Los pasos se detuvieron a mitad de la escalera.
Clara apagó instintivamente la linterna.
La oscuridad envolvió el sótano.
Solo permanecía el tenue resplandor que descendía desde la puerta entreabierta del piso superior.
Su respiración era tan intensa que temió delatar su presencia.
Un nuevo crujido.
Más cerca.
Después, silencio.
Durante unos segundos interminables, el tiempo pareció detenerse.
De pronto, una voz masculina rompió la oscuridad.
—Sé que estás ahí abajo.
No era una voz agresiva.
Era serena.
Cansada.
Como la de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando aquel momento.
Clara retrocedió un paso.
Su espalda chocó contra la pared de piedra.
Apretó con fuerza el diario de Lucas contra el pecho.
La voz volvió a hablar.
—Si encontraste ese diario… significa que Lucas regresó.
El corazón le dio un vuelco.
¿Cómo podía aquel desconocido saberlo?
—¿Quién es usted? —preguntó intentando controlar el temblor de su voz.
No hubo respuesta inmediata.
Solo el sonido de unos pasos descendiendo lentamente.
Cuando la figura apareció bajo el haz de luz que entraba desde arriba, Clara sintió que todo el aire abandonaba sus pulmones.
Era un hombre de unos setenta años.
Cabello completamente blanco.
Rostro marcado por profundas arrugas.
Vestía ropa sencilla y sostenía un viejo sombrero entre las manos.
Pero lo que más llamó la atención de Clara fueron sus ojos.
Transmitían un cansancio infinito.
Como si llevaran quince años soportando un peso insoportable.
El anciano levantó lentamente las manos.
—No tengas miedo.
No he venido a hacerte daño.
He venido porque ya no puedo seguir callando.
Lucas llegó hasta el pequeño puerto situado junto al faro.
La lancha ya era apenas un punto perdido entre la niebla.
Golpeó el muelle con frustración.
Había llegado tarde.
Otra vez.
Entonces escuchó una tos detrás de él.
Se giró rápidamente.
Un viejo pescador remendaba unas redes.
—¿Ha visto la lancha que acaba de salir?
El anciano levantó lentamente la vista.
—Sí.
—¿Quién iba en ella?
El hombre guardó silencio.
Parecía debatirse entre hablar o callar.
Finalmente respondió.
—El mismo hombre que lleva años preguntando por ti.
Lucas sintió un escalofrío.
—¿Lo conoce?
—Conozco su nombre.
Pero si lo pronuncio… volverán a buscarme.
Lucas comprendió que el miedo seguía gobernando aquel pueblo.
Quince años después.
En la cabaña, Clara observaba atentamente al anciano.
Él dirigió la mirada hacia la enorme fotografía de la pared.
Suspiró.
—Sabía que algún día descubrirías este lugar.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Esteban Navarro.
Fui el encargado de cuidar esta cabaña desde mucho antes de que Lucas naciera.
Clara intentó recordar aquel nombre.
No le resultaba completamente desconocido.
—¿Por qué nunca lo vi?
El anciano sonrió con tristeza.
—Porque alguien se encargó de que todos olvidaran a quienes sabíamos demasiado.
Aquellas palabras parecían imposibles.
Sin embargo, todo lo que había descubierto en las últimas horas también lo era.
Esteban se acercó lentamente a la fotografía ampliada.
Apoyó la mano sobre el rostro del hombre que aparecía al fondo.
—Él empezó todo.
—¿Quién es?
El anciano permaneció unos segundos en silencio.
—Un hombre poderoso.
Demasiado poderoso.
Llegó aquí comprando hoteles, restaurantes y terrenos.
Pero eso solo era una fachada.
En realidad buscaba algo escondido en Playa Esmeralda desde hacía décadas.
Clara frunció el ceño.
—¿Qué buscaba?
Esteban negó lentamente con la cabeza.
—Eso todavía no debes saberlo.
Si conoces toda la verdad ahora… correrás el mismo peligro que Lucas.
Lucas regresó al automóvil.
Abrió la guantera.
Sacó todas las cartas que jamás había enviado.
Durante años había escrito una cada verano.
Trece cartas.
Trece oportunidades perdidas.
Leyó la primera.
*“Querida Clara:
Hoy el mar tiene exactamente el mismo color que el día en que prometimos no separarnos nunca. No sabes cuánto deseo romper el silencio, pero hacerlo significaría condenarte.”*
Cerró los ojos.
Había sacrificado quince años creyendo que era la única forma de protegerla.
¿Y si todo había sido inútil?
El teléfono vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
Solo una fotografía.
Lucas sintió que el cuerpo se le congelaba.
Era una imagen tomada hacía apenas unos minutos.
Mostraba a Clara entrando en la Cabaña 17.
La habían seguido.
Debajo aparecía un único mensaje.
“Llegas tarde otra vez.”
Lucas arrancó el automóvil sin pensarlo.
Debía encontrarla antes de que fuera demasiado tarde.
Esteban condujo a Clara hasta una pared del sótano que parecía completamente lisa.
Apoyó la mano sobre una piedra.
Se escuchó un mecanismo oculto.
Parte del muro comenzó a desplazarse lentamente.
Detrás apareció un estrecho compartimiento.
Dentro descansaban varios objetos cuidadosamente envueltos en tela.
Un reloj de bolsillo.
Una brújula antigua.
Un manojo de llaves.
Y una pequeña caja de madera con las iniciales L. A.
—Lucas dejó esto aquí la noche antes de desaparecer —dijo Esteban.
Clara sintió que las lágrimas comenzaban a llenar sus ojos.
Tomó la caja con delicadeza.
La abrió lentamente.
Dentro encontró un sencillo anillo de plata.
Lo reconoció al instante.
Era el anillo que Lucas pensaba regalarle el día que le pidió que esperara el amanecer con él junto al faro.