Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 34 La fotografía que nunca debió existir

Lucas permaneció inmóvil.

La fotografía temblaba entre sus dedos.

Su respiración era lenta.

Insegura.

Como si el simple hecho de seguir respirando pudiera romper aquella imagen imposible.

El hospital continuaba con su rutina.

Los médicos caminaban.

Los monitores emitían su incesante sonido.

Las enfermeras conversaban en voz baja.

Y, sin embargo…

Para Lucas y Clara, el mundo acababa de detenerse otra vez.

Los tres rostros de la fotografía parecían observarlos desde otra época.

No era un montaje.

No podía serlo.

El desgaste del papel.

Las manchas de sal.

Los pliegues del tiempo.

Todo indicaba que aquella fotografía tenía varias décadas de antigüedad.

Y, sin embargo…

Ellos aparecían exactamente con la edad que tenían en ese momento.

Clara extendió lentamente la mano.

Apenas rozó la imagen.

Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.

Cerró los ojos.

Y la visión apareció inmediatamente.

El mismo faro.

Una tarde luminosa.

El viento moviendo su cabello.

Lucas reía mientras intentaba construir un pequeño castillo de arena.

Y el hombre del abrigo negro…

No llevaba abrigo.

Vestía una sencilla camisa blanca remangada.

Reía con ellos.

Parecía feliz.

Completamente distinto.

No existía oscuridad en sus ojos.

Solo una inmensa tranquilidad.

La visión desapareció tan rápido como había comenzado.

Clara abrió los ojos sobresaltada.

—Lo conozco…

Susurró.

Lucas sintió un escalofrío.

—¿Quién es?

Ella negó lentamente.

—No recuerdo su nombre…

Pero sé que alguna vez confiamos en él.

El doctor Ramírez observó la fotografía.

Su expresión cambió de inmediato.

—No puede ser…

Lucas levantó la vista.

—¿Qué ocurre?

El médico respiró profundamente.

—Conozco ese faro.

Ambos lo miraron sorprendidos.

—Está abandonado desde hace casi cuarenta años.

Nadie vive allí.

Nadie puede entrar.

Lucas frunció el ceño.

—¿Por qué?

Ramírez dudó unos segundos.

Después respondió.

—Porque desaparecieron siete personas la misma noche.

El silencio volvió a caer.

Treinta y ocho años antes…

El faro de Punta del Alba seguía funcionando.

Era uno de los más importantes de la costa.

El farero vivía allí con su esposa y su hija.

Una noche de verano…

Seis visitantes llegaron para refugiarse de una tormenta.

Ninguno volvió a ser visto.

Cuando los rescatistas llegaron al amanecer…

Encontraron las puertas cerradas.

La mesa servida.

Las tazas aún calientes.

Pero el edificio estaba completamente vacío.

No había huellas.

No había señales de violencia.

Solo encontraron un antiguo reloj detenido.

Marcaba exactamente las…

25:00.

Lucas sintió que el corazón golpeaba con fuerza.

Era la misma hora imposible que había visto sobre la ciudad negra.

Todo comenzaba a conectarse.

Como si alguien hubiera ido dejando pequeñas piezas de un rompecabezas a lo largo de los años.

En ese mismo instante…

Aion seguía oscureciéndose.

Las últimas luces del Árbol de Cristal abandonaban lentamente sus ramas.

El hombre del abrigo negro caminaba alrededor del tronco.

Cada paso hacía aparecer antiguas grietas sobre la corteza.

No parecía destruirlo.

Parecía reclamar algo que le pertenecía.

Entonces habló.

Aunque no había nadie frente a él.

—Ya es suficiente.

He esperado demasiado.

La ciudad respondió.

Las campanas comenzaron a sonar una tras otra.

Pero ya no era un sonido armonioso.

Era un llamado.

Como si miles de voces despertaran debajo de las piedras.

El Barquero apareció silenciosamente detrás de él.

—Todavía puedes detenerte.

El desconocido no se volvió.

—¿Después de todo este tiempo?

—Sí.

—¿Y aceptar que todo ocurrió por una simple decisión?

El Barquero permaneció en silencio.

El hombre cerró lentamente el reloj de bolsillo.

—No.

No vine a perdonar.

Vine a corregir.

El anciano suspiró profundamente.

—No existe un pasado perfecto.

—Entonces crearé uno.

Respondió el desconocido.

—Aunque tenga que romper todos los futuros.

En el hospital…

Clara comenzó a respirar con dificultad.

El monitor cardíaco aceleró su ritmo.

Lucas tomó inmediatamente su mano.

—Mírame.

Ella obedeció.

Pero sus ojos ya no estaban allí.

Observaban otra cosa.

Otro lugar.

Otra época.

—Lo estoy viendo…

Susurró.

—¿Qué ves?

Preguntó Lucas.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse lentamente por el rostro de Clara.

—El verano…

Lucas sintió que el corazón se detenía.

—¿Cuál?

Ella respondió con la voz quebrada.

—El primero.

Antes de conocerte.

Hay alguien esperándome en el faro.

De pronto…

El pequeño barco de madera comenzó a vibrar.

Una tenue luz dorada surgió desde su interior.

Lucas observó sorprendido cómo una pequeña tapa oculta se abría lentamente.

Nunca antes la había visto.

Dentro había un objeto diminuto.

Una vieja llave de bronce.

No medía más de cuatro centímetros.

En uno de sus lados estaba grabada una única palabra.

“Observatorio.”

Ramírez dio un paso atrás.

—No…

Eso también existía.

Lucas levantó la vista.

—¿Qué observatorio?

El médico respiró profundamente.

—Debajo del faro.

Había un antiguo observatorio astronómico.

Fue clausurado mucho antes de las desapariciones.

Los planos desaparecieron.

Los accesos fueron sellados.

Nadie volvió a entrar.




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