Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 3 La cabaña del último verano

El camino hacia Playa Esmeralda parecía detenido en el tiempo.

Los pinos formaban un largo corredor verde que filtraba la luz del amanecer en haces dorados. El aroma a sal, madera húmeda y eucaliptos despertaba recuerdos que Clara había pasado quince años intentando mantener dormidos.

Cada curva era un regreso.

Cada kilómetro, una conversación con la joven que alguna vez había sido.

Cuando apareció el viejo cartel de madera, casi oculto entre las enredaderas, sintió un nudo en la garganta.

PLAYA ESMERALDA

Las letras estaban desgastadas por el viento y el mar.

Nada había cambiado.

Y, sin embargo, todo era diferente.

La Cabaña 17 permanecía al final de un sendero cubierto de arena.

Las ventanas estaban cerradas.

La pintura blanca se había desprendido en muchos lugares.

El porche crujía bajo el peso de los años.

Clara permaneció inmóvil durante varios segundos.

Aquel lugar había sido su refugio.

Allí compartieron desayunos improvisados, tardes de lluvia jugando a las cartas, noches enteras imaginando cómo sería la vida cuando fueran adultos.

—Algún día compraremos una casa frente al mar —le había dicho Lucas.

Ella había reído.

—Y discutiremos por quién prepara el café.

—No…

Él había tomado su mano.

—Discutiremos por quién besa primero al otro cada mañana.

Recordarlo todavía dolía.

Respiró profundamente.

Sacó la pequeña llave plateada que había encontrado en la caja.

Sorprendentemente, la cerradura cedió al primer intento.

La puerta se abrió con un largo gemido.

El aire encerrado olía a madera vieja, libros húmedos y recuerdos.

Los muebles seguían donde siempre habían estado.

La mesa.

La chimenea.

El viejo reloj detenido a las seis y veinte.

Como si el tiempo hubiera abandonado aquel lugar el mismo día en que Lucas desapareció.

Clara caminó lentamente.

Sus dedos acariciaban los respaldos de las sillas, cubiertos por una fina capa de polvo.

Entonces lo vio.

Sobre la chimenea descansaba un pequeño marco de fotografías.

Solo quedaba una imagen.

Ella y Lucas.

Sonriendo.

Pero alguien había roto el cristal.

Exactamente sobre el rostro de él.

Mientras tanto, Lucas conducía sin detenerse.

La nota encontrada dentro de la caja metálica seguía sobre el asiento del acompañante.

“Ella será la próxima…”

No podía permitirlo.

Tomó el teléfono.

Marcó un número que llevaba años evitando.

Después de varios tonos respondió una voz anciana.

—¿Lucas?

—Hola, abuelo…

Hubo un largo silencio.

—Pensé que jamás volvería a escucharte.

—Necesito saber la verdad.

Toda.

Del otro lado solo se oía una respiración cansada.

Finalmente, el anciano habló.

—Entonces ya comenzaron a buscarte otra vez.

Lucas sintió un escalofrío.

—¿Quiénes?

—No por teléfono.

Ven inmediatamente al faro.

Y no permitas que nadie te siga.

La llamada terminó.

Lucas aceleró.

No sabía si llegaría a tiempo.

Dentro de la cabaña, Clara descubrió que la electricidad aún funcionaba.

Una tenue lámpara iluminó la sala.

Todo permanecía intacto.

Demasiado intacto.

Como si alguien hubiera estado cuidando aquel lugar durante todos esos años.

Abrió un viejo armario.

Encontró mantas dobladas.

Libros.

Una linterna.

Y una caja de herramientas.

Nada fuera de lo común.

Hasta que una ligera corriente de aire llamó su atención.

Frunció el ceño.

Una corriente.

Dentro de una habitación completamente cerrada.

Se acercó lentamente a la biblioteca.

El aire provenía de detrás del mueble.

Empujó con fuerza.

Al principio no ocurrió nada.

Insistió.

La pesada estantería se desplazó unos centímetros, dejando al descubierto una estrecha puerta de madera que jamás había visto.

Su corazón comenzó a latir con violencia.

Abrió lentamente.

Una escalera descendía hacia la oscuridad.

El sótano.

Jamás supo que aquella cabaña tenía uno.

Tomó la linterna.

Cada escalón crujía bajo sus pies.

El aire era frío.

Silencioso.

El haz de luz reveló una habitación pequeña.

En una de las paredes había decenas de fotografías sujetas con chinches.

Todas eran de ella.

Desde la adolescencia hasta hacía apenas unas semanas.

Clara retrocedió horrorizada.

Alguien la había estado observando.

Durante años.

Entonces la linterna iluminó una mesa.

Encima descansaba un grueso diario de cuero negro.

En la primera página podía leerse una frase escrita con la inconfundible letra de Lucas.

“Si alguien más encuentra este diario antes que yo… significa que he fracasado. Lo que vas a leer demuestra que aquella historia de amor nunca fue un accidente. Desde el primer día, alguien decidió nuestro destino.”

Clara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Levantó lentamente la vista.

En la pared del fondo había una fotografía enorme.

Ella aparecía sonriendo en la playa.

Pero no estaba sola.

Detrás de ambos, casi oculto entre las sombras del faro, un hombre los observaba fijamente.

Un hombre al que ninguno de los dos recordaba haber visto jamás.

Y en la esquina inferior de la imagen, escrita con tinta negra, había una fecha.

Dos días antes de que Lucas desapareciera.




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