Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 38 La voz antes del nacimiento

“Mamá… Papá… por fin llegaron.”

La voz infantil recorrió cada rincón del Observatorio.

No provenía de una dirección concreta.

Parecía nacer de las piedras.

Del techo.

Del aire.

Del propio tiempo.

Lucas sintió que el corazón se detenía durante un instante.

Clara llevó ambas manos a su pecho.

Las lágrimas comenzaron a descender sin que pudiera contenerlas.

Aquella voz…

Era inconfundible.

Era Mateo.

No el niño que habían visto en Aion.

No el adolescente de las visiones.

Era la voz pura de un hijo que aún no había nacido y que, sin embargo, los reconocía.

El silencio permaneció durante largos segundos.

Nadie se atrevía a moverse.

Hasta que la esfera de cristal escondida dentro del pequeño barco comenzó a girar lentamente.

Las agujas dejaron de señalar cualquier nombre.

Ahora dibujaban un círculo perfecto.

Como si buscaran un centro invisible.

Entonces…

Una parte del suelo comenzó a iluminarse.

Aparecieron líneas doradas que nadie había visto antes.

No eran grietas.

Formaban un inmenso mapa estelar.

Las constelaciones estaban grabadas sobre el mármol con una precisión imposible.

Cada estrella emitía una tenue luz.

Y todas convergían en el centro exacto del Observatorio.

Elías dio un paso adelante.

Su rostro reflejaba una mezcla de admiración y temor.

—No puede ser…

Lucas lo miró.

—¿Qué ocurre?

Elías respiró profundamente.

—La Mesa del Primer Verano.

Ramírez frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Elías apoyó lentamente una rodilla sobre el suelo iluminado.

—Aquí…

Aquí comenzó todo.

Antes de Aion.

Antes del Barquero.

Antes de la Ciudad Negra.

Aquí fue donde el tiempo aprendió a recordar.

El suelo vibró suavemente.

Las tres sillas comenzaron a desplazarse solas.

Como si manos invisibles las acomodaran.

Cada una quedó frente a un punto distinto del mapa.

Sobre la primera apareció grabado un nombre.

Lucas.

Sobre la segunda…

Clara.

Y sobre la tercera…

Nadie dijo una palabra.

Porque allí apareció el nombre que ninguno esperaba.

Mateo.

Clara llevó una mano a la boca.

—No ha nacido…

Susurró.

Elías respondió con serenidad.

—Las almas no comienzan cuando nacen.

Comienzan cuando son llamadas por amor.

En ese mismo instante…

Muy lejos del Observatorio…

En Aion…

La última rama iluminada del Árbol de Cristal comenzó a florecer.

No con hojas.

Con pequeñas flores blancas.

Esperanza sonrió.

—Está escuchándolo.

Lyra levantó lentamente la vista.

—¿A quién?

La niña respondió.

—Al niño que todavía no conoce el mundo.

El Barquero cerró los ojos.

Una lágrima descendió por su rostro.

—Hace siglos que el árbol no respondía a una nueva alma.

Mientras tanto…

El hombre del abrigo negro permanecía solo en la Ciudad Negra.

Observaba un enorme reloj construido en obsidiana.

Todas las agujas permanecían inmóviles.

Entonces…

Una comenzó a moverse.

Solo un segundo.

El hombre sonrió.

—Así que despertaste…

Apoyó la palma de la mano sobre el cristal.

—No te preocupes.

Pronto recordarás quién eras antes de elegir el amor.

De regreso al Observatorio…

La voz volvió a escucharse.

Esta vez era más cercana.

Más clara.

—¿Pueden verme?

Lucas giró sobre sí mismo.

No había nadie.

Solo la inmensa sala circular.

Las tres sillas.

La mesa.

Y el libro abierto.

Clara respondió con dulzura.

—No…

Pero podemos oírte.

Un breve silencio.

Después…

Una pequeña risa infantil.

—Entonces todavía falta un poquito.

El doctor Ramírez comenzó a temblar.

Durante cuarenta años había dedicado su vida a la medicina.

Había visto milagros.

Había visto tragedias.

Pero jamás algo semejante.

Sacó lentamente una pequeña libreta del bolsillo.

Comenzó a escribir.

Lucas lo observó.

—¿Qué hace?

El médico sonrió.

—No quiero olvidar nada.

Hay historias que merecen sobrevivir incluso cuando nosotros ya no estemos.

El libro sobre la mesa comenzó a pasar sus páginas solo.

Nadie lo tocaba.

Las hojas avanzaban lentamente.

Una.

Otra.

Otra más.

Hasta detenerse en una ilustración.

Mostraba tres siluetas contemplando el océano durante un atardecer.

Debajo podía leerse una frase escrita con una caligrafía elegante.

“El verano infinito no es una estación. Es el instante en que dos almas deciden volver a encontrarse.”

Clara sintió que aquellas palabras parecían escritas para ellos.

Lucas acarició suavemente la página.

Entonces ocurrió.

La tinta comenzó a moverse.

Las letras desaparecieron.

Y en su lugar apareció un nuevo mensaje.

“La cuarta silla permanece vacía.”

Todos levantaron la vista.

—¿Cuarta?

Preguntó Ramírez.

Elías comenzó a palidecer.

Miró lentamente alrededor.

Contó las sillas.

Una.

Dos.

Tres.

Entonces comprendió.

Retrocedió un paso.

—No…

Lucas frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

Elías señaló el otro extremo de la sala.

Muy lentamente…

Emergía una cuarta silla desde el suelo de piedra.

Nadie la había visto antes.

Era diferente.

Estaba construida con madera oscura.

Su respaldo tenía grabado un reloj sin agujas.

Y sobre el asiento…

Descansaba un antiguo sombrero negro.

El mismo que usaba el hombre del abrigo.

El silencio se volvió absoluto.




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