Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 15 La Sombra del Olvido

La oscuridad descendía lentamente desde la grieta abierta en el cielo.

No caía.

Se deslizaba.

Como una inmensa marea negra que absorbía la luz a su paso.

Las hojas plateadas del Árbol de las Promesas comenzaron a perder su brillo.

Las flores luminosas cerraron sus pétalos.

El agua cristalina del riachuelo dejó de reflejar el cielo.

El jardín entero parecía marchitarse bajo la presencia de aquella entidad.

El Custodio retrocedió un paso.

Luego otro.

Nadie había visto antes una expresión semejante en su rostro.

Era miedo.

Un miedo antiguo.

Profundo.

Como el de quien contempla el regreso de una pesadilla que creyó extinguida para siempre.

Lucas se colocó instintivamente delante de Clara.

—¿Qué es eso?

El Custodio tardó varios segundos en responder.

Su voz sonó más cansada que nunca.

—No es un “qué”…

Es un “quién”.

Todos levantaron lentamente la vista.

La gigantesca sombra continuaba descendiendo.

No tenía cuerpo definido.

Era humo.

Era niebla.

Era noche.

Pero, en medio de aquella oscuridad, dos enormes ojos rojizos observaban con una inteligencia inquietante.

No transmitían furia.

Transmitían paciencia.

La paciencia de alguien que había esperado siglos.

La pareja que permanecía bajo el árbol dejó de sonreír.

El hombre dio un paso adelante.

La mujer tomó suavemente su brazo.

Por primera vez, ambos parecían preocupados.

Clara observó sus rostros.

Cada gesto era idéntico al suyo y al de Lucas.

Pero existía algo más.

Aquellos dos seres irradiaban una profunda melancolía.

Como si conocieran el final de la historia desde mucho antes de que comenzara.

El hombre habló.

—Llegó antes de lo previsto.

La mujer cerró lentamente los ojos.

—Siempre encuentra el camino.

Lucas los miró confundido.

—¿Quiénes son ustedes realmente?

El hombre sonrió con una ternura inmensa.

—Somos el primer recuerdo de aquello que ustedes llaman amor.

Clara sintió que el corazón se aceleraba.

No comprendía aquellas palabras.

Y, sin embargo…

Su alma parecía reconocerlas.

Mientras tanto, Adrián permanecía inmóvil.

Observaba la sombra con el rostro completamente desencajado.

Durante cuarenta años había estudiado antiguos manuscritos.

Mapas.

Crónicas.

Diarios.

Jamás aparecía ninguna referencia a aquella criatura.

Todo aquello escapaba a cuanto había aprendido.

Sintió miedo.

Un miedo auténtico.

No el temor a morir.

Sino el miedo de descubrir que toda su vida había perseguido un misterio infinitamente mayor de lo que imaginaba.

Uno de sus hombres dejó caer el arma.

—Señor…

Tenemos que irnos.

Otro retrocedió lentamente.

—Eso no es humano.

La oscuridad siguió descendiendo.

Ninguno recibió respuesta.

Porque Adrián era incapaz de apartar la vista.

El Custodio caminó lentamente hacia el centro del jardín.

Cada paso parecía costarle un enorme esfuerzo.

Apoyó ambas manos sobre el tronco del Árbol de las Promesas.

La corteza volvió a iluminarse.

Pero esta vez la luz era mucho más tenue.

Como una llama a punto de extinguirse.

Lucas se acercó.

—¿Qué está pasando?

El Custodio respiró profundamente.

—El jardín existe gracias al recuerdo.

Lucas frunció el ceño.

—No entiendo.

—Mientras existan personas capaces de amar por encima del miedo…

Este lugar continuará viviendo.

Pero esa criatura…

Se alimenta exactamente de lo contrario.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Del miedo?

El Custodio negó lentamente.

—Del olvido.

El silencio cayó nuevamente sobre todos.

La palabra quedó suspendida en el aire.

Olvido.

Lucas recordó inmediatamente los quince años de separación.

Las cartas nunca entregadas.

Las fotografías ocultas.

Las mentiras.

Los recuerdos rotos.

¿Había sido todo una simple casualidad?

El Custodio respondió como si hubiera escuchado sus pensamientos.

—No.

Nada fue casual.

La sombra descendió algunos metros más.

Ahora podía distinguirse una silueta vagamente humana.

Muy alta.

Cubierta por una especie de manto formado de humo negro.

No tenía pies.

No tocaba el suelo.

Flotaba.

Y a cada movimiento, pequeños fragmentos de oscuridad caían sobre el jardín.

Allí donde tocaban la tierra…

Las flores desaparecían.

No se marchitaban.

Simplemente dejaban de existir.

Como si jamás hubieran florecido.

Clara sintió un dolor extraño dentro del pecho.

Cada flor perdida despertaba en ella una tristeza imposible de explicar.

Entonces ocurrió.

Un recuerdo desapareció.

Fue apenas un instante.

Intentó recordar el rostro de su maestra de la infancia.

No pudo.

Se había borrado.

Parpadeó sorprendida.

Después intentó recordar el color del vestido que llevaba su madre el día de su graduación.

Nada.

Los recuerdos comenzaban a desaparecer.

—¡Lucas!

Él la miró.

También estaba asustado.

—Me está pasando lo mismo.

No lograba recordar el nombre de su primer perro.

Ni el aroma del pan que horneaba su abuela.

Pequeños recuerdos comenzaban a apagarse.

Como velas bajo una tormenta.

El Custodio levantó la voz.

—¡No permitan que el miedo ocupe su corazón!

Porque cuando el miedo crece…

El Olvido encuentra una puerta.

La criatura habló.

Su voz no salía de una boca.

Parecía surgir desde todas partes al mismo tiempo.

Grave.

Inmensa.

Antigua.

—Hace siglos…

Me encerraron aquí.

Cada palabra hacía vibrar el jardín.




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