—“Devuélvanme el nombre de mi hijo… y el mundo recordará nuevamente cómo amar.”
La voz de la inmensa mujer formada por las aguas del Mar del Olvido no fue un grito.
Fue un lamento.
Tan antiguo que parecía haber nacido antes que el primer amanecer.
El océano entero guardó silencio.
Las olas dejaron de moverse.
El viento desapareció.
Las estrellas permanecieron inmóviles, como si el universo entero hubiera dejado de respirar.
Nadie se atrevía a pronunciar una palabra.
Porque todos comprendieron que aquella petición no hablaba únicamente de un niño.
Hablaba de la memoria misma del amor.
Lior sintió un extraño peso en el pecho.
Era un dolor que no pertenecía a su vida.
Era mucho más antiguo.
Como si una cicatriz invisible despertara lentamente en lo más profundo de su alma.
A su lado, Elara tomó suavemente su mano.
Sus dedos temblaban.
No de miedo.
De reconocimiento.
—¿También lo sientes?
Susurró.
Lior asintió.
—Es como si hubiera escuchado esa voz antes de nacer.
Aurora permanecía inmóvil frente al océano.
Su vestido blanco se movía apenas con una brisa que solo parecía existir alrededor de ella.
Sus ojos brillaban con tristeza.
Una tristeza serena.
La tristeza de quien conoce una verdad demasiado antigua para poder explicarla con palabras.
El Barquero bajó lentamente la lámpara azul.
Su luz perdió intensidad.
—Ha llegado el momento que intentamos evitar durante siglos.
Murmuró.
El Guardián del Tiempo cerró lentamente los ojos.
Cada recuerdo regresaba con una claridad insoportable.
Durante incontables eras creyó que ocultar aquel nombre salvaría al mundo.
Ahora comprendía que había ocurrido exactamente lo contrario.
No había protegido el amor.
Había condenado a todas las generaciones futuras a olvidar lentamente su verdadero significado.
La inmensa figura del océano levantó una mano.
Una sola lágrima cayó sobre la playa luminosa.
Cuando tocó la arena…
No se convirtió en agua.
Se transformó en miles de pequeñas flores blancas.
Cada flor emitía un sonido diferente.
Algunas parecían una risa infantil.
Otras un susurro.
Algunas recordaban un beso.
Otras un “te esperaré”.
Elara cayó de rodillas.
Aquellas flores despertaban recuerdos que jamás había vivido.
O quizás…
Sí los había vivido.
Muchísimo tiempo atrás.
Aurora caminó lentamente entre las flores.
Recogió una.
La acercó a su corazón.
Cerró los ojos.
Una lágrima descendió por su rostro.
—Todavía nos recuerda…
Susurró.
El Barquero levantó la mirada.
—¿Quién?
Aurora respondió.
—La madre que jamás dejó de esperar.
Lior observó a todos.
Cada respuesta parecía abrir nuevas preguntas.
—¿Quién era realmente ese niño?
Nadie respondió.
Hasta que el Árbol Primigenio comenzó a emitir un profundo resplandor dorado.
Sus raíces atravesaron la tierra.
Las ramas tocaron el cielo.
Y miles de hojas comenzaron a desprenderse.
Cada hoja contenía un recuerdo.
Una historia.
Una promesa.
El cielo desapareció.
En su lugar apareció una inmensa bóveda de luz.
Como si el universo hubiera abierto su propia memoria.
Todos contemplaron la primera imagen.
Un valle infinito cubierto de flores.
Un río transparente.
Un árbol gigantesco creciendo en el centro de aquel mundo recién nacido.
Bajo su sombra…
Una mujer sostenía a un pequeño niño entre sus brazos.
No existía tristeza.
Solo paz.
Solo amor.
Solo el comienzo de todas las cosas.
El niño reía.
Cada una de sus carcajadas hacía nacer una estrella.
Cada sonrisa iluminaba un nuevo rincón del universo.
Elara sintió que las lágrimas brotaban sin control.
No sabía por qué.
Pero aquella escena le resultaba profundamente familiar.
Entonces apareció un hombre.
Joven.
Lleno de esperanza.
Tomó al niño en brazos.
Lo elevó hacia el cielo.
Y el universo entero respondió con una lluvia de luz.
Aurora observó aquella imagen con inmensa emoción.
—Así comenzó todo.
Susurró.
Las escenas siguieron cambiando.
El niño aprendía a caminar.
Corría entre los árboles.
Construía pequeños barcos de madera y los dejaba navegar por el río.
La mujer sonreía mientras lo observaba.
El hombre lo abrazaba con orgullo.
Parecían una familia destinada a permanecer unida para siempre.
Hasta que…
El niño comenzó a enfermar.
Primero fue un leve cansancio.
Después una fiebre.
Luego un silencio que ninguna medicina podía romper.
La alegría desapareció lentamente de aquel hogar.
El hombre recorrió montañas.
Bosques.
Mares.
Buscó respuestas entre los sabios.
Entre los guardianes.
Entre las estrellas.
Pero nadie pudo cambiar el destino.
Entonces encontró una antigua puerta.
Una puerta construida antes que el tiempo.
Y creyó que detrás de ella encontraría una forma de vencer a la muerte.
No sabía…
Que estaba abriendo la primera herida del universo.
El Guardián del Tiempo cayó lentamente de rodillas.
Las lágrimas descendían sin descanso.
—Todo comenzó conmigo…
Dijo con la voz quebrada.
—Solo quería salvar a mi hijo.
Aurora lo observó con infinita compasión.
—El amor nunca fue tu error.
Tu error fue creer que amar significaba no aceptar ninguna despedida.
La inmensa mujer formada por el océano volvió a hablar.
Su voz ya no era de tristeza.
Era de una serenidad infinensa.
—Yo acepté el dolor.
Pero jamás acepté que el mundo olvidara su nombre.