Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 16 La elección del último verano

La luz dorada brotó del interior del Árbol de las Promesas con una intensidad imposible de contemplar.

No era una explosión.

Era un nacimiento.

Millones de diminutas partículas luminosas comenzaron a elevarse lentamente hacia el cielo oscurecido, como si cada una de ellas fuera el recuerdo de una vida, de un abrazo, de una promesa jamás olvidada.

La inmensa sombra retrocedió por primera vez.

No mucho.

Apenas unos metros.

Pero fue suficiente para que todos comprendieran una verdad inesperada.

Aquella criatura…

Podía sentir miedo.

El Custodio levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos, hasta entonces llenos de tristeza, recuperaron un pequeño destello de esperanza.

—Todavía existe una posibilidad…

Lucas continuaba abrazando a Clara.

La llave seguía brillando entre sus manos.

Sin embargo, ahora el resplandor azul había desaparecido casi por completo.

Solo permanecía una cálida luz dorada que parecía latir al mismo ritmo que su corazón.

Clara apoyó lentamente la cabeza sobre el hombro de Lucas.

Durante unos segundos olvidó el jardín.

La puerta.

La sombra.

El pasado.

Solo existían ellos dos.

Y comprendió algo que nunca antes había entendido.

Había pasado quince años intentando recuperar el tiempo perdido.

Pero el tiempo jamás regresa.

Solo puede vivirse el instante presente.

Apretó suavemente la mano de Lucas.

Él respondió del mismo modo.

Ninguno necesitó hablar.

La grieta que atravesaba el tronco del Árbol comenzó a abrirse lentamente.

No producía ningún sonido.

Era un movimiento sereno.

Natural.

Como el de una semilla que finalmente decide romper su cáscara.

Desde su interior emergió una esfera de cristal del tamaño de un corazón humano.

Flotaba.

Giraba lentamente.

Dentro de ella brillaban miles de escenas diminutas.

Niños jugando.

Ancianos abrazándose.

Madres cantando.

Amantes caminando bajo la lluvia.

Despedidas.

Reencuentros.

Primeros besos.

Últimos abrazos.

Toda la belleza de la vida parecía haberse reunido dentro de aquella pequeña esfera.

Clara dio un paso hacia ella.

—¿Qué es?

El Custodio respondió con una voz cargada de emoción.

—La Memoria Original.

Lucas frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

El anciano sonrió.

—Antes de que existieran los libros…

Antes de que alguien escribiera la primera palabra…

Los recuerdos vivían aquí.

Cada acto de amor sincero dejaba una huella.

Cada sacrificio.

Cada perdón.

Cada promesa cumplida.

Todo era guardado por el Árbol.

Lucas contempló la esfera fascinado.

—Entonces…

¿Aquí están todas las historias de la humanidad?

El Custodio negó lentamente.

—No.

Solo permanecen aquellas que nacieron del amor verdadero.

Porque todo lo demás…

El tiempo termina llevándoselo.

Adrián observaba la esfera con lágrimas aún frescas sobre el rostro.

Por primera vez desde que comenzó aquella aventura, no sintió deseos de poseer nada.

Solo contemplarla.

Pensó en su padre.

En las noches en que lo veía estudiar mapas antiguos.

En las veces que lo escuchó repetir:

“Nuestra familia recuperará lo que le pertenece.”

Ahora comprendía que jamás habían buscado un objeto.

Habían buscado paz.

Y la habían confundido con poder.

Se acercó lentamente a Lucas.

Todos los hombres levantaron las armas.

Lucas permaneció inmóvil.

Adrián se detuvo a pocos pasos.

Luego ocurrió algo que ninguno esperaba.

Se arrodilló.

Bajó la cabeza.

Y dijo con una voz quebrada:

—Perdóname.

El silencio fue absoluto.

Ni siquiera la Sombra pareció esperar aquel gesto.

Adrián cerró los ojos.

—Te robé quince años.

Destruí tu vida.

Destruí la mía.

Y ensucié el nombre de mi familia creyendo que los estaba honrando.

No espero tu perdón.

Solo necesitaba decir la verdad…

Antes de olvidar quién soy.

Lucas permaneció inmóvil.

Sentía dentro de sí una lucha silenciosa.

Había soñado muchas veces con encontrarse frente al hombre que le arrebató su juventud.

Siempre imaginó odio.

Venganza.

Justicia.

Sin embargo…

No sentía nada de eso.

Solo veía a un hombre roto.

Tan prisionero del pasado como él mismo.

Clara tomó suavemente su mano.

No dijo una palabra.

No hacía falta.

Lucas comprendió.

Respiró profundamente.

Y extendió lentamente la otra mano hacia Adrián.

—Levántate.

Adrián lo miró sorprendido.

—¿Después de todo lo que hice?

Lucas asintió.

—Porque si el Olvido se alimenta del rencor…

Entonces el perdón debe ser su contrario.

El Custodio sonrió.

Por primera vez en siglos…

La elección comenzaba a inclinarse hacia la luz.

La Sombra lanzó un rugido.

No fue un grito de furia.

Fue un grito de dolor.

El jardín entero tembló.

Los árboles se inclinaron.

Las aguas del riachuelo comenzaron a agitarse.

Los ojos rojos de la criatura ardieron con intensidad.

—¡No!

Su voz sacudió el cielo.

—¡No vuelvan a elegir el amor!

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Todos sintieron un escalofrío.

Porque aquella frase escondía una verdad terrible.

La criatura no temía las armas.

No temía la llave.

No temía al Custodio.

Temía algo mucho más simple.

Que los seres humanos siguieran siendo capaces de amar y perdonar.

La pareja luminosa descendió lentamente desde la colina.

Cada paso hacía florecer nuevamente el jardín.

Donde apoyaban los pies nacían pequeñas flores blancas.

El hombre se acercó a Lucas.




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