En esos momentos devastadores, la primera persona en la que pienso es mi madre.
Temo por ella, por sus tristezas, por sus deshonras. No quiero volverme parte de sus amarguras; no quiero que cuando piense en mí solo vea lo malo que hago.
Pero ¿qué puedo hacer cuando una madre solo puede sostenerse de lo bueno de su hija, y cuando llega lo malo actúa como si ya no fuera su hija, sino una cosa de valor… algo que presumir?
Y entonces solo puedo preguntarme:
si solo me notas por lo bueno, ¿qué hago con lo malo?
¿Lo cubro con todo lo bueno que no tengo?
¿Y si hay una grieta?
Yo también estoy hecha de luz y de sombra.
A menudo veo tus grietas, mamá. Muchas son filosas y me cortan, y aun así no te odio.
Entonces, ¿por qué no haces lo mismo conmigo?
¿Estoy pidiendo demasiado?
¿O tú tampoco puedes quererme desde tus carencias?