Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 14 El Jardín de la Primera Promesa

Nadie fue capaz de pronunciar una sola palabra.

El jardín parecía existir fuera del tiempo.

No había amanecer.

No había atardecer.

Una luz suave, dorada y cristalina nacía del propio aire, envolviendo cada árbol, cada flor y cada piedra con una serenidad imposible de describir.

Las hojas de los árboles emitían un delicado resplandor plateado.

El agua del riachuelo que atravesaba el valle parecía contener diminutas estrellas flotando en su interior.

El perfume de las flores recordaba a los veranos de la infancia, a la primera lluvia sobre la tierra seca, al abrazo de alguien que se ama profundamente.

Clara sintió que las lágrimas volvían a brotar.

Jamás había visto un lugar semejante.

Era hermoso.

Pero, al mismo tiempo, despertaba una nostalgia inmensa.

Como si una parte de su alma hubiera vivido allí mucho antes de que ella naciera.

Lucas experimentaba exactamente la misma sensación.

Su corazón latía con una paz desconocida.

Toda la angustia de los últimos quince años parecía disminuir con cada respiración.

Era como regresar a casa…

A una casa que nunca había conocido.

Las dos figuras sentadas bajo el gigantesco árbol permanecían inmóviles.

El hombre levantó lentamente la cabeza.

La mujer hizo lo mismo.

Sus rostros eran idénticos a los de Lucas y Clara.

No solo semejantes.

Exactamente iguales.

La única diferencia era la expresión.

Aquellos dos seres irradiaban una serenidad que ningún ser humano podía alcanzar.

No existía miedo en sus ojos.

Ni tristeza.

Ni ansiedad.

Solo una paz infinita.

Clara dio un paso adelante.

Su voz apenas consiguió salir.

—¿Quiénes… son ustedes?

La mujer sonrió.

Fue una sonrisa tan llena de ternura que Clara sintió un nudo en la garganta.

—Somos aquello que ustedes olvidaron.

Lucas frunció el ceño.

—No entiendo.

El hombre respondió.

—Porque todavía recuerdan únicamente una vida.

El silencio volvió a envolver el jardín.

Adrián observaba la escena con el rostro completamente desencajado.

Había dedicado toda su existencia a encontrar aquel lugar.

Y ahora descubría que nada se parecía a los relatos de su familia.

No había riquezas.

No había armas.

No había poder.

Solo una paz que le resultaba insoportable.

Porque era incapaz de comprenderla.

El Custodio avanzó lentamente hasta situarse entre ambos grupos.

Apoyó una mano sobre el enorme tronco del árbol.

La corteza comenzó a iluminarse.

Miles de pequeñas líneas doradas recorrieron la madera como si fueran venas vivas.

Entonces habló.

—Este árbol existía mucho antes de que los hombres levantaran ciudades.

Mucho antes de que existieran los reinos.

Mucho antes incluso de que este mar recibiera un nombre.

Lucas levantó la vista.

Las ramas parecían perderse entre las nubes.

Era imposible calcular su altura.

—¿Qué árbol es?

El Custodio sonrió.

—Cada pueblo le dio un nombre distinto.

Algunos lo llamaron Árbol de la Memoria.

Otros…

Árbol de las Promesas.

Pero su verdadero nombre ya no pertenece al lenguaje de los hombres.

Clara sintió un escalofrío.

Sin saber por qué, apoyó lentamente la palma de su mano sobre el tronco.

En el mismo instante…

Todo desapareció.

Ya no estaba en el jardín.

Ni junto al faro.

Ni frente a la puerta.

Se encontraba caminando por una playa inmensa.

El cielo estaba completamente despejado.

El mar era de un azul imposible.

Una suave brisa movía su cabello.

Escuchó una risa.

Se giró.

Un niño corría descalzo por la arena.

Tenía unos ocho años.

Llevaba un pequeño barco de madera entre las manos.

Detrás de él corría una niña de la misma edad.

Ambos reían sin detenerse.

Clara sintió un vuelco en el corazón.

Conocía aquellos rostros.

Era imposible.

El niño era Lucas.

La niña…

Era ella.

Pero no podían ser ellos.

Aquella playa pertenecía a otra época.

Las ropas.

Las embarcaciones de madera.

Las construcciones de piedra.

Todo parecía ocurrido siglos atrás.

Los niños se acercaron.

Pasaron junto a ella sin verla.

Como si Clara fuera un simple recuerdo observando otro recuerdo.

La pequeña levantó el barco de madera.

—Cuando seamos grandes…

¿Seguiremos juntos?

El niño sonrió.

—Siempre.

Ella rió.

—¿Aunque el verano termine?

El niño negó con firmeza.

—Nuestro verano nunca terminará.

Clara sintió que las lágrimas caían por sus mejillas.

Aquellas palabras…

Eran exactamente las mismas que Lucas le había dicho quince años atrás, cuando tenían dieciocho años.

Pero ahora comprendía algo imposible.

No era la primera vez que él las pronunciaba.

Lucas también había tocado el árbol.

Su visión era diferente.

Se encontraba dentro de una enorme biblioteca.

Los estantes ascendían hasta un techo que no alcanzaba a verse.

Miles de libros descansaban perfectamente ordenados.

No había polvo.

No había abandono.

Cada volumen emitía una tenue luz.

El Custodio apareció caminando entre los pasillos.

—Bienvenido.

Lucas lo observó confundido.

—¿Dónde estamos?

—En la Biblioteca de las Vidas.

Tomó uno de los libros.

La cubierta llevaba grabado un nombre.

Lucas Álvarez.

Pero debajo aparecía otra inscripción.

Volumen 27.

Lucas sintió que el corazón se detenía.

—¿Veintisiete?

El Custodio asintió.

—Has vivido muchas más vidas de las que recuerdas.

Tomó otro libro.

Después otro.

Y otro.

Todos llevaban el mismo nombre.




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