Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 9 La noche en que el pasado despertó

El reflector continuaba cegándolos.

La lluvia caía con una fuerza descomunal, golpeando las rocas, el faro y el mar embravecido con la violencia de una tormenta que parecía haber esperado quince años para desatarse.

Lucas sujetó instintivamente la mano de Clara.

Ella no la retiró.

Sus dedos se entrelazaron con una naturalidad que ninguno de los dos esperaba.

Era un gesto pequeño.

Pero bastó para que ambos comprendieran que, a pesar del tiempo, el corazón recordaba aquello que la memoria había intentado olvidar.

Desde lo alto del faro, la voz del hombre del medallón volvió a resonar.

—¿De verdad creen que el destino les concedió una segunda oportunidad?

Lucas levantó lentamente la vista.

Por primera vez distinguió con claridad el rostro del hombre.

Las canas comenzaban a cubrir sus sienes.

Su figura seguía siendo imponente.

Vestía un largo impermeable negro que el viento agitaba violentamente.

Pero lo que más impresionó a Lucas fue reconocer aquellos ojos.

No los había olvidado.

Los había visto una sola vez.

Quince años atrás.

La última noche del verano.

Y desde entonces habían aparecido incontables veces en sus pesadillas.

Clara notó cómo la respiración de Lucas cambiaba.

—¿Lo conoces?

Él tardó varios segundos en responder.

—Sí…

—¿Quién es?

Lucas cerró los ojos.

Pronunciar aquel nombre significaba abrir una puerta que había permanecido sellada durante demasiado tiempo.

—Se llama Adrián Varela.

Clara sintió un escalofrío.

El hombre sonrió desde lo alto del faro.

—Me alegra comprobar que todavía recuerdas mi nombre.

Un nuevo relámpago iluminó el cielo.

Durante un instante, todo Playa Esmeralda quedó bañado por una luz blanca.

El viejo faro parecía una inmensa columna perdida entre la lluvia.

El mar golpeaba con furia la base de los acantilados.

Era imposible distinguir dónde terminaba el cielo y comenzaba el océano.

Lucas dio un paso delante de Clara.

Instintivamente se colocó entre ella y el rifle.

Adrián sonrió.

—Siempre tan predecible.

Sigues creyendo que puedes salvarla.

Lucas apretó los puños.

—Déjala fuera de esto.

—¿Fuera?

El hombre soltó una carcajada.

—Ella siempre fue la parte más importante del plan.

Aquellas palabras dejaron a Clara completamente inmóvil.

—¿Qué quiere decir?

Lucas bajó lentamente la cabeza.

Había llegado el momento.

Ya no podía seguir ocultando la verdad.

—Clara…

Necesitas escuchar algo antes de que él continúe manipulándote.

Ella sostuvo su mirada.

No había odio.

Solo una inmensa necesidad de comprender.

—Aquella última noche…

Yo no desaparecí por decisión propia.

Me secuestraron.

El viento pareció detenerse.

Incluso la lluvia perdió intensidad durante unos segundos.

Clara sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.

—¿Qué… dijiste?

Lucas respiró profundamente.

Las imágenes regresaban con una claridad insoportable.

Cada detalle.

Cada grito.

Cada golpe.

Cada minuto de aquella noche.

Quince años atrás…

El verano estaba terminando.

Lucas caminaba hacia la cabaña con el anillo guardado en el bolsillo.

Había decidido pedirle a Clara que se quedara un día más.

Solo uno.

Quería verla despertar una última vez frente al mar.

Pero nunca llegó.

Un automóvil negro se detuvo a pocos metros.

Tres hombres descendieron.

No llevaban armas visibles.

Solo sonrisas.

—Lucas Álvarez.

Él apenas tuvo tiempo de girarse.

Uno de ellos lo golpeó por la espalda.

Cuando despertó, estaba atado a una silla dentro de un viejo almacén abandonado.

Frente a él se encontraba Adrián Varela.

Mucho más joven.

Con el mismo medallón colgando sobre el pecho.

—Escúchame con atención —le había dicho entonces.

—A partir de hoy desaparecerás.

—Nunca volverás a verla.

—Y si alguna vez rompes esa promesa…

Ella morirá.

Lucas intentó escapar.

Lo golpearon.

Volvió a intentarlo.

Lo golpearon otra vez.

Durante días permaneció encerrado.

Hasta que finalmente aceptó una única condición.

Desaparecer.

Para salvar la vida de Clara.

Las lágrimas corrían libremente por el rostro de Clara.

Retrocedió varios pasos.

Todo cuanto había creído durante quince años comenzaba a desmoronarse.

Las discusiones.

El abandono.

El silencio.

Nada había sido real.

Lucas jamás la dejó.

Lo obligaron.

—¿Por qué…?

Su voz apenas era un susurro.

—¿Por qué no regresaste después?

Lucas respondió sin apartar la mirada.

—Porque cada vez que intentaba hacerlo…

Ellos me demostraban que seguían vigilándote.

Sacó lentamente la cartera que llevaba dentro de la chaqueta.

De ella extrajo varias fotografías.

Todas recientes.

Clara compró pan.

Clara entrando a la editorial.

Clara caminando junto al mar.

Clara leyendo en un café.

Quince años completos resumidos en cientos de fotografías.

—Nunca dejaron de seguirte.

Ella sintió un escalofrío.

No había estado sola.

Nunca.

Mientras tanto, en la cabaña, Esteban aprovechó un momento de distracción.

Uno de los hombres había dejado caer un viejo manojo de llaves.

Con un movimiento casi imperceptible logró acercarlo con el pie.

Después comenzó lentamente a liberar una de sus manos.

Aún no era el momento.

Pero pronto lo sería.

En el faro, Adrián observaba cada reacción de Clara.

Aquello parecía divertirlo.

—Ahora ya sabes la verdad.

Ella levantó lentamente la vista.

Por primera vez sus ojos dejaron de mostrar miedo.




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