El silencio cayó sobre el Observatorio.
Tan profundo que incluso el océano parecía haber dejado de respirar.
El hombre del traje blanco permanecía junto a la cuarta silla.
Ya no parecía una amenaza.
Tampoco un enemigo.
Parecía un hombre agotado.
Alguien que había cargado demasiado tiempo con un secreto imposible.
Lucas lo observaba sin apartar la vista.
Cada vez sentía con más fuerza aquella extraña familiaridad.
Como si estuviera contemplando una versión rota de sí mismo.
—¿Qué acabas de decir?
Preguntó Clara.
Su voz apenas fue un susurro.
El hombre sonrió con tristeza.
—Dije la verdad.
Yo fui quien los presentó.
La primera vez.
Mucho antes de este verano.
Mucho antes del accidente.
Mucho antes incluso de que ustedes supieran que se estaban buscando.
Lucas negó lentamente.
—Eso no es posible.
Nos conocimos en una librería.
El hombre asintió.
—Exactamente.
El 18 de febrero.
A las seis y dieciocho de la tarde.
La fecha volvió a golpear a todos.
18 de febrero.
18:18.
La misma hora que aparecía una y otra vez.
Como una cicatriz escondida en la historia.
El hombre caminó lentamente alrededor de la mesa.
Cada paso parecía despertar recuerdos en las paredes.
Las estrellas de la cúpula comenzaron a moverse.
Formando imágenes.
Como si el cielo se transformara en una gigantesca pantalla.
Entonces apareció una escena.
Una librería.
Pequeña.
Acogedora.
Llena de estanterías de madera.
El aroma de los libros antiguos parecía atravesar incluso la visión.
Lucas abrió los ojos.
Reconoció inmediatamente el lugar.
Allí estaba él.
Más joven.
Revisando distraídamente una novela junto a una ventana.
Y allí estaba Clara.
Caminando entre los estantes.
Buscando un libro que no conseguía encontrar.
La escena era exactamente como ambos la recordaban.
Hasta que ocurrió algo que ninguno había visto antes.
Un hombre se acercó a Clara.
Era el desconocido.
Más joven.
Sonriente.
Llevaba una chaqueta clara.
Y sostenía un libro entre las manos.
—Perdón.
Dijo en la visión.
—Creo que este libro es para usted.
Clara observó la portada.
—Gracias.
Pero no es el que estoy buscando.
El hombre sonrió.
—Lo sé.
El que busca está en aquella estantería.
Señaló hacia el otro extremo.
Justo donde se encontraba Lucas.
La visión avanzó.
Clara caminó.
Lucas se movió.
Ambos llegaron exactamente al mismo libro al mismo tiempo.
Sus manos se tocaron.
Y el resto…
Era historia.
La historia que ellos recordaban.
La historia que cambió sus vidas.
La imagen desapareció.
El Observatorio volvió a quedar en silencio.
Lucas sentía que el corazón latía con violencia.
—Eras tú…
El hombre asintió.
—Sí.
Clara dio un paso adelante.
—¿Por qué?
La sonrisa del desconocido se volvió más triste.
—Porque los había visto perderse demasiadas veces.
Nadie entendió.
Excepto Elías.
Elías cerró los ojos.
Como si ya conociera la respuesta.
—¿Cuántas veces?
Preguntó Lucas.
El hombre permaneció largo rato en silencio.
Después respondió.
—Ciento diecisiete.
La cifra cayó como una piedra sobre la sala.
—¿Qué?
Susurró Clara.
—Ciento diecisiete vidas.
Ciento diecisiete historias.
Ciento diecisiete oportunidades.
Y en todas ocurrió algo.
Un accidente.
Una enfermedad.
Una guerra.
Una despedida.
Un error.
Siempre algo.
Siempre antes de que pudieran encontrarse.
Lucas sintió que el aire desaparecía.
—Estás diciendo…
¿Que vivimos más de una vez?
—Muchísimas más de las que imaginas.
Respondió el hombre.
—Y siempre se buscaban.
Aunque cambiaran los nombres.
Aunque cambiaran los rostros.
Aunque nacieran en siglos distintos.
Siempre terminaban buscando la misma luz.
Clara comenzó a llorar.
No por tristeza.
Por reconocimiento.
Porque una parte de ella ya lo sabía.
Lo había sentido desde el primer instante.
Desde aquella librería.
Desde aquella tarde imposible.
—Entonces…
Dijo Lucas.
—¿Por qué no nos dejaste simplemente encontrarnos?
El hombre bajó lentamente la cabeza.
—Porque en la vida ciento dieciocho…
Algo cambió.
Las estrellas volvieron a reorganizarse sobre la cúpula.
Una nueva visión apareció.
Un automóvil.
Una carretera mojada.
Una curva.
El accidente.
El mismo accidente.
Pero diferente.
En aquella realidad…
Lucas murió.
Clara sobrevivió.
La visión avanzó.
Clara envejecía sola.
Los años pasaban.
Nunca volvía a amar.
Nunca dejaba de esperar.
Finalmente…
Moría sosteniendo una fotografía.
La fotografía de aquel verano.
La imagen desapareció.
El silencio se volvió insoportable.
—No…
Susurró Clara.
El hombre asintió.
—Esa fue la vida ciento dieciocho.
La primera vez que lograron encontrarse.
Y también la primera vez que se perdieron.
Lucas observó al desconocido.
—¿Y qué hiciste?
El hombre sonrió con tristeza.
—Lo único que no debía hacer.
Intenté cambiar la historia.
Elías cerró los ojos.
Como si aquellas palabras fueran una herida antigua.
—Y ahí nació la Ciudad Negra.
Dijo.
El hombre asintió.
—Sí.
La cúpula tembló.
Las estrellas comenzaron a apagarse.
Una por una.
La temperatura descendió bruscamente.
Algo estaba ocurriendo.
Algo enorme.