Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 33 El hombre que conocía el final

La última frase del desconocido permaneció suspendida sobre Aion.

Toda historia de amor necesita un testigo… y también un enemigo.

Las palabras descendieron lentamente como cenizas sobre las calles de piedra.

El Árbol de Cristal continuaba perdiendo su luz.

Una rama.

Después otra.

Y otra más.

Cada destello que desaparecía hacía que la ciudad volviera a sumergirse en una oscuridad que parecía respirar.

El hombre del abrigo negro permanecía inmóvil.

No sonreía con maldad.

Sonreía con la serenidad de quien llevaba siglos esperando exactamente ese momento.

En el hospital…

Lucas sintió un violento dolor de cabeza.

Una imagen cruzó su mente.

La ciudad.

El árbol apagándose.

El desconocido.

Retrocedió un paso.

Apoyó una mano sobre la pared.

Clara lo observó inmediatamente.

—¿Qué pasa?

Él respiró agitadamente.

—Lo vi…

—¿A quién?

—Al hombre del reloj.

Clara palideció.

Sin saber por qué…

Ella también acababa de verlo.

Los dos habían tenido exactamente la misma visión.

El doctor Ramírez contemplaba la escena completamente desconcertado.

—¿De quién están hablando?

Lucas apenas pudo responder.

—De alguien…

Que todavía no llegó.

A cientos de kilómetros del hospital…

El océano permanecía en absoluta calma.

Un viejo faro seguía desafiando al tiempo sobre un acantilado.

Llevaba más de ciento veinte años iluminando aquellas costas.

Los pescadores decían que jamás se apagaba.

Ni siquiera durante las peores tormentas.

Aquella madrugada…

La luz comenzó a parpadear.

Una vez.

Dos.

Tres.

Después quedó completamente apagada.

El anciano farero salió inmediatamente.

Miró el mecanismo.

Todo funcionaba perfectamente.

No había ninguna avería.

Entonces levantó la vista hacia el mar.

Y dejó caer la linterna.

Porque muy cerca del faro…

Había aparecido una segunda ciudad.

No flotaba.

No estaba sumergida.

Simplemente…

Había surgido donde horas antes solo existía el océano.

Sus edificios parecían hechos de obsidiana.

No reflejaban la luz.

La devoraban.

Y sobre la torre más alta…

Un enorme reloj marcaba una hora imposible.

Las 25:00.

En Aion…

El Barquero abrió lentamente los ojos.

Sintió aquella presencia.

Su expresión cambió.

El Custodio comprendió inmediatamente.

—¿Es él?

El anciano respondió en voz baja.

—Sí.

Después de mil años…

Ha encontrado el camino de regreso.

Lyra bajó lentamente la cabeza.

—Entonces…

La última guerra comenzará.

Lucas observó a Clara.

—¿Quién es?

Ella negó con tristeza.

—No lo recuerdo.

Solo…

Solo siento que le tengo miedo.

Esperanza apareció nuevamente junto a ellos.

Ya no sonreía.

Sus pequeños ojos reflejaban una preocupación impropia de una niña.

—No deben pronunciar su nombre.

Lucas la miró sorprendido.

—¿Por qué?

La niña respondió casi en un susurro.

—Porque cada vez que alguien recuerda quién fue…

Él también recuerda quién es.

En el hospital…

Las luces comenzaron a titilar.

El doctor Ramírez frunció el ceño.

—Otra vez no…

Todo el piso quedó completamente a oscuras.

Exactamente igual que treinta años atrás.

Tres segundos.

Cinco.

Diez.

Los generadores no respondían.

Las máquinas dejaron de emitir sonidos.

Solo se escuchaba la respiración de los pacientes.

Y un tic…

Tac…

Tic…

Tac…

Lucas levantó lentamente la cabeza.

Aquel sonido no provenía de ningún reloj del hospital.

Provenía del pasillo.

Los pasos comenzaron a acercarse.

Lentos.

Precisos.

Como si quien caminara midiera cada segundo antes de apoyar el pie.

Clara apretó con fuerza la mano de Lucas.

—No salgas.

Él permaneció inmóvil.

El sonido seguía acercándose.

Tic…

Tac…

Tic…

Tac…

Finalmente…

Una figura apareció al final del corredor.

Era el hombre del abrigo negro.

Nadie parecía verlo.

Las enfermeras seguían caminando.

Los médicos continuaban hablando.

Era como si el tiempo se hubiera doblado únicamente alrededor de Lucas y Clara.

El desconocido levantó lentamente el reloj de bolsillo.

Lo abrió.

La aguja comenzó a girar hacia atrás.

Todo el hospital hizo lo mismo.

Las gotas de lluvia comenzaron a subir hacia las nubes.

Las puertas se cerraban solas.

Las conversaciones retrocedían.

Los pasos volvían sobre sí mismos.

El tiempo…

Estaba deshaciendo el presente.

Lucas sintió que el mundo giraba.

Entonces recordó las palabras del Barquero.

“Hay personas que quieren conservar el pasado.”

Pero aquel hombre no quería conservarlo.

Quería reescribirlo.

El desconocido se detuvo frente a ellos.

Por primera vez habló.

Su voz era idéntica a la de Lucas.

Más grave.

Más cansada.

—Al fin nos conocemos.

Lucas sintió que el corazón golpeaba violentamente contra su pecho.

—¿Quién eres?

El hombre sonrió.

—La pregunta correcta no es quién soy.

Se acercó un paso más.

—La pregunta es…

¿Por qué te pareces tanto a mí?

El silencio se hizo insoportable.

Clara comenzó a respirar con dificultad.

El desconocido observó el pequeño barco de madera.

Sonrió.

—Veo que todavía lo conservas.

Lucas retrocedió.

—Nunca lo había visto.

—Claro que sí.

Respondió el hombre.

—Solo que…

Todavía no lo recuerdas.

El reloj de bolsillo volvió a cerrarse.




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