El silencio cayó sobre el Jardín como una losa.
Nadie respiró.
Nadie se atrevió siquiera a parpadear.
La figura permanecía inmóvil a pocos metros de la puerta de piedra.
La luz dorada del Jardín iluminó lentamente su rostro.
Lucas sintió que el corazón golpeaba con una violencia insoportable contra su pecho.
Era imposible.
Completamente imposible.
Cada rasgo era idéntico.
Los mismos ojos color avellana.
La misma cicatriz sobre la ceja izquierda.
La misma forma de caminar.
Incluso la misma expresión serena que aparecía cuando intentaba ocultar una preocupación.
Clara llevó una mano a su boca.
Las lágrimas comenzaron a descender lentamente.
No sabía cuál de los dos mirar.
Era como contemplar el reflejo perfecto de un espejo.
El desconocido sonrió.
Pero aquella sonrisa no era la de Lucas.
Era más antigua.
Más serena.
Como si hubiera conocido el dolor hasta dejar de temerle.
Su voz rompió finalmente el silencio.
—Ha pasado mucho tiempo…
Lucas dio un paso adelante.
—¿Quién eres?
El hombre inclinó apenas la cabeza.
—La pregunta correcta no es quién soy.
Es…
¿Quién eres tú?
El Custodio cerró lentamente los ojos.
Durante siglos había rezado para que aquel momento nunca llegara.
Porque significaba que el equilibrio entre la memoria y el tiempo estaba comenzando a romperse.
Esteban observó al recién llegado con el rostro completamente pálido.
Retrocedió un paso.
Después otro.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—No…
No puede ser…
Adrián giró hacia él.
—¿Lo conoces?
El anciano tardó varios segundos en responder.
Su voz apenas consiguió salir.
—Los manuscritos hablaban de él…
Pero siempre creí que era una metáfora.
Lucas volvió inmediatamente la mirada.
—¿Quién es?
Esteban respiró profundamente.
—El Primer Guardián.
El Jardín entero quedó envuelto en un silencio absoluto.
El hombre sonrió con una inmensa ternura.
—Así me llamaron durante mucho tiempo.
Pero antes de eso…
Fui simplemente Lucas.
Clara sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Lucas permaneció inmóvil.
Intentaba encontrar alguna diferencia.
Algo.
Lo que fuera.
Pero no existía.
Era él.
Y al mismo tiempo no lo era.
El desconocido avanzó lentamente.
Cada paso hacía florecer pequeñas margaritas blancas bajo sus pies.
No dejaba huellas.
Dejaba vida.
Cuando estuvo frente a Lucas, levantó lentamente una mano.
No llegó a tocarlo.
La dejó suspendida apenas a unos centímetros de su rostro.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—Cuántas veces soñé con este momento…
Lucas tragó saliva.
—¿Qué eres?
El hombre respondió con absoluta serenidad.
—Soy aquello en lo que podrías convertirte.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Clara sintió un escalofrío.
El Custodio bajó lentamente la cabeza.
Sabía que ya no era posible seguir ocultando la verdad.
Lucas dio un paso atrás.
—No entiendo.
El hombre observó el inmenso Árbol de las Promesas.
Después dirigió nuevamente la mirada hacia Lucas.
—Hace casi tres siglos…
Yo también estuve donde tú estás ahora.
También amé.
También perdí.
También tuve que elegir entre una sola vida junto a la mujer que amaba…
O una eternidad protegiendo los recuerdos del mundo.
Clara sintió que el corazón comenzaba a latir con violencia.
—¿Y qué elegiste?
Los ojos del hombre se llenaron de nostalgia.
—Elegí mal.
Una suave brisa atravesó el Jardín.
Miles de pétalos comenzaron a caer desde las ramas.
El desconocido contempló el cielo.
—Creí que estaba haciendo lo correcto.
Pensé que ningún amor podía valer más que toda la memoria de la humanidad.
Acepté convertirme en Guardián.
Acepté permanecer aquí.
Acepté verla marcharse.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Pero descubrí demasiado tarde que un mundo sin personas capaces de vivir plenamente su propia vida…
Tampoco merece conservar sus recuerdos.
Lucas sintió que aquellas palabras le atravesaban el alma.
Era exactamente el dilema que él enfrentaba.
El hombre continuó.
—Desde entonces…
Cada cierto tiempo dos almas vuelven a encontrarse.
Repiten la historia.
Intentan hacer una elección distinta.
Hasta ahora…
Todos han terminado igual que yo.
Clara dio un paso adelante.
—¿Todos?
Él asintió.
—Siempre eligieron salvar el Jardín.
Y siempre perdieron aquello que más amaban.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
La Sombra comenzó a reír.
Su risa era profunda.
Vacía.
Parecía surgir desde el fondo del océano.
—Por fin…
Alguien se atreve a decir la verdad.
Todos dirigieron la mirada hacia ella.
Los inmensos ojos rojos brillaban con mayor intensidad.
La criatura parecía fortalecerse.
—El Jardín nunca fue una bendición.
Siempre fue una prisión.
El Custodio respondió inmediatamente.
—¡No lo escuchéis!
Pero la Sombra continuó.
—¿No sienten el cansancio?
¿No están agotados de repetir la misma historia una y otra vez?
Lucas sintió un escalofrío.
El Primer Guardián cerró lentamente los ojos.
—No miente.
Todos quedaron inmóviles.
El Custodio bajó la cabeza.
No intentó discutir.
Porque sabía que aquella parte era cierta.
Clara observó el inmenso Árbol.
Las ramas seguían agrietándose lentamente.
Comprendió algo.
—Entonces…
El Jardín tampoco quiere seguir existiendo.
El Primer Guardián sonrió con tristeza.
—Exactamente.