Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 24 El hombre que renunció a su propia existencia

El silencio dejó de ser silencio.

Se convirtió en un peso.

Uno capaz de doblar el tiempo.

Lucas permanecía inmóvil frente al hombre que afirmaba ser su hijo treinta años en el futuro.

Su mente rechazaba aquella posibilidad.

Pero su corazón…

Su corazón no podía hacerlo.

Había algo en aquellos ojos grises.

Una mezcla de firmeza y tristeza.

La misma forma de levantar apenas la ceja izquierda cuando intentaba ocultar una emoción.

El mismo gesto involuntario de apretar la mandíbula antes de hablar.

No era un desconocido.

Era alguien construido con fragmentos de él mismo.

Y también de Clara.

El hombre dio un paso al frente.

Su voz seguía siendo serena.

—Sé exactamente lo que estás pensando.

Lucas apenas pudo responder.

—No…

No puede ser.

El desconocido sonrió con una tristeza infinita.

—Yo también dije esas mismas palabras cuando te vi por primera vez.

Mateo niño observaba la escena en absoluto silencio.

Sus pequeños ojos pasaban de un hombre al otro.

Era como contemplar tres etapas de una misma vida.

Él.

Su padre.

Y el hombre en el que algún día podría convertirse.

Clara sintió un escalofrío.

Nunca había imaginado que el tiempo pudiera doblarse de aquella manera.

El Primer Guardián bajó lentamente la cabeza.

—El equilibrio terminó de romperse…

Alba tomó su mano.

—No.

El equilibrio está buscando una nueva forma.

Lucas respiró profundamente.

Necesitaba respuestas.

—Si eres mi hijo…

Dime algo que solo él podría saber.

El hombre sonrió.

Miró a Clara.

Después volvió la vista hacia Lucas.

—La primera vez que la besaste…

Ella tenía arena en el cabello.

Tú estabas tan nervioso que olvidaste decirle que la amabas.

En lugar de eso preguntaste si tenía frío.

Clara sintió que las lágrimas brotaban inmediatamente.

Aquello jamás se lo habían contado a nadie.

Lucas recordó aquella tarde.

El viento.

El sonido del mar.

Las manos temblando.

Era cierto.

El desconocido continuó.

—Ella respondió que no.

Pero en realidad estaba muriéndose de frío.

Solo quería que siguieras abrazándola.

Lucas cerró los ojos.

No necesitaba más pruebas.

Aquel hombre decía la verdad.

—¿Cómo te llamas?

Preguntó Clara con la voz quebrada.

El hombre tardó varios segundos en responder.

Parecía que pronunciar su propio nombre le producía dolor.

—Mateo.

El pequeño levantó inmediatamente la cabeza.

Miró sorprendido al adulto.

Éste sonrió.

—Sí.

Ese será nuestro nombre.

El niño abrió mucho los ojos.

Era la primera vez que comprendía quién sería algún día.

Pero, en lugar de alegría, sintió una profunda tristeza.

Porque el hombre que tenía delante parecía cargar el peso de una vida demasiado larga.

Demasiado dolorosa.

Lucas dio otro paso.

—Dijiste que vienes a impedir tu nacimiento.

¿Por qué?

Mateo adulto permaneció en silencio.

Durante largos segundos observó el inmenso corredor blanco.

Miles de recuerdos flotaban alrededor.

Finalmente respondió.

—Porque cometimos un error.

Clara frunció el ceño.

—¿Qué error?

Él levantó lentamente la mirada.

—Elegimos el amor…

Pero olvidamos protegerlo.

El silencio volvió a caer.

Lucas no comprendía.

—Explícate.

Mateo respiró profundamente.

—Después de abandonar el Jardín…

Tuvieron una vida hermosa.

Muchísimo más hermosa de lo que imaginan.

Viajamos.

Reímos.

Vivimos frente al mar.

Papá me enseñó a nadar.

Mamá me enseñó a leer mirando las olas.

Los tres veranos que prometieron…

Se convirtieron en treinta.

Clara sonrió entre lágrimas.

Aquello era exactamente el futuro que deseaban.

Pero Mateo no sonreía.

Sus ojos estaban llenos de culpa.

—Y entonces…

Llegó el invierno.

La luz del corredor comenzó a oscurecerse.

Las imágenes cambiaron.

Lucas vio una pequeña casa frente al océano.

La misma del dibujo.

Había risas.

Celebraciones.

Cumpleaños.

Navidades.

Un perro viejo dormía junto a la chimenea.

Mateo adolescente estudiaba junto a la ventana.

Todo parecía perfecto.

Hasta que una nueva escena apareció.

Lucas…

Solo.

Sentado frente al mar.

Con el cabello completamente blanco.

Clara no estaba.

La silla de al lado permanecía vacía.

El hombre observaba el horizonte todos los días.

Esperando.

Siempre esperando.

Clara sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Qué ocurrió?

Mateo adulto cerró los ojos.

—Mamá enfermó.

Nadie habló.

El silencio era demasiado frágil.

Mateo continuó.

—Luchó durante seis años.

Nunca perdió la sonrisa.

Nunca dejó de mirar el mar.

Decía que cada amanecer era un regalo.

Papá jamás se apartó de su lado.

Ni un solo día.

Lucas sintió un profundo orgullo.

Pero también un miedo inmenso.

Mateo sonrió con melancolía.

—Cuando murió…

Él dejó de vivir.

Las palabras atravesaron el corazón de Lucas.

Recordó inmediatamente al hombre que había sido la Sombra.

Comprendió.

El dolor podía adoptar muchas formas.

Mateo bajó lentamente la cabeza.

—No volvió a enamorarse.

No volvió a viajar.

No volvió a entrar al mar.

Solo esperaba.

Esperaba volver a verla.

Como tú esperaste.

Como el Primer Guardián esperó.

Como todos.

El ciclo…

Había comenzado otra vez.

El Primer Guardián sintió que aquellas palabras le atravesaban el alma.

Miró a Alba.

Ella comprendió inmediatamente.




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