Advertencia de contenido:
Esta historia aborda temas sensibles como violencia psicológica, autolesión, ansiedad, culpa y conflictos familiares. El contenido puede resultar perturbador para algunos lectores. Se recomienda discreción.
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Cinco meses atrás
Debo hacerlo. Puedo hacerlo.
Solté un suspiro. Tenía un nudo en la garganta y me obligué a sentarme frente al escritorio de mi habitación. Abrí mi computadora y entré a la página con los enlaces de mis clases virtuales, que estaban por comenzar en cualquier momento.
El miedo me atravesó como una corriente helada.
El estómago se me encogió, las manos me temblaban y el mundo parecía girar demasiado rápido mientras intentaba recuperar el aire que se me escapaba.
No podía controlarlo.
Tenía miedo. Mucho miedo.
Entrelacé mis manos, notando lo frías que estaban.
—No... no puedo —susurré, temblando.
Cerré la computadora con brusquedad, me levanté y empecé a caminar de un lado a otro. Mi cuerpo parecía querer vomitar. Corrí al baño, abrí la puerta de golpe y me arrodillé frente al inodoro justo antes de vomitar.
Me dejé caer a un lado, temblorosa, con un frío que me calaba los huesos. Levanté las piernas y las abracé, buscando alguna clase de consuelo.
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—¿Y qué tal fue tu primer día de clases? —
preguntó mi madre.
No sabía si lo decía por interés o por simple obligación. Casi nunca me preguntaba nada.
Me tensé. Asentí con la mirada baja.
—Bien —dije, intentando no sonar nerviosa.
Ella se giró para verme y me observó con seriedad.
—¿Le preguntaron su nombre?
Asentí otra vez.
—Sí.
Pero no pareció creerme. Me vio con un ojo crítico mientras abría la llave del lavaplatos, se lavaba las manos y se las secaba.
—Cómase todo —dijo finalmente, antes de salir de la cocina.
Cuando quedé sola, solté un suspiro, sintiendo cómo la tensión abandonaba mi cuerpo.