Me desperté abruptamente, mi cuerpo arqueándose sobre el colchón. Estaba sudada y mi corazón me latía con una furia descontrolada. Me quité la cobija de encima con un movimiento violento. Tenía que calmarme. Me sujeté el corazón adolorido con la palma de la mano, intentando respirar de manera lenta y profunda.
—Qué sueño tan feo— Mi susurro se sintió ronco en mi garganta. Pero no era solo un sueño; era un recuerdo borroso.
Me levanté, sintiendo un leve mareo. Caminé hacia el interruptor y encendí la luz, cegándome. Al menos, la luz disipaba las sombras de la pesadilla.
Caminé hacia el baño y me eché agua helada en la cara para refrescarme. Solté un suspiro, no de alivio, sino de pura frustración.
Estos sueños son recurrentes, la voz de un hombre, no puedo reconocer su rostro y cuando me toca, todo se vuelve borroso y cambio de sueño. Pero este si lo reconozco bien, es de mi antiguo colegio. Las imágenes eran tan vívidas que podía sentir mi miedo. Recordaba la desesperación de encerrarme en los baños a llorar durante el recreo, porque no tenía con quien hacerme. Nadie me hablaba, y el vacío de la soledad me consumía.
Lo peor no era que no me hablaran, sino la humillación que sentía: me hacían el feo. Incluso cuando alguien tenía que formar pareja conmigo para un trabajo, frente a todo el salón, se quejaban y decían que no querían trabajar conmigo. La memoria de esas voces agrias, ese rechazo público, me apretó el pecho de nuevo.
Tal vez nunca voy a ser suficiente para nadie.
El trauma escolar no me dejaba; se había adherido a mi piel, era solo un recordatorio brillante de lo profundamente defectuosa que yo soy.
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—En total son cinco mil pesos— Expreso la mujer mayor sonriéndome con dulzura, y yo le correspondí al gesto pagando lo que me dijo que valían los dos helados.
—Muchas gracias— Exprese, y ella contó el dinero asegurándose de que estaba completo.
Compré los dos helados. En un momento, tomé una foto de mi mano con uno, luego, subiéndome la manga de la chaqueta, tomé el otro helado y volví a tomar la foto.
Suspirando desganada, comencé a editar la foto para que se viera lo más real posible. Cuando la foto estuvo perfecta, solté un suspiro y se la mandé a mi madre.
Martha mincheldan
Yo: [Imagen]
Martha Mincheldan: ¿Con quién está?
Yo: Con Samantha, ¿recuerda que le dije que saldría con ella?
Martha Mincheldan: ¿Y quién es esa niña?
Yo: Es mi amiga del colegio.
Martha Mincheldan: Con cuidado. Llegué a la hora que le dije y no se demore.
Miré el teléfono con un suspiro de irritabilidad. Llenándome de vergüenza, miré al cielo con una sonrisa amarga.
"¿Realmente estoy haciendo esto? Qué estúpida debo verme, todo sería más fácil si realmente tuviera amigos"
Las dos horas que me quedaban las pasé mirando el celular, tratando de ocultar la vergüenza y el miedo de que alguien se diera cuenta de que estaba sola y no tenía con quién pasar el tiempo.
Espero que mi mamá nunca se entere que mi única compañía ... soy yo.
Cuando pasaron las dos horas, caminé hasta mi casa con lentitud, mirando mis pies. Los sentía tan ajenos, como si no fuera yo quien estuviera usándolos, sino alguien más. Es tan raro, porque sé que son míos, pero siento que no me pertenecen.
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Necesito llegar a casa, necesito un poco de silencio, necesito mirar el cielo y perderme en el.
—Hoy ha sido un día tan agotador... —me quejé mientras subía las escaleras de mi casa con una pereza horrible.
Todo habría sido más fácil si no hubiera salido, pero mi mamá empezó a preguntar por Samantha, que si estábamos distanciadas, y no pude soportarlo. Salir siempre me desgasta, me duele... mi estómago se revuelve de lo incómodo que se siente.
Apenas entro a mi cuarto, camino directo al baño. Me doy una ducha larga, me siento en el piso y dejo que el agua me caiga encima mientras repaso todo el día.
Me quedo mirando un punto fijo por un buen rato, hasta que los ojos se me nublan y me obligo a parpadear para volver en mí.
Cuando por fin cierro la ducha, me cambio ahí mismo, me cepillo los dientes dos veces hasta sentirlos realmente limpios... y recién entonces respiro como si me quitara algo pesado del pecho.
Me emociono tanto que suelto un chillido bajito, una vibra de felicidad me recorre el cuerpo, y camino hasta el balcón. Me siento en la silla, suspiro y empiezo a mirar el cielo, detallándolo sin perderme nada.
De pronto escucho un sonido raro, como un "bis". Me desconcentra y bajo la mirada casi sin querer.
Ahí está Marco, mirándome intensamente desde abajo, como si quisiera leerme la mente para entender qué encontraba tan interesante en un cielo que, para él, no tenía nada de especial.
Junto los labios, un poco incómoda.
—Hola... —murmuro bajito.
Él parece escucharlo.
—Llevo rato llamándote, pero estabas tan metida mirando el cielo que ni te inmutaste —contó, como si intentara averiguar qué me atrapaba tanto.
—Perdón... no escuché nada.
Él se encoge de hombros.
—No pasa nada.
—¿Llevas mucho ahí? —Cuestione.
Él se sienta en el suelo con las piernas cruzadas.
—Estaba jugando baloncesto con mi hermana. Tiré mal, la pelota rebotó y terminó por acá —explica con calma.
Asiento de forma automática.
—Ya veo... — Exprese con desdén.
—¿Miras mucho el cielo? —interrogo con genuino interés.
Asiento despacio, casi sin ganas de admitirlo.
—Me gusta. Me da paz —le confieso.
Nos quedamos en silencio un momento. Yo vuelvo a levantar la mirada, perdida en el cielo.
—¿Sabías que el cielo en realidad no es azul? —declara de repente. Bajo la mirada; él me está observando.