

—¿No me dirás tu nombre? —preguntó.

Lo miré incrédula. —¿Disculpa?

Su sonrisa seguía ahí, molesta y tranquila a la vez. Hice una mueca de disgusto, me di la vuelta y caminé hacia mi casa sin despedirme, ni mirar atrás.




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