Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 46 La Puerta del Primer Recuerdo

El silencio permaneció suspendido sobre el Jardín Primigenio.

Nadie habló.

Ni Aurora.

Ni el Barquero.

Ni siquiera el Árbol Primigenio dejó oír el suave murmullo que durante incontables siglos había acompañado el crecimiento de sus ramas.

Todos observaban a Lior.

Todavía respiraba con dificultad.

La visión había desaparecido, pero la sensación de haber estado frente a algo infinitamente antiguo seguía latiendo dentro de él.

No era un sueño.

No era una profecía.

Era un recuerdo.

Uno que jamás había vivido… y, sin embargo, siempre había pertenecido a su alma.

Elara se arrodilló a su lado.

Tomó sus manos con delicadeza.

—Mírame.

Lior levantó lentamente la vista.

Sus ojos reflejaban constelaciones enteras.

Durante un instante, parecían contener un cielo diferente al que cubría aquel jardín.

—¿Sigues aquí?

Preguntó ella.

Él sonrió débilmente.

—Creo que sí…

Pero una parte de mí todavía sigue frente a esa puerta.

Aurora caminó lentamente hacia ellos.

Su expresión era serena, aunque en el fondo de sus ojos podía leerse una preocupación que jamás había mostrado.

Se inclinó frente a Lior.

—Descríbela.

Lior cerró los ojos.

Respiró profundamente.

Las imágenes comenzaron a regresar.

—Era inmensa…

Más alta que cualquier montaña.

No estaba construida con piedra.

Parecía hecha de recuerdos.

Cada vez que la miraba, cambiaba de forma.

A veces era la puerta de una pequeña casa.

Después la entrada de un templo.

Luego el arco de un jardín.

Y, por un instante…

Fue el umbral de la habitación donde dormía cuando era niño.

Aurora intercambió una mirada con el Barquero.

Ambos comprendieron inmediatamente.

—No muestra un lugar.

Susurró el anciano.

—Muestra aquello que cada alma considera su verdadero hogar.

Aurora asintió.

—Por eso nadie puede verla de la misma manera.

El Guardián del Tiempo permanecía de pie, contemplando la grieta abierta junto al Árbol Primigenio.

La sombra seguía inmóvil.

Las pequeñas grietas de luz que habían comenzado a recorrer su cuerpo continuaban expandiéndose lentamente.

No parecía más fuerte.

Parecía más cansada.

Como si, por primera vez, llevar siglos existiendo comenzara a pesarle.

Entonces habló.

Su voz era apenas un susurro.

—Yo también vi esa puerta…

Todos giraron hacia él.

La sombra levantó lentamente la cabeza.

—Hace mucho…

Muchísimo tiempo.

Pero no me dejaron cruzarla.

Lior dio un paso adelante.

—¿Quién no te dejó?

La figura permaneció varios segundos en silencio.

Después respondió:

—Yo mismo.

Aquella respuesta desconcertó a todos.

Elara frunció el ceño.

—¿Cómo puede alguien impedirse entrar a sí mismo?

Aurora respondió antes de que la sombra pudiera hacerlo.

—Cuando el dolor es demasiado grande…

El corazón construye puertas que ni él mismo se atreve a abrir.

Las palabras quedaron flotando entre los árboles.

El viento comenzó a soplar nuevamente.

Pero ya no traía el perfume de las flores.

Traía voces.

Miles de voces.

No hablaban al mismo tiempo.

Susurraban.

Como si cada una intentara contar una historia diferente.

Lior comenzó a distinguir algunas.

Una madre cantando una canción de cuna.

Un anciano contando cuentos alrededor del fuego.

Dos jóvenes prometiéndose volver a encontrarse.

Un niño riendo.

Un padre diciendo:

—Siempre estaré contigo.

Elara sonrió.

—Son recuerdos.

Aurora negó lentamente.

—No.

Son promesas.

Los recuerdos pertenecen al pasado.

Las promesas siguen vivas.

En ese instante, el Árbol Primigenio volvió a iluminarse.

Pero esta vez la luz no nacía de las ramas.

Nacía de las raíces.

La tierra comenzó a volverse transparente.

Todos pudieron ver un inmenso entramado de raíces luminosas extendiéndose hasta perderse en la profundidad del mundo.

Cada raíz transportaba una corriente de luz dorada.

Como si por ellas circulara la memoria del universo.

El Barquero dejó escapar una exclamación.

—Las raíces están despertando.

Aurora levantó lentamente la vista.

—No.

Están llamando a alguien.

De pronto…

Una de las raíces comenzó a crecer.

Emergió lentamente del suelo.

No llevaba hojas.

No llevaba flores.

En su extremo sostenía un pequeño objeto envuelto en luz.

Se detuvo frente a Lior.

El joven lo observó con asombro.

Era una llave.

Muy pequeña.

Tallada en un cristal completamente transparente.

En su interior flotaban diminutas partículas de luz.

Parecían estrellas.

Pero no brillaban igual.

Cada una emitía un latido.

Como un corazón.

El Árbol habló con su voz profunda.

—La primera llave.

Aurora inclinó respetuosamente la cabeza.

—Creí que se había perdido.

—Nada que nazca del amor puede perderse para siempre.

Respondió el árbol.

Solo espera ser encontrado por quien esté dispuesto a recordar.

Lior extendió lentamente la mano.

Cuando sus dedos tocaron la llave…

El jardín desapareció.

No físicamente.

Fue su conciencia la que viajó.

Se encontró de pie sobre un inmenso puente de cristal suspendido entre dos cielos.

No había tierra debajo.

Solo un océano de nubes doradas.

Al final del puente estaba nuevamente aquella puerta.

Más cercana.

Más real.

Esta vez pudo distinguir un símbolo grabado sobre ella.

No era la espiral que había visto antes.

Era un árbol.

Un árbol cuyas raíces abrazaban una estrella.

Una voz volvió a escucharse.




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