La gigantesca ola negra continuaba creciendo.
No obedecía al viento.
No obedecía a la luna.
No obedecía al océano.
Parecía alimentarse de otra cosa.
De los recuerdos.
De las promesas incumplidas.
De las palabras que nunca llegaron a pronunciarse.
Su superficie no estaba formada por agua.
Miles de relojes antiguos flotaban entre aquella oscuridad.
Unos permanecían detenidos.
Otros giraban hacia atrás.
Algunos avanzaban con una velocidad imposible.
Entre ellos aparecían fotografías que nacían y desaparecían en cuestión de segundos.
Retratos de familias.
Bodas.
Niños riendo.
Ancianos abrazándose.
Cada imagen era devorada lentamente por el Mar del Olvido.
Como si jamás hubiera existido.
Lucas permanecía inmóvil.
Jamás había sentido un miedo semejante.
No era el miedo a morir.
Era mucho peor.
Era el miedo a olvidar.
Olvidar el rostro de Clara.
La primera sonrisa.
El primer beso.
El perfume del verano.
El sonido de su risa.
Comprendió que existían pérdidas peores que la muerte.
Porque quien muere deja recuerdos.
Pero quien olvida…
Pierde incluso aquello que le dio sentido a su vida.
El pequeño Mateo apretó con fuerza la mano de Clara.
—No miren la ola durante mucho tiempo.
Ella lo observó.
—¿Por qué?
El niño respondió con una serenidad que no correspondía a su edad.
—Porque empieza robando los recuerdos más pequeños.
Después los importantes.
Y al final…
Hace que olvides por qué estabas luchando.
El Barquero levantó su lámpara azul.
La llama temblaba.
Nunca antes había sucedido.
Durante siglos aquella luz había guiado a miles de almas.
Jamás había vacilado.
Hasta ese momento.
—Está más fuerte que la última vez…
Susurró.
Lyra bajó lentamente la cabeza.
—Porque durante siglos los hombres dejaron de creer que el amor podía durar para siempre.
Cada promesa rota…
Cada traición…
Cada despedida sin perdón…
Lo alimentó.
Lucas miró al hombre del traje blanco.
—¿Tú lo creaste?
El desconocido permaneció largo rato en silencio.
Finalmente respondió.
—No.
Yo solo abrí una grieta.
El miedo de millones de personas terminó construyéndolo.
Elías dio un paso adelante.
—Todavía podemos detenerlo.
El hombre sonrió con tristeza.
—No esta vez.
Esperanza levantó lentamente la vista.
Sus pequeños ojos brillaban con decisión.
—Sí podemos.
Todos la observaron.
—Mientras exista una persona capaz de recordar por amor…
El Mar del Olvido nunca vencerá.
En ese instante…
La arena comenzó a iluminarse bajo los pies de Lucas.
Pequeños destellos dorados aparecieron alrededor suyo.
Después alrededor de Clara.
Luego junto al Barquero.
Y finalmente…
Toda la playa comenzó a llenarse de luces.
Miles.
Millones.
Como si cada grano de arena ocultara una estrella.
Ramírez contemplaba maravillado aquel espectáculo.
—¿Qué está pasando?
El Custodio respondió con una sonrisa.
—La playa está despertando.
Las personas que caminaban silenciosamente comenzaron a detenerse.
Cada una levantó la pequeña luz que llevaba entre las manos.
Lucas observó sus rostros.
Ahora podía distinguirlos.
Una joven abrazaba una carta.
Un anciano sostenía un anillo.
Un marinero llevaba una brújula.
Una madre abrazaba unos pequeños zapatos de bebé.
Cada objeto representaba un recuerdo.
Una promesa.
Una historia de amor.
Entonces ocurrió algo extraordinario.
Todas aquellas luces comenzaron a elevarse hacia el cielo.
No desaparecían.
Se unían.
Formando una inmensa constelación.
El cielo entero comenzó a iluminarse.
La oscuridad retrocedió unos metros.
La gigantesca ola pareció vacilar.
Solo un instante.
Pero fue suficiente para que el Barquero sonriera.
—Todavía nos recuerdan.
Lucas observó al anciano.
—¿Quiénes?
El Barquero respondió mirando las estrellas.
—Todas las personas cuyas vidas cambiaron gracias a un acto de amor.
Aunque nunca hayan conocido nuestros nombres.
Aunque jamás hayan oído hablar de Aion.
Cada gesto de bondad.
Cada perdón.
Cada abrazo sincero.
Todos dejan una luz.
Y esa luz…
Siempre encuentra el camino de regreso.
El pequeño Mateo soltó lentamente la mano de Clara.
Comenzó a caminar hacia el mar.
Lucas reaccionó inmediatamente.
—¡Mateo!
El niño se volvió.
Sonrió.
—No tengan miedo.
Conozco este lugar.
El agua apenas tocó sus pies.
La inmensa ola continuaba acercándose.
Pero Mateo no retrocedía.
Levantó el pequeño barco de madera.
Lo apoyó cuidadosamente sobre el agua.
Lucas contuvo la respiración.
El barco comenzó a alejarse lentamente.
Pero mientras avanzaba…
Empezó a crecer.
Primero alcanzó el tamaño de un bote.
Después el de un velero.
Luego el de un antiguo navío.
Sus velas blancas se desplegaron solas.
En la proa apareció grabada una frase.
“La Esperanza Nunca Naufraga.”
El Barquero cayó de rodillas.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—El Primer Barco…
Susurró.
Lyra sonrió emocionada.
—Creí que solo era una leyenda.
El Custodio respondió.
—No.
Fue construido antes de que existiera el tiempo.
Lucas observó maravillado aquella embarcación.
—¿Qué es?
Elías respondió.
—La única nave capaz de atravesar el Mar del Olvido sin perder un solo recuerdo.
El hombre del traje blanco dio un paso atrás.
Su rostro reflejaba auténtico temor.