Cicatrices bajo la luna

Capitulo cuatro

Ya había pasado casi un mes desde lo ocurrido, pero cada día se sentía como una extensión de esa misma noche. No he podido dejar de pensar en ello.

Me sentía ridícula por no poder recordar su nombre. ¿Michael? ¿Matthew? ¿Mark? Solo sabía que empezaba por M... o quizás por J. No lo sé. Intentar recordarlo me provocaba un vacío helado en el estómago.

Aquel encuentro fue aterrador. Apenas entré a casa esa noche, corrí directo al baño y alcancé a vomitar justo a tiempo. No fue solo un acto; fue un colapso. Después de vomitar, temblé sin parar y sentí cómo mi temperatura bajaba como si mi cuerpo se apagara.

Tuve tantas náuseas y me sentí tan mal que pasé casi cinco días en cama, con fiebre, tos y la sensación constante de que el mundo se me venía encima. No era un simple resfriado: era la consecuencia física de un miedo abrumador.

Sigo aterrada. La única esperanza que tengo es que él no le haya dicho nada a mi madre. Ella estaría horrorizada. Ese miedo es tan grande que se convirtió en una vigilancia permanente.
Cada vez que suena el teléfono o mi mamá me mira de un modo extraño, mi mente me traiciona. ¿Ya le habrá dicho? ¿Sabe que me lastimé?

Escuché un ruido abajo, en la cocina. Al instante me levanté y salí de mi cuarto, bajando las escaleras con lentitud, como si cada escalón fuera un aviso de lo que podría pasar.
Al entrar a la cocina, vi a mi mamá guardando comida en varios táperes. Me acerqué con una pequeña sonrisa, casi pidiendo permiso.

—¿Me hiciste algo de comer? —pregunté.

Mi mamá no respondió. El ambiente, que ya era frío, se volvió tenso. Mi sonrisa se desvaneció. Entrelacé mis manos —estaban heladas— y las froté con nerviosismo.

—¿No me hiciste nada de comer? —pregunté otra vez, pero esta vez bajé la voz. El miedo ya me apretaba la garganta. Ella giró apenas el rostro hacia mí. La molestia ya estaba marcada en su expresión.

—No vayas a empezar, Jessica. Voy tarde al trabajo —dijo, con esa aspereza que ya me era familiar. Luego siguió guardando sus cosas.

—Pero tengo hambre...

Mi madre tiró los táperes con tanta fuerza sobre el mesón que el estruendo me hizo estremecer y retroceder dos pasos, casi pegándome a la pared.

—¡Jessica, ya estás jodidamente grande, tienes dieciocho años! —me gritó, su voz como un látigo—. Estoy cansada de la misma mierda. Hágase algo de comer usted y no me joda.

Guardó el resto de sus cosas con movimientos bruscos. Y justo antes de salir de la cocina, suavizó su tono apenas un poco:

—Te amo. Y ahí quedó comida. Voy tarde, mi vida —dijo sin mirarme y salió.

Después de unos segundos que se sintieron eternos, escuché la puerta principal cerrarse de golpe. En silencio, empecé a servirme lo que había dejado para mí. Trozos fríos y solitarios de pollo y verduras. Era como si eso fuera lo que me correspondía por "molestar".

Me sentía rara, mal. Y entonces la tristeza volvió. Sentí los ojos llenarse de lágrimas, pero levanté la mirada hacia la pared, obligándome: No llores. Eres débil.

Comencé a comer, masticando de forma mecánica. Con cada bocado sentía cómo la frustración, la rabia y la tristeza se mezclaban con el sabor salado de la comida.

Hasta que finalmente el primer bocado terminó de romperme.

Las lágrimas empezaron a caer sin control, calientes, quemantes. Lloré en silencio, la cuchara suspendida en el aire, mientras el pecho se me apretaba.

Me lo merezco. Soy una carga.

El asco apareció. Asco de mí. De sentir hambre. De comer algo que ella dejó tirado como si me hiciera un favor. Y el asco venció al hambre.

Me levanté de golpe. Tomé el plato y boté el resto de la comida en la basura sin pensarlo. Caí en cuenta de que mis manos temblaban cuando dejé el plato sobre el mesón con un ruido seco.
Necesitaba alivio. Lo necesitaba desesperadamente.

Corrí a la habitación de mi mamá para buscar sus cigarrillos. Revisé entre sus cosas con movimientos rápidos y exactos. Cuando no encontré el paquete, volví a dejar cada objeto justo donde estaba.

—Mierda... tendré que salir —murmuré, frustrada. El simple pensamiento me revolvió el estómago, pero la rabia era más fuerte que la ansiedad.

Tomé un saco ancho, agarré mis llaves y salí. Odiaba salir. Me provocaba un miedo profundo. Mientras caminaba hacia la tienda, ensayé la frase una y otra vez en mi cabeza: "Buenos días, ¿tiene cigarrillos?"

La repetí tanto que mi voz interna sonaba ronca.

Entré a la tienda con movimientos torpes, rígidos.

Y cuando vi quién estaba atendiendo, mi corazón casi se detuvo.

Marco. O como se llame.

Mi sonrisa ensayada vaciló y se congeló. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Traté de recuperar la sonrisa.

—Buenos días —saludé, mirándolo directamente.

—¿Tiene cigarrillos? —pregunté, aunque mi voz sonó demasiado aguda.

Marco me miró. Su mirada era intensa, fría, sin rastro de la burla de antes, pero también sin amabilidad. Era la mirada de alguien que sabía.

—Por favor, muéstreme su identificación —dijo con un tono tan profesional que parecía estar hablando con una desconocida.

Tragué duro.

—¿Disculpe? —murmuré.

Él señaló el letrero detrás, sin emoción.

—Nuevas medidas. Solo se venden cigarrillos o licor a mayores de veinte años.

Mi garganta se cerró. Solté un suspiro tembloroso y bajé la cabeza.

—No había leído... —mentí, débilmente.

Me di la vuelta y salí de la tienda con los oídos zumbando.

Ya afuera, solté un insulto entre dientes:

—Hijo de puta...

Pateé unas piedras, sintiendo cómo la rabia se comía el miedo. Caminé de vuelta a casa, fastidiada, humillada, con el rostro ardiendo de vergüenza y coraje.




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