—Lucas Fernández.
El nombre quedó suspendido en el aire.
La enfermera respiraba con dificultad.
El doctor Ramírez sintió que un escalofrío recorría su espalda.
Muy lentamente giró la cabeza hacia el hombre que permanecía junto a la cama de Clara.
Lucas.
Allí estaba.
De pie.
Sosteniendo el pequeño barco de madera.
Vivo.
Entonces volvió a mirar a la enfermera.
—¿Está segura del nombre?
Ella asintió.
—Lo repitió varias veces.
Dice que tuvo un accidente en la ruta costera.
Y que necesita ver urgentemente a… Clara.
El silencio se volvió insoportable.
Lucas sintió que el corazón golpeaba con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Clara apretó su mano.
—No puede existir otro tú.
Lucas respondió en un susurro.
—Hace mucho tiempo dejé de creer en los “no puede”.
Ramírez salió inmediatamente de la habitación.
Lucas intentó seguirlo.
Pero Clara lo detuvo.
—Espera.
Él la miró.
—¿Y si ese hombre desaparece?
Clara negó lentamente.
—No.
Si realmente viene por nosotros…
Nos está esperando.
Lucas comprendió.
Respiró hondo.
Por primera vez desde el accidente decidió dejar que el tiempo avanzara sin correr delante de él.
Mientras tanto…
En la sala de observación…
Un hombre permanecía sentado junto a la ventana.
Tenía el cabello algo más largo.
La barba de varios días.
Una pequeña cicatriz atravesaba su ceja izquierda.
Vestía la misma ropa que Lucas llevaba el día del accidente.
Incluso el reloj era idéntico.
Cuando Ramírez entró…
El desconocido levantó la vista.
—Doctor.
Necesito hablar con Lucas.
El médico sintió que el aire desaparecía de la habitación.
La voz.
Era exactamente la misma.
—¿Quién es usted?
Preguntó Ramírez.
El hombre sonrió con cansancio.
—Esa pregunta me llevó demasiado tiempo responderla.
El médico permaneció inmóvil.
—Dígame su nombre.
—Lucas Fernández.
—Fecha de nacimiento.
La respondió correctamente.
—Nombre de sus padres.
También.
—¿Dónde estudió?
Contestó sin vacilar.
Cada respuesta coincidía exactamente con la historia de Lucas.
Ramírez sintió que toda lógica comenzaba a desmoronarse.
El hombre observó la expresión del médico.
—No se esfuerce.
Yo tampoco lo entendí la primera vez.
—¿La primera vez?
Él asintió.
—Cuando yo conocí… al otro Lucas.
Ramírez dejó escapar el bolígrafo.
En ese instante…
Aion seguía apagándose lentamente.
El Barquero contemplaba el horizonte.
Lyra caminó hasta colocarse a su lado.
—¿Recuerdas la antigua profecía?
El anciano cerró los ojos.
—Nunca dejó de perseguirme.
Ella susurró lentamente:
—“Cuando dos vidas reclamen un mismo nombre…
El tiempo deberá escoger cuál de ellas continuará escribiendo la historia.”
El Barquero respondió con tristeza.
—No.
El tiempo nunca escoge.
Somos nosotros.
Esperanza seguía junto al Árbol de Cristal.
Apoyó ambas manos sobre el tronco.
Una única rama permanecía iluminada.
Solo una.
La niña sonrió.
—Todavía queda esperanza.
El Custodio la observó.
—¿Qué sostiene esa última luz?
La pequeña respondió con una serenidad inmensa.
—Una promesa que todavía no fue cumplida.
En el hospital…
Lucas ya caminaba por el pasillo.
Cada paso aumentaba la sensación de que algo extraordinario estaba por ocurrir.
El pequeño barco de madera comenzó a calentarse entre sus manos.
Una tenue luz azul apareció sobre la cubierta.
Lucas lo observó sorprendido.
El barco parecía señalar una dirección.
Como una brújula.
Siempre apuntaba hacia la sala de observación.
Al llegar frente a la puerta…
Todo quedó en silencio.
Lucas respiró profundamente.
Tomó el picaporte.
Abrió.
El hombre sentado junto a la ventana levantó lentamente la cabeza.
Sus miradas se encontraron.
Fue como mirarse en un espejo construido con otra vida.
Ninguno habló durante largos segundos.
Finalmente…
El desconocido sonrió.
—Hola.
Lucas apenas logró responder.
—Hola.
Se observaron detenidamente.
La misma altura.
Los mismos ojos.
La misma forma de mover las manos.
Incluso compartían aquella pequeña costumbre de inclinar apenas la cabeza cuando intentaban comprender algo.
La única diferencia era la mirada.
El hombre frente a él parecía haber vivido muchos más inviernos.
No era más viejo.
Era más cansado.
—¿Quién eres?
Preguntó Lucas.
El desconocido respondió con absoluta calma.
—Soy el hombre en el que podrías convertirte.
Lucas sintió un escalofrío.
—Eso es imposible.
—También parecía imposible Aion.
También el Barquero.
También el Árbol de Cristal.
Hizo una pausa.
—Y, sin embargo…
Aquí estamos.
Ramírez observaba sin intervenir.
Sentía que estaba presenciando algo que ninguna ciencia podría explicar.
Lucas dio un paso adelante.
—¿Vienes del futuro?
El hombre sonrió.
—No exactamente.
—Entonces…
—Vengo…
De un verano que nunca terminó.
Aquellas palabras hicieron que el barco de madera brillara con más intensidad.
El desconocido extendió lentamente la mano.
—¿Puedo verlo?
Lucas dudó unos segundos.
Después le entregó el pequeño barco.
Apenas sus dedos tocaron la madera…
El juguete comenzó a transformarse.
Las diminutas tablas se desplegaron.
La cubierta se abrió.
Y del interior emergió una pequeña esfera de cristal.
Dentro de ella giraban lentamente dos diminutas agujas.