El primer disparo no fue dirigido a nadie.
La bala atravesó el techo del sótano y se incrustó en una de las vigas, levantando una lluvia de polvo y astillas.
Clara dio un salto hacia atrás.
El diario de Lucas cayó al suelo.
Esteban reaccionó de inmediato.
—¡Rápido! ¡No hay tiempo!
Sujetó a Clara por el brazo y la condujo hacia el muro oculto detrás de la estantería de piedra.
Con manos temblorosas introdujo una de las viejas llaves en una cerradura casi invisible.
Un engranaje metálico comenzó a girar.
La pared vibró.
Lentamente, una estrecha abertura apareció entre las piedras.
Del otro lado solo había oscuridad.
Y el eco lejano del mar.
—¿Qué es esto? —preguntó Clara.
—El único camino que ellos nunca encontraron.
Antes de que pudiera decir algo más, el estruendo de la puerta del sótano al romperse hizo temblar toda la cabaña.
Varias linternas iluminaron la habitación.
Sombras comenzaron a descender por la escalera.
—¡Busquen el diario! —ordenó la misma voz grave.
Esteban empujó suavemente a Clara.
—Corre.
Ella negó con la cabeza.
—No pienso dejarlo aquí.
El anciano sonrió con una serenidad que le rompió el corazón.
—Llevo quince años esperando este momento.
Tú todavía tienes una vida por delante.
Lucas regresó para encontrarte.
No desperdicies ese milagro.
Sin darle oportunidad de responder, tomó el diario del suelo y se lo devolvió.
—Ahora ve.
Clara cruzó la abertura.
La pared comenzó a cerrarse lentamente.
La última imagen que vio de Esteban fue la de un hombre erguido frente a la entrada del sótano, dispuesto a enfrentar solo a quienes llevaban años sembrando miedo.
Y entonces…
La piedra volvió a sellar el paso.
El túnel era estrecho.
El aire olía a sal, humedad y roca antigua.
Clara avanzaba guiándose únicamente por la tenue luz de una vieja lámpara de emergencia fijada a la pared.
Sus pasos resonaban en el silencio.
Cada metro que recorría aumentaba la sensación de estar caminando dentro de una historia olvidada.
El techo estaba cubierto por raíces que se abrían paso entre las grietas.
En algunos tramos podía escuchar claramente el romper de las olas sobre los acantilados.
El mar estaba justo encima de ella.
Mientras avanzaba, descubrió antiguas inscripciones grabadas en la roca.
Fechas.
Iniciales.
Nombres.
Muchos pertenecían a pescadores desaparecidos décadas atrás.
Pero uno llamó inmediatamente su atención.
Lucas Álvarez.
Debajo había una frase.
“El amor siempre encuentra otro camino.”
Las lágrimas volvieron a llenar sus ojos.
Incluso escondido…
Incluso perseguido…
Lucas había pensado en ella.
A pocos metros de la cabaña, Lucas localizó la entrada al viejo túnel.
La vegetación casi había cubierto por completo la abertura.
Retiró varias ramas.
La puerta de piedra seguía allí.
Exactamente como la recordaba.
Acarició la superficie con la palma de la mano.
Quince años atrás había jurado no volver jamás.
Ahora era la única esperanza para salvar a Clara.
Entró sin dudarlo.
El túnel permanecía intacto.
Cada paso despertaba recuerdos que había intentado sepultar durante años.
Las risas de aquel verano.
Las carreras por la playa.
La primera vez que tomó la mano de Clara.
El beso bajo la lluvia.
Y también…
La noche en que todo cambió.
Cerró los ojos un instante.
No.
Todavía no era momento de revivir aquel recuerdo.
Primero debía encontrarla.
Mientras tanto, los hombres vestidos de negro registraban cada rincón de la cabaña.
El jefe del grupo observó con frialdad el sótano.
No había rastro de Clara.
Solo Esteban permanecía allí.
Sentado tranquilamente en una vieja silla.
Como si hubiera estado esperándolos.
—¿Dónde está la muchacha?
El anciano sonrió.
—Llegaron quince años tarde.
El hombre perdió la paciencia.
Lo tomó del cuello de la camisa.
—¿Dónde está?
Esteban sostuvo su mirada.
Sin miedo.
—Hay cosas que ni el poder ni el dinero pueden comprar.
El amor es una de ellas.
El jefe apretó los dientes.
Entonces levantó lentamente la manga de su abrigo.
Un medallón con forma de brújula colgaba sobre su pecho.
Exactamente igual al de la fotografía.
Esteban lo reconoció al instante.
Después de tantos años…
Por fin volvía a tener frente a frente al hombre que había destruido la vida de Lucas y Clara.
—Así que sigues vivo… —murmuró.
El desconocido respondió con una sonrisa fría.
—Y tú has vivido demasiado.
Clara continuó caminando.
El túnel comenzó a ascender.
A lo lejos apareció una tenue luz natural.
Aceleró el paso.
Cuando salió al exterior, el viento golpeó su rostro con fuerza.
Había llegado al pie del viejo faro.
El mar rugía con violencia.
El cielo estaba cubierto por nubes oscuras.
La tormenta se aproximaba.
Respiró profundamente.
Era el mismo lugar donde Lucas le había prometido que jamás permitiría que nadie los separara.
Sintió un vacío inmenso.
Entonces escuchó pasos.
Se giró sobresaltada.
Una figura masculina emergía lentamente desde la salida opuesta del túnel.
Durante un instante el tiempo dejó de existir.
Los dos permanecieron inmóviles.
Separados apenas por unos metros.
Quince años de silencios.
Quince años de cartas jamás entregadas.
Quince años de culpas.
Lucas levantó lentamente la vista.
Sus ojos color miel encontraron los de Clara.
Ella sintió que el mundo entero desaparecía.
Ninguno fue capaz de pronunciar una sola palabra.