El viento atravesó el hospital con la fuerza de un recuerdo que se había negado a morir.
Las ventanas rotas dejaron entrar un frío imposible para aquella mañana de verano.
Los relojes comenzaron a emitir un sonido metálico.
Uno tras otro.
Como si todos hubieran despertado al mismo tiempo.
Lucas permanecía inmóvil frente a Elías.
El hombre del abrigo negro avanzaba lentamente por el corredor.
Detrás de él caminaban las siete figuras desaparecidas en el faro.
Sus pasos eran perfectamente sincronizados.
No producían ningún sonido.
Y, tal como había dicho Elías…
No proyectaban sombra.
Los médicos continuaban trabajando.
Las enfermeras cruzaban los pasillos.
Los familiares seguían esperando noticias.
Nadie parecía advertir la presencia de aquellos visitantes.
Era como si existieran en una capa distinta del tiempo.
Solo Lucas.
Clara.
Elías.
Y el doctor Ramírez podían verlos.
El hombre del abrigo negro se detuvo.
Observó a Lucas con una mezcla de tristeza y afecto.
No había odio en su rostro.
Había decepción.
Como la de un maestro que contempla a un alumno repetir un error que ya había cometido antes.
—Llegamos otra vez a este momento.
Dijo con absoluta calma.
Lucas dio un paso al frente.
—¿Quién eres realmente?
El desconocido sonrió.
—Todavía no estoy preparado para responderte.
Pero tú…
Sí estás preparado para escuchar una parte de la verdad.
Elías avanzó inmediatamente.
Se colocó delante de Lucas.
Como si quisiera protegerlo.
—No le creas.
El hombre del abrigo negro soltó una leve risa.
—Siempre haces lo mismo.
Elías respondió con firmeza.
—Porque siempre intentas lo mismo.
—Y tú siempre fracasas.
El silencio se volvió insoportable.
Lucas comprendió que aquella discusión no era nueva.
Había ocurrido antes.
Muchas veces.
Demasiadas.
Clara observó a ambos hombres.
Sintió un estremecimiento.
Había algo extraordinario.
Elías y el hombre del abrigo negro no solo hablaban como antiguos enemigos.
Hablaban como personas que alguna vez habían compartido un mismo sueño.
—¿Quiénes eran ustedes?
Preguntó.
El desconocido levantó lentamente la vista.
—Éramos hermanos.
Las palabras golpearon a todos.
Incluso Elías cerró los ojos.
Ramírez retrocedió un paso.
Lucas sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Hermanos?
El hombre asintió.
—Muchísimo antes de que existiera Aion.
Muchísimo antes del Jardín.
Muchísimo antes del Barquero.
Fuimos dos hermanos que hicieron una promesa.
La habitación comenzó a desvanecerse.
El hospital desapareció lentamente.
Todos fueron rodeados por una inmensa llanura dorada.
Era una visión.
Pero esta vez nadie parecía sorprenderse.
En medio del campo corrían dos niños.
No tendrían más de diez años.
Reían.
Competían.
Construían pequeños barcos con ramas secas.
Uno de ellos era idéntico a Lucas.
El otro…
Tenía los mismos ojos del hombre del abrigo negro.
Elías observó la escena con lágrimas.
—Hace tanto tiempo…
La visión avanzó.
Los niños crecieron.
Se convirtieron en jóvenes.
Construyeron un pequeño observatorio frente al mar.
Pasaban noches enteras contemplando las estrellas.
Querían comprender el universo.
No para dominarlo.
Sino para admirarlo.
Entonces apareció una muchacha.
Cabello oscuro.
Vestido azul.
Sonrisa luminosa.
Lucas sintió que el corazón se detenía.
Era Clara.
Pero no exactamente.
Tenía otro rostro.
Otra época.
Y, sin embargo…
Era ella.
El mismo espíritu.
La misma mirada.
El mismo modo de sonreír.
Los dos hermanos se enamoraron de la misma mujer.
Ninguno habló.
Ninguno discutió.
Ella eligió.
Eligió al hermano que después sería conocido como…
Elías.
El otro sonrió.
Los abrazó.
Les deseó felicidad.
Y jamás volvió a mencionar el tema.
Pero aquella noche…
Lloró solo frente al mar.
La visión volvió a cambiar.
Pasaron los años.
Los tres seguían juntos.
Trabajaban.
Reían.
Compartían veranos.
Hasta que llegó la enfermedad.
La mujer comenzó a apagarse lentamente.
Ningún médico pudo ayudarla.
Elías permanecía a su lado.
Su hermano buscaba respuestas en el observatorio.
En los libros.
En las estrellas.
En el tiempo.
En cualquier lugar.
No aceptaba perderla.
Entonces…
Encontró algo.
Una antigua puerta.
Oculta bajo el observatorio.
Una puerta que conducía al primer umbral del tiempo.
La visión desapareció.
Todos volvieron al hospital.
Lucas respiraba agitadamente.
—¿Aion nació allí?
Preguntó.
El hombre del abrigo negro respondió.
—Sí.
La ciudad fue construida alrededor de esa puerta.
Porque yo…
Pensé que podía detener el tiempo antes de que ella muriera.
Clara sintió que las lágrimas recorrían lentamente su rostro.
—Lo hiciste por amor…
Él sonrió con inmensa tristeza.
—Todos los grandes errores comienzan así.
Con amor…
Y terminan con miedo.
Los siete desaparecidos seguían inmóviles.
Entonces uno de ellos dio un paso al frente.
Era una mujer de unos cincuenta años.
Llevaba un viejo cuaderno entre las manos.
Abrió lentamente la primera página.
Mostró una fotografía.
Lucas la reconoció inmediatamente.
Era el observatorio.
Pero no estaba abandonado.
Había niños jugando.
Familias.
Música.
Vida.
La mujer habló por primera vez.