—¡Lucas, abre los ojos! ¡El accidente terminó… estás vivo!
La voz atravesó la inmensidad blanca.
Pero esta vez no llegó desde el Jardín.
Llegó desde el dolor.
Lucas sintió un intenso peso sobre el pecho.
Después, un frío insoportable.
Luego…
El olor.
Un penetrante olor a combustible, lluvia y metal quemado invadió sus pulmones.
El Jardín comenzó a desvanecerse.
Las flores perdieron lentamente sus colores.
El Árbol de las Promesas se volvió transparente.
El rostro de Clara empezó a alejarse.
Lucas intentó alcanzarla.
Extendió desesperadamente la mano.
—¡Clara!
Ella también estiró la suya.
Las puntas de sus dedos estuvieron a centímetros de tocarse.
Pero una inmensa corriente de luz comenzó a separarlos.
—¡No!
Gritó Lucas.
—¡No otra vez!
Clara sonrió entre lágrimas.
Aquella sonrisa era exactamente la misma de aquella tarde en la playa.
La misma que había visto en cientos de recuerdos.
La misma de todas las vidas.
—Confía en mí.
Fue lo último que dijo.
Entonces desapareció.
Lucas abrió los ojos.
La claridad era insoportable.
Todo estaba borroso.
Escuchaba voces.
Pasos.
Sirenas.
Alguien gritaba instrucciones.
—¡Pulso estable!
—¡Traigan otra vía!
—¡No dejen de hablarle!
Sintió una mascarilla de oxígeno sobre el rostro.
Intentó incorporarse.
Un dolor insoportable recorrió todo su cuerpo.
Volvió a caer.
—Tranquilo.
Escuchó decir a una mujer.
—Ha despertado.
Lucas respiró con dificultad.
No comprendía dónde estaba.
El techo era completamente blanco.
Las luces lo cegaban.
Intentó mover la cabeza.
Apenas unos centímetros.
Entonces la vio.
A través del vidrio de otra sala.
Clara.
Permanecía inmóvil sobre una camilla.
Rodeada por médicos.
El corazón de Lucas se detuvo.
—¡Clara!
Intentó levantarse.
Dos enfermeros lo sujetaron.
—¡No puede moverse!
—¡Está recién estabilizado!
Pero Lucas no escuchaba.
Solo veía el rostro de la mujer que amaba.
Pálido.
Cubierto de pequeñas heridas.
Con los ojos cerrados.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
No sabía si todo lo vivido en el Jardín había sido un sueño.
Una alucinación.
O algo mucho más profundo.
Solo sabía una cosa.
No estaba dispuesto a perderla.
Jamás.
Un médico de cabello gris se acercó lentamente.
—Lucas.
Él apenas logró mirarlo.
—¿Ella…?
El hombre respiró profundamente.
—Todavía está luchando.
Aquellas tres palabras pesaron más que cualquier sentencia.
Lucas cerró los ojos.
Recordó inmediatamente las visiones.
La enfermedad.
Los años compartidos.
La despedida.
Comprendió algo.
El futuro aún no existía.
Todavía podía cambiar.
Pero primero…
Clara debía sobrevivir.
Mientras tanto…
En algún lugar que no pertenecía completamente al mundo de los vivos ni al del Jardín…
El Árbol de las Promesas seguía allí.
Ya no era inmenso.
Su tronco había comenzado a transformarse en luz.
El Custodio observaba el horizonte.
A su lado estaban Alba.
El Primer Guardián.
El anciano que había sido la Sombra.
Y Adrián.
Todos contemplaban un enorme océano dorado.
El Primer Guardián sonrió.
—Ya despertó.
Alba asintió.
—Pero ella todavía no.
El silencio volvió a instalarse.
El Custodio levantó lentamente la vista.
—La decisión aún no terminó.
Lucas observaba desesperadamente la sala de emergencias.
Un joven médico salió apresuradamente.
Otra enfermera entró corriendo.
Los monitores comenzaron a emitir sonidos cada vez más rápidos.
Algo no iba bien.
Lucas intentó levantarse otra vez.
Esta vez nadie pudo detenerlo.
Se arrancó la vía intravenosa.
La sangre comenzó a correr por su brazo.
No le importó.
Bajó de la camilla.
Sus piernas apenas respondían.
Cada paso era un tormento.
Pero siguió avanzando.
—¡Deténganlo!
Gritó alguien.
Lucas llegó hasta la puerta de cristal.
Apoyó ambas manos.
Observó a Clara.
Entonces ocurrió.
Ella abrió los ojos.
Solo durante un segundo.
Un único segundo.
Pero fue suficiente.
Sus miradas se encontraron.
Clara sonrió muy levemente.
Movió apenas los labios.
Lucas pudo leer perfectamente aquellas dos palabras.
—Volviste.
Después volvió a cerrar los ojos.
Los monitores comenzaron a emitir un sonido continuo.
Los médicos reaccionaron inmediatamente.
Lucas sintió que el mundo se desmoronaba.
—¡No!
Golpeó desesperadamente el vidrio.
—¡Clara!
En ese mismo instante…
El Árbol de las Promesas emitió un último destello.
El Custodio sonrió con serenidad.
—Ahora depende de ella.
El Primer Guardián frunció el ceño.
—¿Puede regresar?
El anciano respondió lentamente.
—Todos pueden hacerlo.
La verdadera pregunta…
Es si todavía tiene un motivo para volver.
Lucas cayó de rodillas frente al vidrio.
El tiempo pareció detenerse.
Las voces comenzaron a desaparecer.
Los sonidos se hicieron lejanos.
Todo se volvió silencioso.
Y entonces…
Escuchó una risa.
Suave.
Infantil.
Giró lentamente la cabeza.
Al final del pasillo del hospital había un niño.
Tendría unos diez años.
Sostenía un pequeño barco de madera entre las manos.
Era Mateo.
Pero no el del Jardín.
Vestía ropa moderna.
Tenía zapatillas embarradas.