El silencio del sótano era tan profundo que Clara podía escuchar los latidos de su propio corazón.
La linterna temblaba entre sus manos mientras mantenía la mirada fija en aquella fotografía ampliada.
Ella y Lucas aparecían abrazados junto al viejo faro de Playa Esmeralda. Recordaba perfectamente ese día. Habían escapado de una tormenta de verano y terminaron riendo bajo la lluvia, convencidos de que el mundo entero les pertenecía.
Pero detrás de ellos…
Allí estaba aquel hombre.
Difuminado por la distancia.
Vestido con una chaqueta oscura incluso bajo el calor del verano.
No sonreía.
No parecía un turista.
Simplemente observaba.
Como si estuviera esperando el momento exacto para intervenir en sus vidas.
Clara sintió un escalofrío.
Jamás lo había visto.
Y, sin embargo, ahora era incapaz de apartar la vista de su rostro.
—¿Quién eres…? —susurró.
No obtuvo respuesta.
Solo el eco de su voz perdiéndose entre aquellas paredes de piedra.
Respiró profundamente y abrió el diario de cuero que descansaba sobre la mesa.
Las primeras páginas estaban fechadas quince años atrás.
12 de enero
“Hoy volví a verla. Clara llegó al pueblo con esa sonrisa que hace olvidar cualquier miedo. Si algún día alguien lee estas páginas, quiero que sepa una cosa: desde el instante en que la conocí entendí que mi vida ya no me pertenecía.”
Clara sonrió sin darse cuenta.
Aquella letra…
Podía escuchar la voz de Lucas en cada palabra.
Continuó leyendo.
Las páginas hablaban de paseos por la playa, noches mirando las estrellas, proyectos imposibles y promesas juveniles.
Hasta que, de pronto, el tono cambiaba.
3 de febrero
“Hoy volvió a aparecer el hombre del faro.”
Clara sintió que el pecho se le cerraba.
Siguió leyendo con ansiedad.
“No sé quién es, pero lleva varios días siguiéndonos. Lo vi otra vez cuando caminábamos por el puerto. Fingía leer un periódico, pero nos observaba constantemente.”
Pasó otra página.
“No quiero preocupar a Clara. Quizá solo sea una coincidencia. Ojalá sea eso.”
Otra página.
“Ya no creo en las coincidencias.”
Mientras tanto, Lucas avanzaba por el viejo camino que conducía al faro.
El cielo comenzaba a cubrirse de nubes oscuras.
El viento levantaba pequeñas columnas de arena sobre la carretera costera.
A lo lejos apareció la enorme silueta blanca del faro.
Parecía exactamente igual que en sus recuerdos.
Solo más solitario.
Más viejo.
Más triste.
Aparcó el automóvil detrás de unos arbustos.
Miró varias veces por los espejos.
No había nadie.
Al menos eso parecía.
Tomó la caja metálica con la amenaza y caminó hacia la entrada.
La pesada puerta de madera estaba entreabierta.
Eso nunca ocurría.
Su abuelo era obsesivo con la seguridad.
Empujó lentamente.
—¿Abuelo?
Silencio.
Solo el sonido del viento entrando por las ventanas.
Subió los primeros escalones de la escalera circular.
—¿Abuelo?
Nada.
Entonces escuchó un golpe.
Seco.
Metálico.
Provenía del piso superior.
Lucas comenzó a subir cada vez más rápido.
En la cabaña, Clara encontró un sobre oculto entre las páginas del diario.
No tenía remitente.
Solo una frase escrita cuidadosamente.
“No abras este sobre si aún confías en tu memoria.”
El corazón le dio un vuelco.
Lo abrió.
Dentro había varias fotografías.
La primera mostraba a Lucas discutiendo con un hombre elegante junto al puerto.
La segunda lo mostraba subiéndose por la fuerza a un automóvil negro.
La tercera…
Clara dejó escapar el aire lentamente.
En esa fotografía aparecía ella.
Dormida sobre la arena después de una larga tarde en la playa.
Alguien la había fotografiado desde muy cerca.
Demasiado cerca.
Sintió náuseas.
Aquello no era casualidad.
Habían sido vigilados desde mucho antes de la desaparición de Lucas.
Entre las fotografías cayó un pequeño recorte de periódico.
El titular decía:
“Importante empresario compra todos los terrenos de Playa Esmeralda.”
La fecha coincidía exactamente con el verano en que Lucas desapareció.
En el margen inferior alguien había escrito con tinta azul:
“Todo comenzó con esta compra.”
Lucas llegó finalmente hasta la sala superior del faro.
La puerta estaba abierta.
Entró con cautela.
Encontró una silla caída.
Una taza de café todavía caliente.
Un bastón en el suelo.
Pero su abuelo no estaba.
En la mesa había un viejo sobre dirigido a él.
Lo abrió apresuradamente.
Solo contenía una frase.
“Llegaste demasiado tarde.”
En ese mismo instante escuchó el motor de una lancha alejándose del muelle situado detrás del faro.
Corrió hacia la ventana.
Alcanzó a distinguir una embarcación perdiéndose entre la niebla.
En la popa había dos figuras.
Una permanecía inmóvil.
La otra parecía luchar desesperadamente por soltarse.
Lucas sintió que la sangre se le helaba.
Estaba convencido de haber reconocido el sombrero de su abuelo.
En la cabaña, Clara continuó revisando el diario.
Las últimas páginas parecían haber sido arrancadas.
Solo quedaba una hoja suelta, escrita con una caligrafía temblorosa.
“Si alguna vez regresas aquí, significa que todavía estamos vivos… aunque quizás ya sea demasiado tarde. Nunca confíes en quien lleva un medallón con forma de brújula. Él fue quien destruyó nuestro verano.”
Clara frunció el ceño.
¿Un medallón con forma de brújula?
Intentó recordar.
Y entonces una imagen olvidada emergió desde el fondo de su memoria.