Cicatrices bajo la luna

Capítulo tres

Advertencia de contenido:
Esta historia aborda temas sensibles como violencia psicológica, autolesión, ansiedad, culpa y conflictos familiares. El contenido puede resultar perturbador para algunos lectores. Se recomienda discreción.

—¿Entonces te gusta él? —pregunté, asombrada, mirando a mi amiga Natalia con una sonrisa cómplice.

Natalia, sonrojada, bajó la mirada y empezó a mover los pies con nerviosismo.

—O sea... es lindo y todo, pero yo no le gusto.

Crucé los brazos y la observé, frunciendo el ceño.

—¡Eres hermosa! ¿Alguna vez te has visto? —chillé, y la tomé de los hombros, empujándola suavemente.

—No exageres —dijo, mordiéndose el labio inferior con una sonrisa contenida.

—¡Jessica, baja a comer! —escuché de pronto. Salí de mi ensoñación de golpe y miré hacia el frente. Sentí cómo el pecho se me oprimía, dejándome sola otra vez.

Bajé por las escaleras despacio, aún imaginando que hablaba con un chico que realmente gustara de mí... y no de alguien más.

Cuando llegué al comedor, noté que mi mamá estaba bien arreglada, y que no parecía que fuera rumbo al trabajo.

—¿A dónde vas? —pregunté, sentándome en la silla.

Ella se acercó y dejó el plato frente a mí.

—Por ahí —respondió, y yo levanté una ceja.

—¿Va a salir con sus amigos? —murmuré.

Aunque no quería sentirlo, sentí envidia: ella sí tiene amigos. Pero al mismo tiempo, me dolió pensar que se iría y me dejaría sola.

Me ardió el pecho. Quería que se quedara, aunque sabía que si lo hacía tampoco pasaría tiempo conmigo. Vivía amarrada a un trabajo que tampoco la hacía feliz.

"Deja de ser tan fastidiosa. Ya le quitas la felicidad con solo existir. No llames la atención."

Pensé eso y bajé la cabeza. Moví la comida con la cuchara.

—Que te vaya bien —le dije.

Mi mamá caminó hasta la puerta.

—Te amo —dijo antes de salir.

¿Qué estaría haciendo si fuera normal?

Tal vez saliendo con amigos... divirtiéndome... teniendo un novio, quizás.

¿Por qué me cuesta tanto tener una vida normal? ¿Por qué tengo que complicarle la vida a mi mamá, hacerla llorar por mi miedo a estudiar presencial?

En la oscuridad de mi cuarto, miré alrededor. Sentía las manos y las piernas hormiguear de una manera horrible. Quería llorar, gritar... me sentía estresada.

En un arranque de frustración, jalé mi cabello con fuerza y arranqué algunos mechones. Sentí el dolor punzante y mis ojos se llenaron de lágrimas.

Me obligué a no llorar, pero fue inútil; las lágrimas salieron solas.

—¿Por qué mierda tengo que llorar? ¿Tan débil soy? —me regañé, secando las lágrimas de inmediato.

Pero la sensación no se iba.

"Córtate."

El pensamiento apareció tan rápido que ni lo procesé.

La necesidad fue tan grande que busqué debajo de mi cama algo punzante. Me tiré al suelo y bajé el pantalón.

No lo pensé dos veces. Pasé el objeto por mi piel y sentí que podía respirar otra vez. Todo mi cuerpo se aflojó. Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos, dejando que ese dolor extraño me calmara.

—Todo estará bien si duele... —me repetí una y otra vez.

No sabía cuánto tiempo había pasado. Me había perdido en ese momento. Pero de pronto la realidad me golpeó.

Me incorporé de golpe, aterrada. Me quité la camisa y la até alrededor de la pierna para detener el sangrado.

Encendí la luz. Al ver la sangre en el piso, me acerqué rápidamente y limpié con la misma camisa. Luego usé productos para quitar el olor y asegurarme de que la mancha desapareciera por completo.

Cuando terminé, solté un suspiro tembloroso. Vendé varias veces la herida y me subí el pantalón.

Tomé la camisa entre mis manos, temblando. Tenía que deshacerme de ella. Si la dejaba en la basura de mi cuarto, mi mamá que revisa todo la encontraría sin duda.

Bajé las escaleras del primer piso con pasos lentos, conteniendo la respiración para no hacer ruido. Todo el tiempo sentía un frío en la boca del estómago. No era miedo por el corte... era miedo a que ella me descubriera.

Cuando por fin salí a la calle, la noche estaba fresca y silenciosa. Caminé rápido, con la mirada fija en los botes de basura. Metí la mano, solté la camisa ensangrentada y sentí un peso menos encima.

Suspiré, lista para volver a la casa.

Y entonces lo vi.

Marco.

A unos metros, sentado en la acera de enfrente, con el celular en la mano. Pero no estaba viendo el celular.

Me estaba viendo a mí.

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que casi perdí el aire. La luz del poste se reflejó en sus ojos y pude ver su expresión: no era la sonrisa burlona que recordaba... era algo entre lástima, confusión y —lo peor— reconocimiento.

Había visto todo.

Sentí cómo la sangre me subía a la cara, no por el dolor... sino por la vergüenza. Me sentí sucia, expuesta, rota.

La voz en mi cabeza gritó: Corre.

Y no lo dudé.

Eché a correr de vuelta a mi casa, con el corazón desbocado y el miedo pegado a la espalda.




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