—¡Lucas! ¡Despierta! ¡Si no despiertas ahora, Clara morirá!
La voz atravesó el Jardín como un relámpago.
Todo comenzó a vibrar.
La esfera de cristal, que estaba a punto de romperse, quedó suspendida en el aire.
El tiempo volvió a detenerse.
Pero esta vez no era el Jardín quien lo detenía.
Era algo mucho más poderoso.
Lucas sintió un dolor agudo en la cabeza.
Un recuerdo apareció.
Después otro.
Y otro más.
No pertenecían a ninguna de las vidas que había visto bajo el Árbol.
Eran distintos.
Extraños.
Demasiado reales.
Se vio conduciendo un automóvil por una carretera costera.
Llovía intensamente.
El limpiaparabrisas apenas lograba apartar el agua del parabrisas.
A su lado viajaba Clara.
Reía.
Llevaba el cabello recogido.
En su mano izquierda brillaba un sencillo anillo de compromiso.
Lucas sintió un vuelco en el corazón.
Aquello jamás había ocurrido.
O al menos…
No en la vida que recordaba.
La escena continuó.
Clara apoyó una mano sobre su vientre.
Sonrió.
—No puedo esperar para conocerlo.
Lucas recordó inmediatamente al niño del Jardín.
Sintió un escalofrío.
Ella continuó hablando.
—Prométeme que cada verano iremos al mar.
Lucas respondió riendo.
—Aunque tenga ochenta años.
Ella besó su mejilla.
—Aunque tengamos cien.
Entonces…
Un camión apareció de frente.
Una curva.
Un frenazo desesperado.
El sonido desgarrador del metal.
Cristales estallando.
Oscuridad.
Lucas abrió los ojos de golpe.
Respiraba con dificultad.
—¿Qué fue eso?
El Primer Guardián observó el cielo con preocupación.
Alba dio un paso hacia él.
—También comenzó…
Él asintió lentamente.
—Las posibilidades están mezclándose.
El Custodio frunció el ceño.
—Nunca había ocurrido.
Esteban comprendió inmediatamente el peligro.
—Si todas las vidas posibles se unen…
El tiempo dejará de distinguir qué ocurrió realmente.
El anciano que había sido la Sombra cerró los ojos.
—Entonces el universo entero olvidará cuál es su verdadera historia.
El Jardín comenzó a estremecerse.
No con violencia.
Con incertidumbre.
Como un anciano que duda entre dormir o despertar.
Clara también llevó ambas manos a la cabeza.
Una nueva visión apareció.
No era la misma.
Se encontraba en un hospital.
Una habitación iluminada por el sol.
Lucas dormía sentado junto a la cama.
Ella sostenía en brazos a un recién nacido.
Un niño.
El mismo que habían visto minutos antes.
El pequeño abrió lentamente los ojos.
Los observó.
Y sonrió.
Una enfermera entró en la habitación.
—¿Ya eligieron el nombre?
Clara respondió sin dudar.
—Mateo.
La visión desapareció.
Las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas.
—Lucas…
Él la observó.
—¿Tú también?
Ella asintió.
—Vi una vida…
Donde éramos felices.
Simplemente felices.
Sin guardianes.
Sin profecías.
Sin este lugar.
Lucas sintió un profundo dolor.
No porque aquella vida fuera imposible.
Sino porque parecía tan cercana…
Que casi podía tocarla.
La pequeña niña y el niño comenzaron a desvanecerse lentamente.
Sin embargo…
Esta vez no parecía una despedida.
Sus cuerpos se transformaban en diminutas partículas de luz.
Cada partícula ascendía hacia el cielo.
Pero, antes de desaparecer completamente, ambos caminaron una vez más hasta Lucas y Clara.
El niño tomó la mano de Lucas.
La niña hizo lo mismo con Clara.
—No lloren.
Dijeron al mismo tiempo.
—No estamos desapareciendo.
Estamos naciendo.
La luz los envolvió.
Sus pequeños cuerpos se transformaron en dos aves blancas.
Volaron alrededor del Árbol una última vez.
Después atravesaron lentamente el cielo.
Hasta desaparecer detrás del amanecer.
Clara rompió en llanto.
No era un llanto de pérdida.
Era el llanto de una madre que, por primera vez, comprendía que la esperanza también puede doler.
La enorme puerta de piedra comenzó a cerrarse definitivamente.
Cada bloque encajaba lentamente con un sonido profundo.
El Primer Guardián observó la escena.
Sonrió.
—Se acabó.
Alba apoyó su cabeza sobre su hombro.
—No.
Comienza.
El Custodio levantó lentamente el rostro hacia el cielo.
Las primeras nubes blancas comenzaron a cruzar aquel lugar.
Nunca antes habían existido.
El tiempo volvía a fluir.
Las estaciones regresarían.
El viento.
La lluvia.
Los inviernos.
Los nuevos veranos.
El Jardín estaba aprendiendo a envejecer.
Y aquello era el milagro más hermoso de todos.
Pero entonces…
Una violenta sacudida atravesó el suelo.
Todos perdieron el equilibrio.
La esfera de cristal dejó escapar una inmensa columna de luz.
Lucas sintió un dolor insoportable en el pecho.
Cayó de rodillas.
Clara corrió hacia él.
—¡Lucas!
Él respiraba con dificultad.
Las visiones continuaban.
Ahora veía cientos.
Miles.
Todas las vidas posibles.
En una nunca conocía a Clara.
En otra ella moría siendo joven.
En otra tenían tres hijos.
En otra vivían en una pequeña isla.
En otra envejecían juntos frente al océano.
En otra…
Nunca llegaban a reencontrarse.
El dolor era insoportable.
El Custodio comprendió inmediatamente lo que ocurría.
—¡Está viendo todos los futuros!
Esteban palideció.
—Ninguna mente humana puede soportar eso.
Lucas comenzó a gritar.
No de miedo.