Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 30 El nombre anterior al tiempo

El nombre resonó por toda la ciudad.

No era un eco.

Era una memoria.

Una palabra tan antigua que parecía haber sido pronunciada antes del nacimiento del mar, antes del primer amanecer, antes incluso de que existiera el tiempo.

Lucas permaneció inmóvil.

No comprendía el idioma.

Sin embargo…

Lo entendía.

Cada sílaba despertaba algo dormido en el rincón más profundo de su alma.

Era como escuchar una canción olvidada que, aun sin recordar la letra, era imposible no reconocer.

La gigantesca puerta de piedra continuó abriéndose lentamente.

Desde su interior escapó una luz dorada.

No cegaba.

Abrazaba.

El Barquero bajó la cabeza.

Por primera vez desde que apareció, parecía profundamente conmovido.

La pequeña Esperanza tomó la mano de Lucas.

—No tengas miedo.

Él la miró.

—¿Qué hay detrás de esa puerta?

La niña sonrió con la serenidad que solo poseen los niños y los sabios.

—La verdad.

El inmenso portón terminó de abrirse.

No había un palacio.

Ni un templo.

Ni un reino.

Solo un inmenso jardín.

Pero no era el Jardín de las Promesas.

Era mucho más antiguo.

Más sencillo.

Un valle cubierto de flores blancas que se extendía hasta perderse en el horizonte.

En el centro crecía un árbol gigantesco.

No tenía hojas.

Solo ramas de cristal.

Cada rama sostenía una pequeña luz.

Millones de pequeñas luces.

El Custodio cayó lentamente de rodillas.

Las lágrimas comenzaron a descender por su rostro.

—Creí…

Creí que había desaparecido…

El Barquero respondió en voz baja.

—Las cosas verdaderamente importantes nunca desaparecen.

Solo esperan el momento adecuado para ser encontradas nuevamente.

Lucas contemplaba aquel árbol.

Sentía que lo conocía.

No sabía de dónde.

No sabía cuándo.

Pero estaba seguro de haber estado allí alguna vez.

Mucho antes de conocer a Clara.

Muchísimo antes de nacer.

La sensación era tan intensa que comenzó a temblar.

Clara tomó su mano.

—¿Qué ocurre?

Lucas apenas pudo responder.

—Siento…

Como si hubiera vuelto a casa.

La mujer llamada Lyra caminó lentamente hasta el umbral de la puerta.

Su viejo reloj de bolsillo comenzó a funcionar por primera vez en siglos.

El tic-tac rompió el silencio.

Cada segundo que avanzaba hacía desaparecer una grieta de su rostro.

Las marcas del cansancio comenzaron a borrarse.

Las sombras abandonaron sus ojos.

El tiempo no la estaba rejuveneciendo.

La estaba reconciliando consigo misma.

—Ahora lo entiendo…

Susurró.

El Barquero sonrió.

—Nunca fuiste castigada.

Solo estabas esperando perdonarte.

Las miles de personas que habitaban Aion comenzaron a acercarse lentamente al árbol.

Cada una llevaba todavía el objeto que jamás había querido soltar.

Un anillo.

Una fotografía.

Una carta.

Una flor marchita.

Una muñeca de trapo.

Un reloj.

Al llegar frente al árbol…

Todos comprendían.

Sin necesidad de palabras.

Y, uno por uno, dejaban aquellos recuerdos sobre las raíces.

No porque dejaran de amar.

Sino porque finalmente entendían que el amor jamás había vivido dentro de esos objetos.

Siempre había vivido dentro de ellos.

Entonces ocurría el milagro.

Cada objeto se transformaba en una pequeña luz.

Y ascendía hasta ocupar una rama vacía.

El árbol comenzaba a brillar con una intensidad imposible.

Esperanza soltó la mano de Lucas.

Corrió alegremente hasta el árbol.

Se detuvo frente a él.

Apoyó ambas manos sobre el tronco de cristal.

Las ramas comenzaron a vibrar.

Miles de pequeñas campanas invisibles sonaron al mismo tiempo.

El Barquero observó maravillado.

—Hace siglos que no respondía a una niña.

El Custodio sonrió.

—Porque hacía siglos que nadie se acercaba sin miedo.

Lucas sintió un impulso irresistible.

También caminó hacia el árbol.

Al apoyar su mano sobre el cristal…

Todo desapareció.

No había playa.

No había ciudad.

No había mar.

Solo oscuridad.

Y, en medio de esa oscuridad…

Una pequeña llama.

Flotaba frente a él.

Era diminuta.

Frágil.

Pero iluminaba un universo entero.

Una voz habló.

No pertenecía a ningún hombre.

Ni a ninguna mujer.

Era una voz que parecía surgir del amor mismo.

—¿Sabes quién eres?

Lucas respondió con sinceridad.

—No.

La llama aumentó levemente de tamaño.

—Dime entonces…

¿Qué es lo único que nunca cambió en todas las vidas que viste?

Lucas cerró los ojos.

Recordó el Jardín.

El hospital.

Las playas.

Los futuros.

Los pasados.

Las despedidas.

Las promesas.

Los hijos.

Los veranos.

Después sonrió.

—Clara.

La voz guardó silencio unos segundos.

—No.

Lucas abrió los ojos.

Sorprendido.

—¿No?

La llama continuó.

—Ella cambió.

Envejeció.

Lloró.

Rió.

Dudó.

Maduró.

Como tú.

Piensa otra vez.

Lucas respiró profundamente.

Entonces comprendió.

No era Clara.

No era él.

No eran los lugares.

Era algo mucho más profundo.

Levantó lentamente la cabeza.

—El amor.

La llama brilló con una intensidad deslumbrante.

—Ahora comienzas a recordar.

De pronto…

Imágenes completamente nuevas comenzaron a aparecer.

No eran recuerdos humanos.

Eran anteriores a cualquier vida.

Lucas vio millones de pequeñas luces descendiendo sobre la Tierra.

Cada una elegía una familia.

Un tiempo.

Un lugar.

Algunas nacían juntas.




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