Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 6 La noche de las verdades rotas

Los golpes comenzaron a sacudir la puerta principal de la cabaña.

Uno.

Dos.

Tres.

Cada impacto hacía vibrar las viejas paredes de madera, como si el pasado entero quisiera derrumbarse sobre ellos.

Clara permanecía inmóvil, sujetando con fuerza la pequeña caja de madera que contenía el anillo de Lucas.

Esteban, en cambio, parecía haber recuperado una serenidad nacida del cansancio.

Había esperado aquel momento durante demasiado tiempo.

—Escúchame con mucha atención —dijo en voz baja mientras apagaba la linterna—. Lo que voy a contarte cambiará para siempre todo lo que crees saber sobre Lucas… y también sobre ti.

Los golpes continuaron.

—¡Abran la puerta!

Una voz autoritaria resonó desde el exterior.

Clara sintió que el miedo volvía a apoderarse de ella.

—¿Quiénes son?

Esteban respiró profundamente.

—Hace quince años eran cuatro hombres. Hoy seguramente son muchos más.

—¿Qué quieren?

—Lo mismo que buscaban aquella primera vez.

—¿Y qué era?

El anciano bajó la mirada.

—Algo que Lucas encontró por accidente… y que jamás debió descubrir.

Lucas conducía a toda velocidad por la carretera costera.

La lluvia había regresado.

Las gotas golpeaban el parabrisas con violencia, dificultando la visión.

Cada minuto parecía una eternidad.

No dejaba de pensar en el mensaje recibido.

“Llegas tarde otra vez.”

Aquellas cuatro palabras lo perseguían desde hacía quince años.

Había llegado tarde para despedirse.

Tarde para explicar la verdad.

Tarde para impedir que Clara lo odiara.

No volvería a repetir el mismo error.

Apretó el acelerador.

El motor rugió mientras el automóvil atravesaba una curva cerrada.

A lo lejos comenzaron a distinguirse las luces de varios vehículos estacionados frente a la Cabaña 17.

Demasiados.

Algo ya había comenzado.

Dentro del sótano, Esteban retiró lentamente un viejo mapa enrollado que permanecía oculto detrás del compartimiento secreto.

Lo extendió sobre la mesa.

Era un antiguo plano de Playa Esmeralda.

No aparecían hoteles.

Ni restaurantes.

Ni carreteras modernas.

Solo el faro, la playa y una serie de túneles dibujados bajo la costa.

Clara observó el mapa confundida.

—¿Qué es esto?

—El verdadero pueblo.

—No entiendo.

Esteban señaló con el dedo una marca realizada con tinta roja.

—Hace más de cien años existía aquí una red de pasadizos construidos por antiguos navegantes para proteger documentos y objetos valiosos durante las guerras.

—¿Y eso qué tiene que ver con Lucas?

El anciano levantó la mirada.

—Mucho más de lo que imaginas.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Lucas descubrió uno de esos accesos durante vuestro último verano.

Clara abrió los ojos con incredulidad.

—¿Qué?

—Aquella tarde en que desapareció durante varias horas y luego te dijo que se había perdido caminando por los acantilados…

Clara recordó perfectamente ese día.

Había llegado cubierto de tierra.

Con las manos lastimadas.

Y una expresión de miedo que nunca antes había visto en su rostro.

En aquel momento creyó que solo había sufrido una caída.

Ahora comprendía que ocultaba algo mucho mayor.

Los golpes en la puerta cesaron de repente.

El silencio resultó todavía más inquietante.

Esteban apagó la única lámpara que permanecía encendida.

Toda la cabaña quedó envuelta en penumbras.

—¿Por qué dejaron de golpear?

El anciano respondió casi en un susurro.

—Porque ahora están entrando por atrás.

En ese mismo instante se escuchó el ruido de un cristal rompiéndose en el piso superior.

Después…

Pasos.

Lentos.

Cuidadosos.

Alguien estaba registrando la casa.

Lucas frenó el automóvil varios cientos de metros antes de llegar.

No podía acercarse directamente.

Apagó el motor.

Descendió bajo la lluvia.

Observó la escena oculto entre los árboles.

Cuatro camionetas negras rodeaban completamente la cabaña.

Hombres vestidos de oscuro vigilaban todas las salidas.

No eran improvisados.

Se movían con precisión.

Como un equipo perfectamente entrenado.

Lucas sintió un nudo en el estómago.

No tendría forma de entrar por la puerta principal.

Entonces recordó algo.

El viejo túnel.

Aquel que descubrió quince años atrás.

Si aún existía…

Todavía podía llegar hasta Clara antes que ellos.

En el sótano, Esteban tomó el diario de Lucas y arrancó cuidadosamente una de las últimas hojas.

En el reverso aparecía dibujado un símbolo.

Una brújula.

Exactamente igual al medallón del hombre de la fotografía.

Pero en el centro había una inscripción diminuta.

“Custodes Aestatis.”

—¿Qué significa? —preguntó Clara.

—Los Guardianes del Verano.

—Nunca escuché ese nombre.

—Porque nadie debía escucharlo.

El anciano respiró con dificultad.

—Durante décadas se hicieron pasar por empresarios, políticos y benefactores del pueblo.

Pero en realidad protegían un secreto enterrado bajo esta costa.

Y cuando Lucas lo descubrió…

Decidieron hacerlo desaparecer.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por el rostro de Clara.

Por primera vez comprendía el alcance de todo aquello.

No había sido un abandono.

Había sido una persecución.

Un fuerte estruendo sacudió el techo.

Después otro.

Y otro más.

Los invasores habían encontrado la puerta del sótano.

Esteban miró hacia la escalera.

Sabía que apenas disponían de unos minutos.

Se acercó a Clara.

Tomó sus manos.

—Necesito que prometas algo.

—¿Qué?

—Cuando encuentres a Lucas…

No permitas que vuelva a sacrificarse por salvarte.




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