Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 45 El Eco de los Nombres Perdidos

La sombra avanzó un segundo paso.

El suelo luminoso se agrietó bajo sus pies.

No era una grieta común.

Era una cicatriz.

Cada fisura absorbía el color de las flores, el brillo del cielo y el murmullo del viento. Allí donde pasaba aquella presencia, el mundo parecía olvidar que alguna vez había existido la belleza.

Lior sintió que el aire se volvía pesado.

Respirar comenzó a costarle un esfuerzo inmenso.

Aun así, no retrocedió.

Algo en su interior le decía que aquella criatura no había nacido para destruir.

Había nacido porque alguien dejó de recordar.

Elara permanecía inmóvil.

La esfera dorada seguía flotando frente a ella.

Cada vez que la sombra avanzaba, la luz de la esfera disminuía.

Y cada vez que la esfera perdía brillo, una hoja del Árbol Primigenio caía lentamente al suelo.

Aurora observó aquella conexión con preocupación.

—No está atacando al árbol…

Está alimentándose de él.

El Barquero frunció el ceño.

—¿Cómo puede alimentarse de un árbol que nació antes del tiempo?

Aurora respondió sin apartar la vista de la sombra.

—Porque no consume la madera.

Consume los recuerdos que viven en sus raíces.

Miles de hojas comenzaron a desprenderse.

Cada una mostraba una escena distinta.

Una anciana abrazando a su nieta.

Dos jóvenes prometiéndose amor bajo la lluvia.

Un padre enseñando a caminar a su hijo.

Una madre velando el sueño de un recién nacido.

Un anciano sonriendo al recordar el rostro de la mujer que había amado durante toda su vida.

Pero, al tocar el suelo, aquellas escenas desaparecían.

Como si nunca hubieran existido.

El Guardián del Tiempo cayó de rodillas.

Su respiración se aceleró.

De pronto llevó una mano a su pecho.

—No…

Susurró.

Aurora lo miró alarmada.

—¿Qué sucede?

Él respondió con la voz quebrada.

—Ya no puedo recordar el rostro de mi esposa…

El silencio cayó sobre el jardín.

Aquellas palabras fueron más aterradoras que cualquier amenaza.

Porque comprendieron que la sombra no robaba vidas.

Robaba aquello que hacía que las vidas tuvieran sentido.

Lior sintió un estremecimiento.

Intentó recordar la voz de su madre.

Durante un instante…

Solo encontró silencio.

El miedo atravesó su corazón.

Apretó los puños.

—No…

No voy a permitirlo.

Cerró los ojos con fuerza.

Recordó el calor de un abrazo.

El aroma del pan recién horneado.

Una canción antigua.

Una risa.

Poco a poco, aquellos recuerdos regresaron.

Comprendió entonces la verdad.

Mientras alguien luchara por recordar…

La sombra jamás vencería por completo.

Elara extendió lentamente ambas manos hacia la esfera dorada.

Esta comenzó a latir.

Un latido.

Después otro.

Y otro más.

Cada pulsación iluminaba una parte distinta del jardín.

Las flores que habían comenzado a marchitarse recuperaban lentamente su color.

La sombra se detuvo.

Por primera vez desde su aparición…

Parecía dudar.

—Está sintiendo su luz.

Susurró Aurora.

—La reconoce.

El Barquero observó atentamente.

—¿Cómo puede reconocer algo que jamás conoció?

Aurora respondió con una tristeza infinita.

—Porque nació precisamente cuando esa luz fue perdida.

La sombra levantó lentamente la cabeza.

Donde debía existir un rostro apareció un remolino de pequeñas luces apagadas.

Parecían estrellas extinguidas.

Entonces habló.

Su voz no era profunda.

Era frágil.

Como la voz de un niño que llevaba siglos sin ser escuchado.

—Estoy… cansado…

Todos quedaron inmóviles.

Nadie esperaba escuchar dolor en aquella criatura.

Lior dio un paso adelante.

Aurora intentó detenerlo.

—No.

Todavía no sabes quién es.

Lior negó suavemente.

—No necesito saber quién fue.

Solo necesito saber quién puede llegar a ser.

Aurora guardó silencio.

Por primera vez sonrió.

Había esperado siglos para escuchar aquellas palabras.

La sombra observó a Lior.

—¿No me temes?

—Sí.

Respondió él con sinceridad.

—Pero el miedo nunca me enseñó a salvar a nadie.

La criatura permaneció inmóvil.

Algo comenzó a cambiar.

Pequeñas grietas de luz aparecieron sobre su cuerpo oscuro.

No eran heridas.

Eran recuerdos intentando regresar.

El Árbol Primigenio dejó escapar un suspiro.

Sí.

Un árbol capaz de sostener la memoria del universo también podía suspirar.

—Todavía existe esperanza.

Murmuró con su voz ancestral.

Entonces, el cielo volvió a cambiar.

Las nubes comenzaron a girar formando un inmenso círculo luminoso.

En el centro apareció una estrella.

No brillaba como las demás.

Era inmensamente blanca.

Parecía un corazón latiendo sobre el firmamento.

Aurora levantó lentamente la vista.

Su expresión reflejó una mezcla de alegría y preocupación.

—Hace incontables eras que no la veía…

El Barquero comprendió inmediatamente.

—La Estrella del Recuerdo.

Aurora asintió.

—Solo aparece cuando el universo está a punto de decidir entre recordar… u olvidar para siempre.

Un fino rayo de luz descendió desde la estrella.

No cayó sobre el árbol.

Ni sobre la sombra.

Cayó exactamente sobre Lior.

Su cuerpo comenzó a envolverse en un resplandor cálido.

Las cicatrices invisibles que llevaba en el alma comenzaron a arder.

No era un dolor físico.

Era la memoria despertando.

Miles de imágenes cruzaron su mente.

Vio ciudades que nunca había visitado.

Océanos imposibles.

Bosques donde los árboles cantaban al amanecer.

Personas cuyos nombres no conocía, pero que lo abrazaban con un cariño inmenso.




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