Estaba en la sala, viendo una serie con la que no había podido parar de reír. Sin embargo, a pesar de las carcajadas grabadas, sentía un vacío frío. Cuando terminó el episodio, revisé la hora en mi celular.
4:00 a.m. Fruncí los labios, sintiéndome triste. Mi mamá aún no llegaba. Le había escrito hace horas, pero solo respondió un mensaje breve y superficial:
"Me demoro, mi vida. Te amo."
Solté un suspiro. La tensión nerviosa volvía a instalarse en mi pecho. Decidí salir. A esta hora, en mi vecindario no suele ser peligroso; siempre hay gente regresando del turno o de fiestas, y la policía hace rondas constantes. La calle, a esta hora, me parecía más honesta y segura que mi propia casa.
Me senté en el pasto, mirando el cielo oscuro que ya insinuaba los primeros tonos grises del amanecer.
Un grupo grande de personas pasó por la acera de enfrente, riendo y tambaleándose. Los mire con poco disimulo. Cuando el grupo se detuvo, uno de los chicos se despidió y comenzó a caminar hacia mi calle.
Lo reconocí. Toda la calma que había encontrado se evaporó.
Es Marco.
Es hermoso... de esa manera molesta y perfecta que te obliga a mirarlo. Alto, al menos 1.85. Su cabello pelinegro rizado le caía ligeramente sobre la frente. Pero sus ojos... eran lo más impactante: de un azul celeste brillante que resaltaba sobre su piel blanca. Tenía un cuerpo fuerte el tipo de cuerpo que entrena, pero su rostro era suave, casi un babyface. Sonrió por algo que había escuchado, y un hoyuelo apareció sutilmente en su mejilla.
Y luego estaba el aroma. Mientras se acercaba, me llegó un olor delicioso a sándalo con menta fresca, algo limpio y masculino, que chocaba con la acidez de mi vergüenza.
Aparte la mirada tratando de no parecer alguien rara, pero a pesar de eso escuche los pasos de alguien y me tense, temiendo que quisiera insultarme por observarlo. Se acercó y lo miré con el ceño fruncido. Entró a mi jardín y caminó hasta mi lado, sentándose en el pasto, manteniendo una distancia respetuosa.
—Nunca me has dicho tu nombre —fue lo primero que dijo, sin rodeos, mirando hacia la calle.
Bufé y miré al otro lado.
—¿Por qué debería decirte mi nombre? —respondí seria y cortante. Mi hostilidad era mi escudo.
Él giró hacia mí, y una sonrisa divertida apareció de nuevo, iluminada por los hoyuelos.
—Me gusta saber el nombre de las personas con las que hablo. Es lo mínimo para, ya sabes... no parecer un acosador que aparece a las cuatro de la mañana.
Lo miré confusa, ladeando un poco la cabeza.
Me esta desafiando, pero sin agresividad. Lo pensé. Darle mi nombre era un pequeño acto de rendición.
Con algo de nerviosismo, pero manteniendo la voz seca, se lo dije:
—Jessica.
La sonrisa de él se ensanchó, y su mirada se volvió, por un instante, genuinamente feliz.
—Un gusto, por fin poder conocerte, Jessica —repitió mi nombre, saboreándolo.
Lo observé sin expresión, detallándolo. Al final, incapaz de sostener su intensidad, aparté la mirada. Sintiendo mis mejillas arder, Hay algo raro en mi, estoy aterrada por una simple interacción.
El silencio se volvió pesado. Noté que olía ligeramente a alcohol, mezclado con su sándalo y menta. La incomodidad creció. La culpa por ser descortés y la ansiedad comenzaron a devorarme.
¿Será que le molestó mi manera de ser?
Mi estómago se apretó. Estaba segura de haberlo incomodado. Era lo último que quería, porque me alegraba hablar con alguien... hacía mucho tiempo que no lo hacía.
Pero la duda me paralizó. ¿Debería hablar? ¿Sacar un tema? Mi mente estaba en blanco.
Quizás sintiendo mi retirada, él rompió el silencio:
—¿Estás esperando a alguien?
Lo miré de reojo. Con algo de desconfianza asentí.
—Sí —respondí con un desinterés fingido, volviendo a mirar hacia otro lado.
Sabía que mis respuestas le estaban diciendo no quiero hablar. Pero aun así no se fue.
Permaneció allí, a mi lado, como un ancla silenciosa que yo quería soltar.
Al mirar hacia la calle, mi corazón dio un salto. La silueta inconfundible de mi madre apareció a lo lejos, doblando la esquina.
Al instante, la adrenalina me atravesó.
Me levanté de golpe, todo mi miedo y mi rabia dirigidos hacia Marco. Si mi madre lo veía...
—¡Fuera de aquí! —le ordené, con una frialdad que no venía de la hostilidad, sino del pánico.
Marco me miró, sorprendido, sus ojos azules abiertos.
No discutió. Se levantó con calma, todavía confundido.
—¿Nos vemos después? —preguntó en voz baja.
Pero yo ya no podía pensar en él. Solo necesitaba borrar la evidencia de que había estado allí. Me giré bruscamente y caminé hacia mi casa sin despedirme. Cerré la puerta detrás de mí, dejándolo solo en el amanecer.
Al entrar en mi habitación, solté un suspiro que no era de alivio, sino de agotamiento. Escuché el motor del carro y luego la puerta principal. Mi mamá había llegado.
Me tiré en la cama, enterrando el rostro en la almohada. La gente como Marco nunca se hace cercana a la gente como yo.
Él es todo lo que yo deseo ser.
Es la facilidad que yo no tengo.
Él se ríe en las calles a las cuatro de la mañana, huele a sándalo, y sus problemas son, probablemente, pagar la universidad. Vive metido en su realidad sin cuestionarse nada, mientras yo me ahogo en la mía.
La envidia me subió por la garganta como bilis, expandiéndose en todo mi cuerpo, una energía negra que no cabía en mi piel. Cerré los puños con fuerza, sintiendo mis uñas clavarse en mis palmas.
Para liberar la frustración, levanté el puño y me golpeé el muslo. El impacto sordo me recorrió como una descarga eléctrica.
—Lo odio —susurré, con la garganta ardida.
Lo odio tanto.
Él cree que me está haciendo un favor al hablarme, que me ilumina... pero solo me recuerda lo jodida que estoy.
Yo solo quiero desaparecer.