El nombre quedó suspendido entre el cielo y el mar.
Aurora.
No fue un eco.
No fue una palabra.
Fue una presencia.
En el mismo instante en que el Barquero pronunció aquel nombre, el universo entero pareció contener la respiración.
La gigantesca ola del Mar del Olvido dejó de avanzar.
No retrocedió.
Simplemente…
Esperó.
Como si incluso aquella oscuridad respetara a la mujer que acababa de aparecer.
Aurora continuó caminando sobre el océano.
Cada uno de sus pasos dejaba una flor blanca flotando sobre las aguas negras.
No se marchitaban.
No eran arrastradas por las olas.
Permanecían brillando como pequeñas lunas.
La oscuridad intentaba devorarlas.
Pero cada flor iluminaba un recuerdo.
Una promesa.
Un beso.
Un abrazo.
Y el Mar del Olvido se retiraba unos centímetros.
Lucas no podía apartar la vista de ella.
Sentía algo imposible de explicar.
No era simplemente que aquellos ojos fueran iguales a los de su madre.
Era mucho más profundo.
Era como contemplar el origen de una melodía que había escuchado toda su vida sin saber quién la había compuesto.
Clara tomó suavemente su mano.
—¿La sientes?
Él asintió.
—Como si la hubiera conocido desde siempre.
Aurora llegó finalmente a la orilla.
La arena no crujía bajo sus pies.
Parecía transformarse en cristal luminoso.
Mateo corrió hacia ella.
La abrazó con una confianza absoluta.
La mujer acarició lentamente su cabello.
—Has crecido otra vez.
El niño sonrió.
—Ellos ya están preparados.
Aurora levantó la mirada hacia Lucas y Clara.
Había una inmensa ternura en sus ojos.
Pero también una tristeza muy antigua.
—Han tardado mucho.
Dijo con una voz serena.
Lucas dio un paso adelante.
—¿Quién eres?
Ella sonrió.
—Esa pregunta tiene muchas respuestas.
Pero hoy…
Solo necesitan una.
Se acercó lentamente.
Quedó frente a ellos.
—Soy la primera guardiana de las promesas.
La primera mujer que descubrió que el tiempo podía detener los relojes…
Pero jamás el amor.
El hombre del traje blanco bajó lentamente la cabeza.
No se atrevía a mirarla.
Aurora lo observó durante unos segundos.
—Hace demasiado que cargas esa culpa.
Él respondió con la voz quebrada.
—No merezco tu perdón.
Ella negó suavemente.
—Nunca vine a juzgarte.
Vine porque todavía sigues creyendo que todo ocurrió por tu culpa.
Elías observó aquella escena en silencio.
Después de tantos siglos…
Por primera vez veía a su hermano temblar.
No de miedo.
Sino de arrepentimiento.
Aurora extendió lentamente una mano.
Entre sus dedos apareció una pequeña semilla transparente.
Parecía hecha de cristal.
En su interior latía una diminuta luz dorada.
Lucas la contempló maravillado.
—¿Qué es?
La mujer respondió.
—El Primer Latido.
El Barquero sonrió.
Su lámpara recuperó inmediatamente el brillo perdido.
—Pensé que se había extinguido.
Aurora negó.
—Mientras exista alguien capaz de amar sin esperar nada a cambio…
Nunca desaparecerá.
Mateo observaba fascinado aquella pequeña semilla.
—¿Puedo tocarla?
Aurora sonrió.
—Todavía no.
Primero deben recordar.
Lucas frunció el ceño.
—¿Recordar qué?
Aurora levantó lentamente la vista hacia el horizonte.
El cielo comenzó a transformarse.
Las estrellas descendieron lentamente.
No caían.
Se acercaban.
Hasta formar una inmensa bóveda de recuerdos.
Miles de escenas comenzaron a aparecer alrededor de ellos.
Lucas se vio siendo un niño.
Construyendo un pequeño barco de madera junto a un lago.
Clara apareció pocos metros más allá.
Era apenas una niña.
Llevaba un vestido amarillo.
Ninguno conocía al otro.
Y, sin embargo…
Cuando Lucas terminó el pequeño barco…
Lo dejó navegar sobre el agua.
La corriente lo arrastró lentamente.
Hasta llegar a los pies de Clara.
Ella lo recogió.
Sonrió.
Lo besó.
Y volvió a dejarlo sobre el lago.
Sin saberlo…
Aquella fue la primera vez que sus destinos se tocaron.
Clara llevó ambas manos a su rostro.
Las lágrimas caían sin control.
—Era yo…
Aurora asintió.
—El amor no siempre comienza cuando las personas se conocen.
A veces empieza muchos años antes…
Con un gesto tan pequeño que nadie lo recuerda.
Hasta hoy.
Las imágenes siguieron apareciendo.
Lucas y Clara cruzándose en estaciones de tren.
En parques.
En una feria del libro.
En un concierto al aire libre.
En un aeropuerto.
Siempre muy cerca.
Siempre separados por apenas unos segundos.
Décadas de encuentros perdidos.
Siglos de caminos paralelos.
Vidas enteras rozándose sin llegar a unirse.
El hombre del traje blanco cerró los ojos.
—Intenté corregir todos esos errores.
Aurora respondió con infinita dulzura.
—Y nunca comprendiste que no eran errores.
Eran aprendizajes.
Cada despedida les enseñó el valor del reencuentro.
Cada pérdida les enseñó a reconocer el verdadero amor.
La gigantesca ola volvió a rugir.
Esta vez con mucha más fuerza.
Miles de voces comenzaron a escucharse desde su interior.
No gritaban.
Lloraban.
Personas olvidando nombres.
Madres olvidando hijos.
Ancianos olvidando sus propias vidas.
Amantes olvidando el primer beso.
El sonido era insoportable.
Lucas sintió que algo dentro de él comenzaba a romperse.
Aurora levantó la pequeña semilla de cristal.
La luz aumentó.
Pero apenas consiguió contener el avance del Mar del Olvido.