Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 47 El Umbral de la Memoria

La campana continuó resonando.

Su sonido atravesó el Jardín Primigenio, recorrió las raíces del gran árbol y ascendió hasta las estrellas inmóviles.

No era un sonido amenazante.

Era un llamado.

Uno tan antiguo que ninguna criatura viva recordaba cuándo había sido escuchado por última vez.

Con cada campanada, el aire parecía llenarse de pequeñas partículas de luz.

No eran motas de polvo.

Eran recuerdos.

Fragmentos de vidas que habían permanecido ocultos durante incontables eras.

Lior seguía sosteniendo la llave de cristal.

Esta vibraba suavemente entre sus dedos.

El pequeño grabado con la palabra “Regresa” comenzó a brillar con mayor intensidad.

La luz no salía del cristal.

Entraba en él.

Como si la llave estuviera absorbiendo la memoria del universo.

El joven sintió un calor recorrer su brazo.

No quemaba.

Reconfortaba.

Era la misma sensación que había experimentado cuando, siendo niño, alguien lo abrazó después de una larga tormenta.

Aunque ya no lograba recordar quién había sido.

Elara observó la llave.

Luego miró a Lior.

Después al horizonte.

Una inquietud crecía en su pecho.

No era miedo.

Era la certeza de que estaban a punto de cruzar un límite del que ya no habría regreso.

—¿También lo sientes?

Preguntó en voz baja.

Lior asintió.

—Es como si alguien hubiera esperado toda mi vida para este momento.

Aurora permanecía inmóvil.

El resplandor de su vestido comenzaba a mezclarse con la luz que descendía del cielo.

El Barquero la observó con atención.

Hacía siglos que no veía aquel brillo.

Solo aparecía cuando el equilibrio entre la memoria y el olvido estaba a punto de romperse.

—Debemos marcharnos.

Dijo con firmeza.

Aurora negó lentamente.

—Ya es demasiado tarde para huir.

Ahora solo podemos avanzar.

El Guardián del Tiempo levantó la cabeza.

Su rostro había cambiado.

Las lágrimas seguían marcando sus mejillas, pero en sus ojos comenzaba a renacer una pequeña chispa de esperanza.

—Si alguien abrió la puerta…

Significa que todavía existe alguien capaz de cruzarla.

Aurora respondió con serenidad.

—No toda puerta abierta conduce a la salvación.

Algunas existen para poner a prueba aquello que creemos conocer de nosotros mismos.

La sombra seguía inmóvil junto a la grieta.

Las grietas luminosas que recorrían su cuerpo aumentaban lentamente.

Cada una liberaba pequeños destellos.

Al principio parecían simples luces.

Después comenzaron a tomar forma.

Un anciano abrazando a su esposa.

Una niña corriendo bajo la lluvia.

Dos hermanos reconciliándose.

Un padre sonriendo al escuchar por primera vez la voz de su hija.

Lior comprendió.

Aquella criatura no había destruido esos recuerdos.

Los había cargado durante siglos.

Solo que jamás había sabido devolverlos.

El Árbol Primigenio dejó escapar un profundo suspiro.

Sus ramas comenzaron a balancearse aunque el viento había desaparecido.

—El olvido nunca roba.

Solo guarda aquello que nadie reclama.

Murmuró.

Todos quedaron en silencio.

Aquella verdad era más dolorosa de lo que imaginaban.

Entonces ocurrió algo inesperado.

La esfera dorada que flotaba frente a Elara comenzó a elevarse lentamente.

Subió por encima de las ramas.

Atravesó la copa del árbol.

Llegó hasta el cielo inmóvil.

Y allí se dividió en siete pequeñas luces.

Cada una emprendió un camino diferente.

Una hacia el norte.

Otra hacia el sur.

Las restantes desaparecieron en distintas direcciones.

Aurora sonrió con emoción.

—Han despertado.

El Barquero comprendió inmediatamente.

—¿Los Siete Senderos?

Ella asintió.

—Durante siglos permanecieron ocultos.

Ahora vuelven a existir.

Lior observó cómo una de aquellas luces descendía nuevamente.

No cayó sobre él.

Se detuvo a pocos pasos.

El aire comenzó a ondularse.

Como si una puerta invisible estuviera abriéndose.

Poco a poco apareció un sendero.

Estaba formado por piedras blancas suspendidas sobre un lago completamente transparente.

No había orillas.

Solo agua infinita.

Y al final del camino…

Se distinguía una pequeña casa.

Era sencilla.

Con paredes claras.

Un techo cubierto de flores.

Una única ventana iluminada.

Elara sintió un nudo en la garganta.

—La conozco…

Susurró.

—Nunca estuve allí…

Pero la conozco.

Aurora observó la casa durante largo rato.

Después cerró los ojos.

—No es un lugar.

Es un recuerdo.

El primero que el universo decidió proteger.

Lior dio un paso hacia el sendero.

La llave comenzó a latir.

Cada latido hacía aparecer una piedra nueva bajo sus pies.

El Barquero levantó la lámpara azul.

Su llama creció hasta convertirse en una columna de luz.

—No cruces todavía.

Advirtió.

—Ese camino solo puede recorrerse una vez.

Lior se detuvo.

—¿Por qué?

El anciano respondió sin apartar la vista de la casa.

—Porque quien llegue al final ya no volverá a recordar el mundo de la misma manera.

En ese instante, la puerta de la pequeña casa se abrió lentamente.

Una anciana salió al jardín.

Su cabello era completamente blanco.

Vestía ropas sencillas.

En sus manos llevaba un cuenco de barro.

Comenzó a regar unas flores con absoluta tranquilidad.

Como si supiera que estaban siendo observados.

Después levantó la cabeza.

Sonrió.

No parecía sorprendida.

Parecía aliviada.

Con un suave movimiento de la mano los invitó a acercarse.

Pero antes de que Lior pudiera avanzar…




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