Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 31 El primer llanto

El llanto del recién nacido atravesó el árbol de cristal.

No era un sonido cualquiera.

Era una melodía.

La primera nota de una historia que acababa de comenzar.

Las millones de luces suspendidas entre las ramas vibraron al mismo tiempo, como si el universo entero hubiera reconocido aquella voz.

Lucas permanecía inmóvil.

Clara también.

Ninguno entendía por qué un simple llanto podía conmover incluso al Barquero.

Pero todos sentían lo mismo.

Esperanza.

En el hospital…

Las primeras luces del amanecer comenzaban a entrar por los grandes ventanales.

La tormenta había terminado.

Las gotas de lluvia descendían lentamente por los cristales.

Los pasillos, que horas antes estaban llenos de médicos corriendo, comenzaban a recuperar la calma.

Lucas seguía sentado frente a la habitación de terapia intensiva.

No había querido moverse.

Llevaba horas sosteniendo entre las manos el anillo de compromiso de Clara.

Lo había encontrado en el bolsillo de su pantalón después del accidente.

Acariciaba el metal una y otra vez.

Como si aquel pequeño círculo pudiera mantener unido todo aquello que amenazaba con romperse.

Entonces…

Una enfermera salió apresuradamente de otra sala.

Sonreía.

Lloraba al mismo tiempo.

Se acercó a un hombre joven que esperaba abrazado a su esposa.

—¡Felicitaciones!

Es un niño completamente sano.

Los padres rompieron en llanto.

Se abrazaron.

El padre besó la frente de la mujer.

Lucas observó aquella escena.

Y sonrió.

Por primera vez desde el accidente…

Sonrió de verdad.

Comprendió que, mientras unos luchaban por permanecer, otros llegaban para comenzar.

La vida nunca dejaba de escribir nuevas páginas.

En Aion…

El árbol seguía brillando.

El Barquero levantó lentamente la lámpara.

La llama azul volvió a reflejarse en sus ojos.

—Cada nacimiento mantiene vivo el equilibrio.

Dijo con serenidad.

El Custodio asintió.

—Y cada despedida lo completa.

El anciano sonrió.

—Exactamente.

Lucas observó al Barquero.

—Entonces…

¿La muerte nunca fue el final?

El hombre respondió sin apartar la vista del árbol.

—¿Recuerdas el verano?

Lucas asintió.

—Siempre termina.

—¿Y por eso deja de existir?

Lucas negó lentamente.

—No.

Vuelve cada año.

El Barquero sonrió.

—Así ocurre con todo aquello que fue amado de verdad.

Esperanza caminó hasta una de las raíces del árbol.

Allí encontró un pequeño barco de madera.

El mismo barco que Mateo había llevado durante todo el viaje.

Lo levantó cuidadosamente.

Después lo entregó a Lucas.

—Ahora te pertenece.

Lucas pasó lentamente los dedos sobre la madera.

Reconoció cada pequeña grieta.

Cada detalle.

Era exactamente igual al que había visto en todas las visiones.

—¿Por qué?

Preguntó.

La niña respondió con una dulzura infinita.

—Porque todavía tienes que enseñarle a alguien cómo hacerlo navegar.

Lucas sintió un profundo estremecimiento.

Miró a Clara.

Ella comprendió inmediatamente.

No hacía falta pronunciar el nombre de Mateo.

Los dos sabían.

Mientras tanto…

Muy lejos de allí…

En una habitación silenciosa del hospital…

Los dedos de Clara se movieron apenas unos milímetros.

El monitor cardíaco registró un leve aumento.

El doctor Ramírez observó atentamente.

—Otra vez…

Murmuró.

Una enfermera levantó la vista.

—¿Doctor?

Él señaló el monitor.

—Está respondiendo a estímulos que no podemos explicar.

Acérquense.

Uno de los residentes tomó suavemente la mano de Clara.

En ese mismo instante…

Ella apretó sus dedos.

Todos quedaron inmóviles.

—¡Llamen a Neurología!

Exclamó el médico.

—Creo que está intentando despertar.

En Aion…

Una brisa cálida comenzó a recorrer las calles.

Los antiguos habitantes seguían depositando sus recuerdos junto al árbol.

Cada objeto liberado se transformaba en una nueva estrella.

La ciudad comenzaba a cambiar.

Las piedras ennegrecidas recuperaban lentamente su color.

Las campanas oxidadas volvieron a sonar.

Las fuentes secas comenzaron a llenarse de agua cristalina.

El tiempo regresaba.

No como enemigo.

Como compañero.

Lyra contemplaba emocionada aquella transformación.

—Durante siglos creí que el tiempo venía a quitarnos cosas.

El Barquero sonrió.

—Nunca vino a quitarlas.

Vino a enseñarte a descubrir cuáles eran eternas.

Lucas volvió a observar el inmenso árbol.

Había algo que todavía no comprendía.

Se acercó al Custodio.

—Dime la verdad.

El anciano levantó la vista.

—Pregúntala.

—¿Por qué nosotros?

¿Por qué Clara y yo?

¿Por qué vimos todo esto?

El Custodio permaneció largo rato en silencio.

Después caminó lentamente hasta el tronco de cristal.

Apoyó una mano sobre él.

Miles de pequeñas luces comenzaron a girar alrededor de Lucas y Clara.

—Porque algunas historias…

No cambian únicamente la vida de quienes las viven.

Cambian la de todos los que las escucharán.

Lucas frunció el ceño.

—No entiendo.

El anciano sonrió.

—Todavía no.

Pero algún día alguien leerá vuestra historia.

Y, gracias a ella…

Llamará a un hijo que hace tiempo no ve.

Perdonará a un padre.

Abrazará a su esposa antes de irse a trabajar.

O decidirá no posponer el viaje que promete desde hace años.

El amor verdadero siempre se multiplica.

Nunca termina en quienes lo viven.

Continúa en quienes se dejan transformar por él.

Clara sintió que las lágrimas volvían a llenar sus ojos.




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