¡Toc!
¡Toc!
¡Toc!
Los tres golpes resonaron nuevamente.
No parecían venir del otro lado de la piedra.
Parecían surgir desde el interior de cada uno de los presentes.
Lucas sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
La respiración se volvió pesada.
La inmensa puerta, que había permanecido inmóvil durante siglos, vibró apenas unos milímetros.
Era imposible.
El Custodio había explicado que, una vez cerrada, ninguna fuerza del universo podría volver a abrirla.
Sin embargo…
Alguien estaba llamando.
Y lo hacía pronunciando un nombre que todavía no existía.
Mateo.
El nombre que Clara había visto en aquella visión del hospital.
El nombre del niño que nunca había nacido.
Nadie se movió.
La tensión era tan profunda que incluso el viento parecía haberse detenido.
La voz volvió a escucharse.
Esta vez sonaba más cercana.
Más triste.
—¿Hay alguien…?
Tengo miedo…
Clara llevó ambas manos a su pecho.
Aquella voz…
No era solo la de un niño.
Era la voz que toda madre reconoce incluso antes de conocer a su hijo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lucas…
Él ya caminaba hacia la puerta.
Cada paso era lento.
Cuidadoso.
El Primer Guardián levantó inmediatamente una mano.
—¡No!
Lucas se detuvo.
—Es un niño.
El Guardián negó lentamente.
—No lo sabes.
—Lo escuché.
—Precisamente.
Lucas frunció el ceño.
El hombre respiró profundamente.
—En este lugar…
No siempre las voces pertenecen a quienes las pronuncian.
El anciano que alguna vez fue la Sombra observó la puerta durante largos segundos.
Después cerró lentamente los ojos.
Parecía estar escuchando algo que los demás eran incapaces de percibir.
Finalmente habló.
—No miente.
Todos giraron hacia él.
—Es un niño.
Pero…
Abrió nuevamente los ojos.
—No está detrás de la puerta.
El silencio cayó sobre el Jardín.
Lucas sintió un vacío en el estómago.
—¿Qué quieres decir?
El anciano señaló lentamente el cielo.
—Está…
Entre los tiempos.
Las palabras quedaron suspendidas.
El Custodio comprendió inmediatamente.
Su rostro perdió el color.
—No…
Eso jamás había ocurrido.
Esteban respiró profundamente.
—¿Qué significa estar entre los tiempos?
El Custodio respondió con voz temblorosa.
—Cuando el Jardín comenzó a desaparecer…
El pasado…
El presente…
Y el futuro…
Dejaron de estar completamente separados.
Miró nuevamente la puerta.
—Ese niño todavía no nació.
Pero ya existe.
Lucas sintió que el corazón latía con violencia.
Recordó al pequeño que acababa de despedirse de ellos.
Recordó la promesa frente al mar.
Recordó sus últimas palabras.
“Nos vemos muy pronto…”
La piedra volvió a vibrar.
Una delgada línea de luz apareció entre las dos enormes hojas de la puerta.
No se estaba abriendo.
Pero tampoco permanecía completamente cerrada.
Alba caminó lentamente hasta ella.
Apoyó la palma de su mano sobre la roca.
Cerró los ojos.
Miles de pequeños destellos comenzaron a recorrer la superficie.
Durante largos segundos nadie dijo una palabra.
Cuando finalmente retiró la mano…
Lloraba.
Lucas dio un paso.
—¿Qué viste?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Un accidente.
Lucas sintió un estremecimiento.
Era exactamente la visión que él había tenido.
La lluvia.
La carretera.
El camión.
El impacto.
Alba continuó.
—Vi dos caminos.
En uno…
Clara moría.
En el otro…
Vivía.
El silencio volvió a envolverlos.
Lucas sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—¿Cuál ocurrirá?
Alba levantó lentamente la mirada.
—Todavía no está decidido.
El Árbol de las Promesas dejó caer otra lluvia de hojas luminosas.
Ahora descendían lentamente sobre la puerta.
Como intentando sellarla definitivamente.
Pero cada hoja que tocaba la piedra desaparecía.
Era absorbida.
Como si al otro lado existiera un vacío inmenso.
El Custodio comprendió.
—Está perdiendo fuerza.
El Primer Guardián asintió.
—El Jardín ya no puede sostener la frontera entre las épocas.
Adrián observó preocupado la grieta luminosa.
—¿Y si termina rompiéndose?
Nadie respondió.
Porque todos conocían la respuesta.
Lucas apoyó una mano sobre la roca.
No sintió frío.
Sintió un latido.
Su corazón comenzó a acelerarse.
Entonces ocurrió.
La puerta dejó de existir.
Al menos para él.
Frente a sus ojos apareció un inmenso pasillo blanco.
No tenía paredes.
No tenía techo.
Solo luz.
A lo lejos distinguió una pequeña figura.
Era un niño.
Caminaba solo.
Llevaba un pequeño barco de madera entre las manos.
El mismo barco que Lucas había visto siglos atrás en la visión de la playa.
El pequeño levantó lentamente la cabeza.
Sonrió.
—Sabía que vendrías.
Lucas caminó hacia él.
—¿Mateo?
El niño asintió.
—Sí.
—¿Dónde estamos?
Mateo miró alrededor.
—En el lugar donde esperan las historias que todavía no sucedieron.
Lucas sintió un escalofrío.
Cada paso revelaba miles de escenas flotando en el aire.
Cumpleaños.
Abrazos.
Primeros días de escuela.
Vacaciones.
Lágrimas.
Reconciliaciones.
Toda una vida.
Pero ninguna estaba terminada.
Eran apenas posibilidades.
—¿Por qué me llamaste?
Preguntó Lucas.
Mateo bajó lentamente la mirada.
Su sonrisa desapareció.