Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 37 El Observatorio del Primer Verano

La dedicatoria parecía recién escrita.

La tinta aún brillaba sobre el papel envejecido.

“Lucas y Clara: gracias por volver. Los estuvimos esperando.”

Durante varios segundos nadie pronunció una palabra.

Lucas sintió que el aire se volvía demasiado pesado.

Clara, todavía débil, cerró lentamente los ojos.

Aquella frase no despertaba miedo.

Despertaba una extraña sensación de pertenencia.

Como si alguien hubiera preparado ese mensaje mucho antes de que ellos nacieran.

El doctor Ramírez fue el primero en romper el silencio.

—La policía no entiende lo que encontró.

Lucas levantó la mirada.

—¿Hay alguien allí?

—No.

La patrulla revisó todo el faro.

No encontraron personas.

Solo esa habitación subterránea.

Y el libro.

Ramírez hizo una pausa.

—Pero eso no es lo más extraño.

—¿Qué más encontraron?

El médico tragó saliva.

—Tres tazas de café.

Todavía desprendían vapor.

Como si alguien hubiera abandonado la habitación apenas unos segundos antes de que llegaran.

Elías cerró los ojos.

—Llegamos tarde…

El hombre del abrigo negro sonrió con una calma inquietante.

—No.

Llegamos exactamente cuando debíamos llegar.

Lucas lo observó.

—¿Quién escribió esa dedicatoria?

El desconocido respondió sin vacilar.

—Nosotros.

Lucas sintió un escalofrío.

—Eso es imposible.

—Todavía lo es.

Pero no por mucho tiempo.

En ese instante…

El pequeño barco volvió a iluminarse.

La esfera de cristal giró lentamente.

Las agujas dejaron de señalar la fecha.

Ahora apuntaban hacia una palabra.

“Regreso.”

Elías respiró profundamente.

—El Observatorio nos está llamando.

Aion…

La ciudad permanecía casi completamente oscura.

Solo una rama del Árbol de Cristal seguía iluminando el horizonte.

Esperanza caminó lentamente hasta el tronco.

Apoyó la frente sobre la corteza transparente.

Una pequeña lágrima descendió por su mejilla.

El Custodio la observó.

—¿Qué ocurre?

La niña respondió con una voz apenas audible.

—El árbol está recordando.

—¿Recordando qué?

Esperanza levantó lentamente la cabeza.

—El día en que todo comenzó.

Las raíces del árbol comenzaron a emitir un resplandor dorado.

No ascendía hacia las ramas.

Descendía.

Cada vez más profundo.

Como si la luz buscara algo escondido bajo la ciudad.

Lyra abrió lentamente el viejo reloj de bolsillo.

Las agujas giraban solas.

Muy despacio.

Hasta detenerse exactamente en una inscripción que nunca antes había aparecido.

“Sala del Horizonte.”

El Barquero cerró los ojos.

—Hace siglos que no veía ese nombre.

En el hospital…

Clara comenzó a incorporarse lentamente.

Lucas intentó ayudarla.

Ella sonrió.

—Si voy a descubrir la verdad…

Quiero hacerlo caminando a tu lado.

Lucas respondió con una sonrisa emocionada.

—Como siempre.

Ella tomó su mano.

—Como siempre.

Elías los observó.

Había ternura en sus ojos.

Y también una profunda nostalgia.

—No cambien nunca esa costumbre.

Lucas lo miró.

—¿Por qué lo dices?

Elías bajó lentamente la cabeza.

—Porque una vez dejamos de caminar juntos.

Y todo empezó a romperse.

El hombre del abrigo negro dio media vuelta.

Se dirigió hacia el final del pasillo.

Los siete Sin Sombra lo siguieron en absoluto silencio.

Antes de desaparecer…

Se detuvo.

Sin girarse.

Pronunció unas palabras que quedaron grabadas en la memoria de todos.

—El amor puede sobrevivir al tiempo…

Pero la culpa no.

Después…

Desapareció.

Como si jamás hubiera estado allí.

Una hora más tarde…

Lucas.

Clara.

Elías.

El doctor Ramírez.

Y dos agentes de la policía costera viajaban por la antigua ruta del litoral.

El cielo estaba completamente despejado.

El verano parecía haber recuperado su calma.

Sin embargo…

Nadie dentro del vehículo lograba relajarse.

Cada uno llevaba consigo demasiadas preguntas.

Durante el trayecto…

Clara observaba el paisaje.

Los campos dorados.

Los eucaliptos.

El océano apareciendo entre las colinas.

Entonces…

Una imagen cruzó fugazmente por su mente.

Un niño.

Sentado sobre una roca.

Construía un pequeño barco de madera.

Alzó la vista.

La miró.

Y sonrió.

Clara cerró los ojos con fuerza.

—Lucas…

Él giró inmediatamente.

—¿Qué pasa?

—Ese niño…

Lo conozco.

—¿Dónde lo viste?

Ella negó lentamente.

—No lo sé.

Pero siento…

Que todavía nos está esperando.

El camino terminó frente al viejo faro.

La construcción se alzaba majestuosa sobre el acantilado.

Las piedras conservaban las heridas de innumerables tormentas.

Pero seguía en pie.

Como un guardián que se había negado a abandonar su puesto.

Los vehículos se detuvieron.

Todos descendieron lentamente.

El viento traía olor a sal.

Y un extraño perfume a jazmín.

Clara sonrió.

—¿Lo sientes?

Lucas asintió.

—Sí.

Es el mismo aroma del Jardín.

Elías levantó lentamente la vista hacia la torre.

Su expresión se volvió sombría.

—Entonces…

La puerta ya está abierta.

Los policías condujeron al grupo hasta el interior del faro.

Las escaleras de piedra descendían hacia las profundidades.

Cada peldaño parecía más antiguo que el anterior.

Las paredes estaban cubiertas de símbolos.

No pertenecían a ningún idioma conocido.

Ramírez iluminó uno de ellos con su linterna.

—Nunca estuvieron aquí.




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