Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 40 La playa donde esperan las almas

“Mamá… Papá… deben venir rápido. Ella está despertando.”

La voz de Mateo no desapareció.

Permaneció suspendida sobre el inmenso portal como una melodía imposible de ignorar.

Lucas sintió que todo el dolor, todas las preguntas y todos los miedos acumulados desde el accidente desaparecían por un instante.

Solo existía aquella voz.

La voz de un hijo que aún no había nacido.

Clara llevó lentamente una mano a su pecho.

Su corazón latía con una fuerza desconocida.

No era miedo.

Era reconocimiento.

Como si una parte muy antigua de su alma acabara de encontrar aquello que llevaba siglos buscando.

El portal comenzó a expandirse.

La playa apareció con una claridad extraordinaria.

No era una playa cualquiera.

La arena parecía hecha de pequeños cristales dorados.

El mar no tenía un solo color.

Cada ola reflejaba distintos momentos del día.

Unas brillaban con el amanecer.

Otras con el mediodía.

Algunas conservaban los tonos anaranjados del atardecer.

Y, muy lejos, el horizonte permanecía iluminado por miles de estrellas.

Era como si todas las horas del mundo existieran allí al mismo tiempo.

El Barquero dio un paso hacia el portal.

Su lámpara comenzó a brillar con una intensidad nunca antes vista.

Esperanza sonrió.

—La Playa del Regreso…

Lyra cerró lentamente los ojos.

—Creí que nunca volveríamos a verla.

El Custodio respondió con una emoción difícil de ocultar.

—Solo aparece cuando el amor consigue atravesar el tiempo sin romperse.

Lucas observó al anciano.

—¿Qué lugar es este?

El Barquero respondió sin apartar la vista del mar.

—Aquí llegan todas las promesas que nunca fueron olvidadas.

Aquí esperan las palabras que jamás pudieron pronunciarse.

Aquí descansan los abrazos que el destino interrumpió.

Y aquí…

Las almas deciden si todavía desean volver a encontrarse.

El hombre del traje blanco permanecía inmóvil.

Su expresión ya no transmitía tristeza.

Transmitía cansancio.

Un cansancio tan antiguo que parecía haber nacido junto con el universo.

—Hace siglos que no cruzo esa playa.

Susurró.

Elías lo observó.

—Porque no te perdonaste.

El hombre sonrió.

—Exactamente.

Lucas dio el primer paso.

En cuanto atravesó el portal…

Sintió la tibieza de la arena bajo sus pies.

El viento tenía el aroma del verano.

Del jazmín.

De la lluvia recién caída.

Y también…

Del perfume que Clara llevaba el día en que se conocieron.

Se volvió.

Ella acababa de cruzar.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Pero sonreía.

Como jamás había sonreído.

—Ahora lo recuerdo…

Susurró.

Lucas sintió que el corazón se detenía.

—¿Qué recuerdas?

Clara levantó lentamente la mirada hacia el horizonte.

—No fue la librería.

Nos encontramos aquí primero.

Muchísimo antes.

El océano comenzó a retirarse lentamente.

No como una marea.

Como si alguien estuviera abriendo un inmenso camino de arena.

Y, desde el horizonte…

Comenzaron a aparecer personas.

Decenas.

Luego cientos.

Después miles.

Nadie hablaba.

Solo caminaban.

Cada uno llevaba una pequeña luz entre las manos.

Lucas observó maravillado.

Había ancianos.

Niños.

Jóvenes.

Madres.

Soldados.

Marineros.

Artistas.

Médicos.

Personas de todas las épocas.

De todos los lugares.

De todas las historias.

Ramírez permanecía inmóvil.

Nunca había visto algo semejante.

—¿Quiénes son?

Preguntó.

El Barquero respondió con serenidad.

—Son quienes alguna vez amaron de verdad.

No todos llegan hasta aquí.

Solo aquellos que nunca dejaron morir una promesa.

Entre aquella multitud…

Lucas distinguió algo.

Una mujer anciana caminaba lentamente.

Tomaba de la mano a un hombre de cabello completamente blanco.

Ambos sonreían.

Al pasar junto a ellos…

La mujer saludó a Clara.

—Gracias.

Clara la observó sorprendida.

—¿Nos conocemos?

La anciana asintió.

—Todavía no.

Pero algún día leeré vuestra historia.

Y gracias a ella…

Volveré a buscar a mi esposo.

Continuó caminando.

Desapareció entre la multitud.

Lucas comprendió.

El Custodio tenía razón.

El amor nunca terminaba en quienes lo vivían.

Continuaba transformando a otros.

Entonces…

El pequeño Mateo apareció.

Corría descalzo sobre la arena.

Llevaba el mismo barco de madera entre las manos.

Era exactamente igual al niño de las visiones.

Lucas cayó de rodillas.

No pudo evitarlo.

Las lágrimas comenzaron a correr libremente.

Mateo llegó hasta ellos.

Abrazó primero a Clara.

Después a Lucas.

Como si aquel abrazo hubiera esperado una eternidad.

—Sabía que iban a venir.

Dijo sonriendo.

Lucas apenas podía hablar.

—¿Eres…?

El niño negó dulcemente.

—Todavía no.

Pero algún día sí.

Clara acarició su cabello.

Era increíblemente real.

Podía sentir el calor de su piel.

Escuchar su respiración.

—¿Cómo es posible?

Mateo levantó el pequeño barco.

—Porque antes de nacer…

Los hijos sueñan con sus padres.

El silencio volvió a cubrir la playa.

Incluso el Barquero bajó la cabeza.

Aquella frase parecía contener una verdad demasiado grande para las palabras.

Elías observaba la escena desde la distancia.

El hombre del traje blanco se acercó lentamente.

Por primera vez en siglos…

Los dos hermanos permanecieron uno al lado del otro.

Sin discutir.

Sin reproches.

Solo mirando a aquella familia que el tiempo había intentado separar tantas veces.




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