—¡Papá!
La palabra quedó suspendida en el aire como un relámpago silencioso.
Lucas sintió que el mundo dejaba de girar.
Clara permaneció inmóvil.
Sus labios entreabiertos eran incapaces de pronunciar sonido alguno.
El pequeño seguía corriendo hacia ellos.
Tendría unos diez años.
Su cabello oscuro era despeinado por la suave brisa del Jardín.
Sus ojos…
Lucas sintió un nudo en el pecho.
Aquellos ojos eran idénticos a los suyos.
Pero la sonrisa…
La sonrisa pertenecía a Clara.
Era imposible.
Completamente imposible.
El niño llegó hasta él y, sin dudarlo un instante, lo abrazó con una fuerza que solo tienen los hijos que vuelven a encontrar a sus padres después de una larga ausencia.
Lucas permaneció rígido.
No supo qué hacer.
Después, lentamente, levantó los brazos y respondió al abrazo.
Una emoción desconocida atravesó cada rincón de su alma.
Era una sensación que jamás había experimentado.
No era únicamente cariño.
Era algo más profundo.
Más instintivo.
Más poderoso.
Como si su corazón reconociera al niño antes que su propia razón.
—¿Quién… eres?
Preguntó con la voz quebrada.
El pequeño levantó la cabeza.
Lo observó con una ternura infinita.
—Ya lo sabes.
Solo que todavía no lo recuerdas.
Clara dio unos pasos inseguros.
Las lágrimas descendían sin control.
El niño la miró y sonrió con la misma dulzura.
—Hola, mamá.
Aquella palabra terminó de derrumbar todas las defensas de Clara.
Cayó de rodillas frente a él.
Las manos le temblaban.
Rozó con infinita delicadeza el rostro del pequeño.
Era real.
Podía sentir el calor de su piel.
Su respiración.
Los latidos acelerados de su corazón.
—No puede ser…
El niño tomó ambas manos entre las suyas.
—Sí puede.
Porque todavía no ha ocurrido.
Pero algún día ocurrirá.
El silencio envolvió nuevamente el Jardín.
Incluso la Sombra había dejado de avanzar.
Como si aquella escena escapara también a su comprensión.
El Custodio observaba al niño con una mezcla de respeto y emoción.
El Primer Guardián sonrió por primera vez con auténtica alegría.
Alba cerró los ojos.
Una lágrima recorrió lentamente su mejilla.
Esteban respiró profundamente.
—Entonces…
Es verdad.
Adrián lo miró.
—¿Qué sucede?
El anciano respondió sin apartar la vista del pequeño.
—Nunca había ocurrido.
—¿Qué cosa?
—El futuro…
Ha entrado en el pasado.
Lucas seguía observando al niño.
Había algo extraordinariamente familiar en él.
No solo el parecido físico.
Sus gestos.
La forma de mover las manos.
La manera en que inclinaba ligeramente la cabeza antes de hablar.
Era como contemplar una mezcla perfecta entre él y Clara.
—¿Cómo te llamas?
El niño sonrió.
—Todavía no me pusieron nombre.
Todos quedaron en silencio.
El pequeño continuó hablando con absoluta naturalidad.
—Cada vez que la historia comienza de nuevo…
Ustedes eligen uno distinto.
Lucas sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
El niño levantó lentamente la vista hacia el Árbol de las Promesas.
—He existido muchas veces.
Pero nunca llegué a nacer.
Aquellas palabras atravesaron el corazón de Clara.
Comprendió inmediatamente el significado.
Cada vez que Lucas y ella se reencontraban…
Cada vez que volvían a enamorarse…
Cada vez que llegaba el momento de elegir…
El ciclo volvía a comenzar.
Y aquella vida que algún día habría podido existir…
Desaparecía.
El niño jamás había nacido.
Nunca.
Sintió un dolor inmenso.
Un dolor que no pertenecía únicamente a aquella vida.
Parecía provenir de cientos de despedidas anteriores.
Se acercó lentamente.
Lo abrazó.
Con todas sus fuerzas.
Como si intentara recuperar en un solo instante todas las veces que nunca había podido hacerlo.
El pequeño cerró los ojos.
—Siempre soñé con este abrazo.
La Sombra comenzó a caminar lentamente hacia ellos.
Pero ya no irradiaba la misma oscuridad.
Su figura parecía deshacerse poco a poco.
Los inmensos ojos rojos comenzaban a apagarse.
Cuando habló, su voz sonaba más humana que nunca.
—Ahora lo entiendo…
El Custodio levantó la vista.
La criatura observaba al niño.
No con odio.
Con profunda melancolía.
—Yo también tuve un hijo.
Todos permanecieron inmóviles.
Nadie esperaba aquella confesión.
La Sombra bajó lentamente la cabeza.
—Pero elegí quedarme aquí.
Elegí proteger el Jardín.
Cuando regresé…
Ya habían pasado demasiados años.
Mi esposa había muerto.
Mi hijo nunca volvió a pronunciar mi nombre.
El silencio fue absoluto.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por aquel rostro formado de oscuridad.
—Intenté recordar su rostro…
Pero el tiempo terminó robándomelo.
Entonces comprendí que el peor castigo no era perderlos.
Era olvidar que alguna vez existieron.
Lucas sintió una profunda compasión.
Por primera vez veía al enemigo tal como realmente era.
No un monstruo.
Sino un hombre derrotado por sus propias decisiones.
El Primer Guardián caminó lentamente hacia la Sombra.
Nadie intentó detenerlo.
Cuando estuvo frente a ella, apoyó una mano sobre su hombro.
—Todavía puedes descansar.
La criatura negó lentamente.
—No merezco descansar.
Alba dio un paso adelante.
Su voz fue apenas un susurro.
—Nadie merece permanecer prisionero para siempre.
Las palabras parecieron atravesar siglos de dolor.
La oscuridad comenzó a desprenderse lentamente del cuerpo de la criatura.