Cicatrices bajo la luna

Capítulo dos

Advertencia de contenido:
Esta historia aborda temas sensibles como violencia psicológica, autolesión, ansiedad, culpa y conflictos familiares. El contenido puede resultar perturbador para algunos lectores. Se recomienda discreción.

Actualidad

Por el trabajo de mi mamá, ella se iba a las ocho de la mañana y regresaba hasta las diez de la noche, así que me tocaba pasar casi todo el día sola en la casa. Ya estaba acostumbrada... o eso creía.

Estaba acostada en mi cama, mirando un punto fijo en el techo, cuando empecé a escuchar ruidos y risas.

Me levanté. Impulsada por la curiosidad, pero tratando de que no me vieran, corrí un poco la cortina y me incliné para asomarme.

Afuera había un grupo de unas diez personas: reían, bromeaban, se empujaban en juego. Me quedé observándolos casi de manera obsesiva.

Y entre ellos, uno me atrapó de inmediato: el chico raro que se había metido a mi jardín. Ahí estaba, sonriendo como si no tuviera una sola preocupación. Algo fuerte me apretó el pecho. Me quedé mirándolos sin parpadear, hasta que se fueron.

Solté la cortina con fastidio y me alejé. Sentí un sabor amargo subiéndome por la lengua, y sonreí con ironía.

—Qué deprimente...

"Por supuesto que lo es. Mientras la gente de tu edad se divierte, tú estás aquí, encerrada. Das pena."

No pude contradecir esa voz. Tenía razón.

Necesitaba apagar mi cabeza y mi corazón. Así que empecé a imaginar despierta. En mi mente, yo era parte de su grupo. Les inventé nombres, personalidades, y me reí sola... hablando como si ellos realmente me escucharan, como si me aceptaran. Por un momento, sentí paz.

Había dormido toda la mañana. No entregué ni un solo trabajo del día. Frustrada, hundí la cara en la almohada y la golpeé con la frente.

—¿Qué mierda estoy haciendo con mi vida? —

grité, agotada.

Me levanté con pereza y caminé al baño. Me miré fijamente en el espejo: veía mi cara, pero no la sentía mía. Era como si estuviera viendo a otra persona.

Cuando salí del trance, sacudí la cabeza y me lavé los dientes por segunda vez.

Revisé la hora en el celular y me pregunté a qué hora saldría mi mamá. Así que le escribí.

Martha mincheldan

Yo: Hola, ¿a qué hora llegas hoy?

Martha mincheldan: Tarde.

Yo: ¿Tarde? ¿Por qué?

Martha mincheldan: Porque sí, Jessica, no molestes.

Leí el mensaje varias veces. Sentí el nudo en la garganta. Tiré el celular sobre la cama y bajé a la cocina a prepararme algo de comer.

¿Realmente odias tanto que te hable mamá?




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