La duodécima campanada no terminó de extinguirse.
Su eco permaneció suspendido sobre el océano, como si el propio aire se negara a dejarla morir.
Entonces…
El mar retrocedió todavía más.
Donde unos instantes antes existía agua infinita, comenzó a aparecer un inmenso valle de piedra.
Escalinatas cubiertas de sal.
Puentes quebrados.
Columnas gigantescas devoradas por siglos de silencio.
Y, en el centro de todo, una ciudad tan vasta que parecía haber sido construida para una civilización que jamás perteneció al mundo de los hombres.
Miles de relojes colgaban de las fachadas.
Ninguno marcaba la misma hora.
Ninguno tenía agujas en movimiento.
Era como si cada edificio hubiese conservado el instante exacto en el que el tiempo decidió abandonarlo.
Lucas sintió un escalofrío.
Aquella ciudad no inspiraba miedo.
Inspiraba nostalgia.
La sensación de estar recordando un lugar donde nunca había estado.
El Barquero permanecía inmóvil.
Por primera vez desde que lo habían conocido, parecía dudar.
Su lámpara dorada comenzó a perder intensidad.
La llama se agitaba como si luchara contra un viento invisible.
El Custodio caminó lentamente hasta colocarse a su lado.
—Pensé que había desaparecido para siempre.
El Barquero respondió sin apartar la vista de la ciudad.
—Yo también.
El Primer Guardián frunció el ceño.
—¿Qué lugar es ese?
El anciano tardó varios segundos en responder.
Cuando lo hizo, su voz parecía contener el peso de mil generaciones.
—Se llama Aion.
La primera ciudad construida por quienes quisieron vencer al tiempo.
El silencio volvió a envolver la playa.
Alba observó las torres sumergidas.
Algo despertó en su memoria.
No era un recuerdo completo.
Solo una emoción.
Una sensación antigua.
Como una melodía escuchada en la infancia.
—He estado allí…
Susurró.
El Primer Guardián la miró sorprendido.
—Eso es imposible.
Ella negó lentamente.
—No en esta vida.
Todos quedaron inmóviles.
Lucas seguía observando las enormes avenidas vacías.
Hasta que dejó de estarlo.
Porque ya no estaban vacías.
Una tras otra comenzaron a aparecer figuras humanas.
No caminaban.
No corrían.
Simplemente permanecían inmóviles.
Miles.
Quizá millones.
Hombres.
Mujeres.
Niños.
Ancianos.
Vestían ropas pertenecientes a distintas épocas.
Algunos parecían provenientes de la antigua Roma.
Otros de la Edad Media.
Había marineros.
Soldados.
Pintores.
Científicos.
Monjes.
Viajeros.
Todos compartían algo.
Sus ojos permanecían cerrados.
Como si durmieran.
O esperaran una orden.
El pequeño Mateo sintió un escalofrío.
Tomó la mano de Lucas.
—Papá…
¿Por qué no despiertan?
El Barquero respondió sin girarse.
—Porque nunca aprendieron a despedirse.
Lucas sintió que aquellas palabras pesaban más que cualquier explicación.
Entonces…
Una nueva campanada resonó.
Pero esta vez no provenía de la torre.
Provenía del corazón mismo de la ciudad.
Las figuras comenzaron a respirar al mismo tiempo.
Un viento cálido recorrió las calles.
Las túnicas se movieron.
Los cabellos comenzaron a balancearse.
Y, lentamente…
Miles de ojos se abrieron.
Lucas jamás olvidaría aquella mirada.
No había odio.
No había ira.
Solo una inmensa tristeza.
Como si cada uno hubiera esperado durante siglos una respuesta que jamás llegó.
El Barquero dio un paso adelante.
Su voz retumbó por toda la ciudad.
—¡No es vuestro momento!
Las figuras permanecieron inmóviles.
Después…
Una mujer de cabello completamente blanco avanzó desde la multitud.
Parecía tener cuarenta años.
Y, al mismo tiempo, cuatrocientos.
Su rostro era hermoso.
Pero transmitía un cansancio imposible de describir.
Llevaba un reloj de bolsillo colgado del cuello.
Se detuvo frente al Barquero.
Sonrió.
—Siempre llegas tarde.
El anciano bajó lentamente la cabeza.
—Lyra…
Ella respondió con una sonrisa melancólica.
—Hace mucho tiempo que nadie pronuncia mi nombre.
Lucas observó la escena.
Comprendió inmediatamente que aquella mujer había sido importante para el Barquero.
Tal vez una amiga.
Tal vez una discípula.
O quizá…
Algo mucho más profundo.
Lyra levantó lentamente el viejo reloj.
Lo abrió.
En su interior no había agujas.
Solo una pequeña fotografía.
Lucas no alcanzó a distinguirla.
Pero el Barquero sí.
Su expresión cambió por completo.
Por primera vez…
Parecía un hombre herido.
—¿Por qué despertaron?
Preguntó con voz apagada.
Lyra observó el horizonte.
—Porque ustedes rompieron el último equilibrio.
El Jardín desapareció.
La frontera cayó.
Los futuros comenzaron a mezclarse.
Las memorias volvieron a respirar.
Cerró lentamente el reloj.
—Y nosotros…
Fuimos olvidados demasiado tiempo.
El Custodio dio un paso al frente.
—Nadie los olvidó.
Lyra sonrió con infinita tristeza.
—Eso dicen siempre los que siguen viviendo.
El anciano no encontró respuesta.
Porque comprendía exactamente lo que ella quería decir.
Clara caminó lentamente hasta colocarse junto al Barquero.
—¿Quiénes son?
Lyra la observó durante largos segundos.
Después respondió.
—Somos las personas que intentaron detener el tiempo para conservar aquello que amaban.
Lucas sintió un escalofrío.
Recordó inmediatamente al Primer Guardián.
Al hombre que había esperado tres siglos.