Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 2 La carta que nunca debió existir

La lluvia cesó poco antes de la medianoche.

Las gotas que permanecían suspendidas en el cristal del ventanal deformaban las luces del puerto hasta convertirlas en pequeños destellos dorados que parecían flotar sobre el océano.

Clara seguía inmóvil.

La carta temblaba entre sus manos.

Había leído aquellas primeras líneas una y otra vez, incapaz de continuar. Durante quince años había repetido la misma historia en su memoria: Lucas la había abandonado sin despedirse, rompiendo la promesa de regresar antes de que terminara el verano.

Ahora, aquellas palabras amenazaban con derrumbar la única verdad que había sostenido su vida.

Respiró hondo.

Con el corazón acelerado, continuó leyendo.

“Aquella noche no me fui porque dejara de amarte. Me obligaron a desaparecer. Si hubiera permanecido contigo, tú también habrías pagado el precio.”

Clara frunció el ceño.

—¿Obligado…? —susurró.

Las siguientes líneas parecían escritas con desesperación.

“Sé que nunca creerás esta carta. Yo tampoco lo habría hecho. Pero había personas vigilándonos desde hacía semanas. Pensé que alejándome podría protegerte. Me equivoqué.”

Un escalofrío recorrió su espalda.

Recordó aquella última tarde.

Lucas había llegado tarde al muelle.

Estaba nervioso.

Miraba constantemente hacia la carretera, como si esperara a alguien.

Ella creyó que era una excusa para terminar con la relación.

Discutieron.

Lloraron.

Y él solo alcanzó a decir una frase antes de marcharse.

—Perdóname…

Entonces desapareció.

Nunca respondió llamadas.

Nunca escribió.

Nunca volvió.

Hasta ahora.

A cientos de kilómetros, Lucas permanecía detenido al costado de la carretera.

La llamada anónima seguía resonando en su cabeza.

“Está dispuesto a matarte…”

Miró el viejo pueblo costero a lo lejos.

Todo parecía igual.

El faro.

La playa.

Las calles bordeadas por pinos.

El restaurante donde compartieron su primera cena.

El viejo muelle.

Quince años.

Quince años intentando convencerse de que volver era imposible.

Y, sin embargo, allí estaba.

Abrió la guantera.

Sacó una fotografía.

Dos adolescentes reían bajo un sol brillante.

Clara tenía el cabello agitado por el viento.

Él la abrazaba con una seguridad que solo tienen quienes creen que el futuro les pertenece.

Lucas sonrió con tristeza.

—Ojalá pudiera volver a ese día…

Guardó la fotografía.

Entonces observó el espejo retrovisor.

Un vehículo negro se había detenido unos metros detrás.

No tenía matrícula delantera.

Las luces permanecían apagadas.

El motor seguía encendido.

Lucas sintió cómo el pulso comenzaba a acelerarse.

Esperó.

Cinco segundos.

Diez.

Treinta.

Nadie descendió.

Finalmente arrancó el automóvil.

El otro vehículo hizo exactamente lo mismo.

Lo estaban siguiendo.

A la mañana siguiente, Clara decidió faltar al trabajo.

No podía concentrarse.

Necesitaba respuestas.

Tomó la caja de madera y comenzó a revisar cada uno de los recuerdos.

Las fotografías.

Las entradas.

Las conchas marinas.

Hasta que encontró algo extraño.

Debajo del falso fondo de la caja había un pequeño compartimiento oculto.

Jamás lo había visto.

Con cuidado levantó la madera.

Dentro apareció una diminuta llave plateada y un papel amarillento.

Solo contenía una dirección escrita a mano.

“Cabaña 17. Playa Esmeralda.”

Su respiración se detuvo.

La Cabaña 17.

El lugar donde Lucas pasaba todos los veranos con su abuelo.

Había permanecido abandonada desde hacía más de una década.

¿Por qué alguien escondería esa dirección?

¿Qué podía seguir allí después de tantos años?

Sin pensarlo dos veces tomó las llaves del automóvil.

Necesitaba ir.

Necesitaba saber.

Aunque eso significara abrir heridas que nunca habían terminado de cerrar.

La carretera costera estaba casi desierta.

El cielo comenzaba a despejarse después de varios días de tormenta.

Mientras conducía, los recuerdos aparecían uno tras otro.

Las carreras sobre la arena.

Las noches mirando estrellas.

Los besos robados.

Las promesas.

Y aquella última discusión.

Por primera vez comenzó a preguntarse si había juzgado demasiado rápido al hombre que una vez juró amar para siempre.

Quizá la historia nunca fue como ella creyó.

Quizá alguien había manipulado la verdad.

Quizá ambos habían sido víctimas de un plan mucho mayor.

Al mismo tiempo, Lucas abandonó la ruta principal para intentar despistar al automóvil que lo seguía.

Giró hacia un viejo camino de tierra.

El coche negro hizo exactamente el mismo movimiento.

Ya no había dudas.

Aceleró.

El polvo cubrió el camino.

Los árboles formaban un túnel oscuro.

De pronto, el vehículo perseguidor aumentó la velocidad.

Impactó violentamente contra la parte trasera de su automóvil.

El volante escapó de sus manos.

Los neumáticos chirriaron.

Lucas luchó por recuperar el control mientras el coche derrapaba peligrosamente hacia un barranco.

Con un último esfuerzo consiguió detenerse a escasos centímetros del vacío.

Respiraba con dificultad.

Miró por el espejo.

El automóvil negro ya no estaba.

Había desaparecido.

Como si nunca hubiera existido.

Solo quedó una pequeña caja metálica sobre el camino, exactamente en el lugar donde el otro vehículo había estado unos segundos antes.

Lucas descendió lentamente.

Se acercó.

La recogió.

Dentro había una fotografía reciente de Clara.

Y una nota escrita con tinta roja.

“Ella será la próxima si descubres lo que ocurrió aquel verano.”




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