El estruendo del disparo todavía vibraba entre los acantilados cuando un relámpago rasgó el cielo de Playa Esmeralda.
Durante un instante, el mundo quedó suspendido.
Lucas y Clara permanecían frente a frente, separados por apenas unos pasos y por quince años de ausencia.
Los ojos de Clara se llenaron de lágrimas.
No eran las lágrimas de una mujer que acababa de reencontrarse con el hombre que amó.
Eran las lágrimas de alguien que comprendía que había vivido media vida abrazando una mentira.
Lucas apenas podía respirar.
Había imaginado aquel instante miles de veces.
En sus sueños ella corría hacia él.
En otras ocasiones lo rechazaba.
A veces simplemente desaparecía antes de que pudiera tocarla.
Pero jamás imaginó que el destino les concedería aquel reencuentro bajo una tormenta y con un hombre apuntándole desde lo alto del faro.
—Clara… —susurró con la voz quebrada.
Ella sintió un estremecimiento.
Era exactamente la misma voz.
Más grave.
Más cansada.
Pero seguía siendo la voz que alguna vez le prometió un futuro junto al mar.
No alcanzó a responder.
Otro disparo quebró el aire.
La roca detrás de Lucas explotó en cientos de fragmentos.
—¡Al suelo! —gritó él.
Sin pensarlo, corrió hacia Clara.
La sujetó por la cintura justo cuando una tercera bala impactaba donde ella había estado un segundo antes.
Ambos rodaron por la pendiente cubierta de hierba húmeda hasta quedar protegidos detrás de una enorme formación rocosa.
La lluvia comenzó a caer con fuerza.
El viento rugía entre los pinos.
Durante unos segundos permanecieron abrazados, respirando con dificultad.
Ninguno se atrevía a moverse.
Ninguno quería romper aquel instante.
Lucas fue el primero en separarse.
Lo hizo lentamente, casi con miedo.
Temía que Clara lo apartara de un empujón.
Pero ella no lo hizo.
Simplemente lo observó.
Muy despacio levantó una mano.
La apoyó sobre la mejilla de Lucas.
Sintió la aspereza de una barba que antes no existía.
Las pequeñas arrugas junto a sus ojos.
Las cicatrices diminutas sobre su frente.
El paso del tiempo.
Era él.
De verdad.
No un recuerdo.
No un sueño.
Lucas cerró los ojos al sentir aquella caricia.
Había esperado quince años para volver a sentir la piel de Clara.
Quince largos años.
Cuando volvió a abrirlos encontró una pregunta silenciosa en la mirada de ella.
Una pregunta que llevaba demasiado tiempo esperando respuesta.
—¿Por qué?
Solo una palabra.
Pero contenía quince años de dolor.
Quince años de noches llorando.
Quince años creyéndose abandonada.
Lucas bajó la cabeza.
No encontró el valor para responder inmediatamente.
—Perdóname…
Clara retiró lentamente la mano.
Las lágrimas seguían cayendo.
—No…
No quiero que me pidas perdón.
Quiero que me digas la verdad.
Toda.
Sin esconder nada.
Porque ya no sé qué parte de mi vida fue real.
Lucas sintió que el pecho le dolía.
Había imaginado aquella conversación cientos de veces.
Pero ninguna preparación era suficiente para mirar a los ojos a la mujer que había destruido sin querer.
Tomó aire.
—Jamás dejé de amarte.
Clara cerró los ojos.
Aquellas palabras llegaron quince años tarde.
Y, sin embargo…
Seguían teniendo el poder de estremecer su corazón.
En lo alto del faro, el hombre del medallón observaba la escena a través de la mira telescópica.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en su rostro.
—Así que por fin se encontraron…
Uno de sus hombres se acercó.
—¿Disparamos?
El desconocido negó lentamente.
—Todavía no.
—¿Por qué esperar?
—Porque las personas cometen más errores cuando creen que aún tienen esperanza.
Bajó el rifle.
Su mirada permaneció fija en Lucas.
—Déjalos hablar.
Dentro de unos minutos desearán no haberse vuelto a ver nunca.
Mientras tanto, en el interior de la cabaña, Esteban seguía frente a los invasores.
Uno de ellos sostenía el diario de Lucas entre las manos.
El jefe comenzó a pasar lentamente las páginas.
Frunció el ceño.
Después volvió a revisar.
Su expresión cambió.
—Faltan hojas.
Esteban sonrió.
Aquella sonrisa irritó profundamente al hombre.
—¿Dónde están?
El anciano permaneció en silencio.
Uno de los hombres lo golpeó violentamente.
La silla cayó al suelo.
Pero Esteban continuó sonriendo.
—No importa cuánto busquen.
Nunca encontrarán lo que Lucas escondió.
El jefe se inclinó hasta quedar frente a él.
—Sigues creyendo que puedes vencerme.
—No.
Esteban escupió un poco de sangre sobre el piso.
—Creo que el amor siempre termina venciendo al miedo.
Aquellas palabras hicieron desaparecer cualquier resto de paciencia.
El hombre levantó lentamente el arma.
Pero antes de apretar el gatillo, un joven miembro del grupo entró corriendo.
—¡Señor!
Encontramos la entrada del túnel.
El jefe bajó el arma.
—Entonces ya sabemos hacia dónde fueron.
Miró nuevamente a Esteban.
—Déjenlo vivir.
Quiero que vea con sus propios ojos cómo termina esta historia.
Ocultos tras la roca, Lucas sacó del bolsillo interior de su chaqueta un pequeño paquete envuelto en plástico.
Lo había protegido de la lluvia durante todos aquellos años.
Clara lo observó confundida.
Lucas retiró lentamente el envoltorio.
Era una fotografía.
La misma que ambos se habían tomado el último día del verano.
Solo que en la parte trasera había algo escrito.
Clara la tomó con manos temblorosas.
Reconoció inmediatamente la letra.
“Si algún día lees esto, significa que conseguí volver a encontrarte. No importa cuánto tiempo haya pasado. No importa cuánto nos hayan separado. Si vuelves a sostener esta fotografía, prométeme que escucharás toda la verdad antes de decidir si merezco seguir formando parte de tu vida.”