Cicatrices bajo la luna

Capítulo siete

TRES DíAS ANTES

No quería despertar. No quiero ir. Tengo miedo.

La alarma sonó y, como si me arrancaran algo desde dentro, un dolor seco me abrió el pecho. Abrí los ojos en medio de la oscuridad, inmóvil, mirando un punto fijo en la pared.

Sabía que mi madre pronto entraría a obligarme a levantarme. Sabía que no podría escapar.

Llevaba un mes rogándole que me dejara estudiar virtualmente. Le supliqué, le dije que no quería volver al colegio... pero siempre me respondía que no, que no habían cupos, que dejara el drama.

Nunca me escuchaba. Nunca de verdad.

Una vez me preguntó si me hacían bullying. Le dije que no.

¿Cómo se supone que le explique la verdad?

¿Cómo decirle a tu madre que no tienes amigos, que nadie te habla, que te sientes observada como un bicho raro?

¿Cómo decirle que te aterra caminar por los pasillos porque sabes que todos ven que estás sola... que nadie te elige?

Escuché sus pasos acercándose. Mi cuerpo actuó antes que yo: me enrosqué en posición fetal, me cubrí hasta la cabeza y fingí dormir.

Temblaba. Las manos y los pies helados. El estómago hecho un nudo que me quemaba.

Por favor... que no entre. Déjame quedarme. Por favor...

La puerta se abrió. La luz me golpeó los párpados cerrados.

—Jess, levántese —dijo suave al principio.

No respondí.

—¿Otra vez, Jessica? —su voz cambió, irritada—. Estoy cansada de sus mierdas, ¡párese ya de esa cama!

El grito me atravesó como un latigazo. Me incorporé de inmediato, pero no pude ponerme de pie.

—Mami, por favor... déjame quedarme —supliqué con la voz rota.

Ella suspiró, cansada, como si yo fuera una carga.

—No quiero pelear. Levántese. Ya le dije.

Y salió del cuarto.

Me quedé mirando el marco de la puerta, temblando todavía.

Con lo poco que me quedaba de fuerza, junté mis cosas: uniforme, toalla, crema, productos para el cabello. Entré al baño. Me desnudé. Me metí a la ducha.

El agua me tocó y me rompí.

Lloré, pero sin hacer ruido. Solo dejando que la cara se me deshiciera bajo el agua.

Me lavé el cabello, el cuerpo, la piel, todo con movimientos lentos, como si no fuera yo, como si alguien más manejara mis manos.

Me vestí despacio. Me puse crema. Me acomodé el cabello. Agarré los zapatos.

Mi madre entró otra vez. Levanté la mirada despacio.

—No vayas, mami —le dije con una sonrisa nerviosa, como si no fuera yo, como si quisiera convertir el miedo en un chiste.

Ella sonrió, divertida.

—¿Y por qué no? ¿Hizo algo?

—¿Qué haría yo? —respondí en un tono torpemente gracioso.

Ella se acercó al espejo.

—Mi amor, ¿sabe que tiene una mamá muy hermosa? —se dijo mientras se miraba.

Sonreí por reflejo, no porque lo sintiera.

Unos segundos después, volvió al tema:

—Dígame la verdad... ¿le están haciendo bullying?

Siempre lo preguntaba como si fuera culpa mía. Como si quisiera atraparme en una mentira.

Negué. Sentí el nudo en mi garganta subir.

Quería gritarle que me ayudara, que no quería estar sola, que no quería estar asustada, que por favor hiciera algo.

Pero no salió nada.

Mientras buscaba mis zapatos, dejé caer la verdad a medias:

—En el colegio no tengo con quién hacerme.

Ella se detuvo. La forma en la que me miró... no sé cómo explicarlo. Parecía lástima mezclada con sorpresa, y algo de duda. Esa expresión se me clavó en la memoria.

—¿Y sus amigas? ¿Ya no le hablan?

—Ya no —susurré—. Se distanciaron.

No le conté que una de ellas solo se acercó a mí por lástima. Esa humillación no puedo ni nombrarla.

—Igual, al colegio no se va a hacer amigos —respondió ella—. Se va a estudiar.

Me quedé viéndola, sintiendo que algo dentro de mí se doblaba y se rompía.

Las lágrimas ardían, pero me las tragué.

—Yo tampoco tenía muchos amigos —añadió.

No sabía si lo decía para "ayudarme" o para contarse otra historia sobre sí misma.

Solo pensé:

¿Siempre tienes que convertir todo en algo sobre ti, mamá?

Terminé de arreglarme. Perfume. Mochila. Llaves. Salí sin responderle cuando me llamó.

Afuera, respiré hondo. Necesitaba huir mentalmente. Necesitaba inventarme otra vida.

Así que comencé a imaginar: que tenía amigos, que se peleaban por caminar conmigo, que alguien me esperaba en la puerta del colegio.

Miré atrás. Mi madre venía acercándose. Me detuve.

—¿Sigue enojada? —preguntó con burla.

—No me hable, Martha —respondí con un gesto seco.

Caminamos juntas. Por un momento hablamos y hasta reímos un poco.

—Déjeme entrar con usted a la oficina —le pedí.

—Bueno —dijo.

En la entrada, la señora Julia abrió la puerta con una sonrisa cálida.

—¡Oh! Señorita Jess —me saludó.

—Buenos días —respondí, contagiándome un poco de su dulzura.

Entramos. La psicóloga me miró y dijo:

—No es necesario que estés aquí. Puedes ir a clase.

Miré a mi madre. Ella me indicó con los ojos que obedeciera.

Me fui con el corazón apretado. No pude entrar al salón. Me escondí en el baño.

Pensé. Imaginé. Temblé. Perdí la noción del tiempo.

Me llamaron por los altavoces. Volví a la oficina.

Me dijeron que no podía seguir faltando, que debí entregar los trabajos, que sabían que pasaba los descansos escondida en los salones.

Cuando salí, le supliqué a mi madre que me dejara ir a casa.

No quiso.

Regresé al baño. Cerré la puerta. Lloré hasta quedarme sin aire.

Cuando pude sostenerme de nuevo, me limpié el rostro, respiré hondo y caminé hasta mi salón.




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