Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 48 La Casa del Primer Recuerdo

La segunda puerta continuaba abriéndose detrás de la pequeña casa.

No emitía ningún sonido.

Ni un solo crujido.

Solo una oscuridad absoluta comenzaba a extenderse lentamente sobre el sendero de piedra blanca.

Era una oscuridad distinta.

No era la ausencia de luz.

Era la ausencia de memoria.

Donde aquella sombra avanzaba, el aire parecía olvidar cómo moverse.

Las flores dejaban de perfumar el viento.

El agua del lago perdía su reflejo.

Hasta el silencio parecía borrarse a sí mismo.

La anciana permanecía inmóvil junto al jardín.

Seguía sosteniendo el pequeño cuenco de barro entre sus manos.

No mostraba miedo.

Ni preocupación.

Su sonrisa era tan serena que parecía conocer el desenlace de aquella historia desde mucho antes de que comenzara.

Levantó lentamente la vista.

Sus ojos se encontraron con los de Lior.

No pronunció palabra.

Simplemente inclinó la cabeza.

Como una madre que recibe nuevamente a un hijo después de un largo viaje.

Lior sintió un profundo calor en el pecho.

Había visto ese gesto antes.

No recordaba dónde.

Pero su corazón sí.

Durante un instante creyó escuchar una voz infantil llamándolo desde algún rincón olvidado de su memoria.

Era una voz llena de alegría.

De confianza.

Una voz que jamás había conocido el miedo.

Elara observó el sendero.

Cada piedra parecía construida con cristal transparente.

En su interior podía verse una escena diferente.

En una, una pareja anciana caminaba tomada de la mano.

En otra, un padre levantaba en brazos a su hija.

Más adelante, una madre enseñaba a leer a un pequeño niño.

Y luego aparecía un joven abrazando a un viejo amigo al que creía perdido.

No eran recuerdos de personas concretas.

Eran los primeros gestos de amor que habían dado origen a miles de historias.

Aurora caminó lentamente hasta el borde del sendero.

Se arrodilló.

Apoyó una mano sobre una de aquellas piedras.

La superficie comenzó a iluminarse.

Una lágrima descendió por su rostro.

—Aquí nació el primer abrazo.

Susurró.

El Barquero sintió un escalofrío.

—¿El primero?

Aurora asintió.

—Antes de estas piedras existían las palabras.

Pero todavía nadie sabía cómo consolar a otro ser.

Hasta que dos almas decidieron abrazarse sin decir nada.

Desde entonces…

El universo comprendió que el amor también podía hablar en silencio.

La sombra volvió a avanzar.

Un solo paso.

Bastó uno.

Las últimas piedras del sendero comenzaron a desvanecerse lentamente.

Como si jamás hubieran existido.

La anciana observó aquella escena sin perder la serenidad.

Después habló por primera vez.

Su voz era dulce.

Profunda.

Parecía el murmullo de un río atravesando siglos de historia.

—El olvido siempre llega caminando.

Pero la memoria…

Siempre regresa acompañada.

Lior sintió que aquellas palabras despertaban algo muy antiguo dentro de él.

Se volvió hacia Aurora.

—¿Quién es ella?

Aurora respiró profundamente.

Tardó varios segundos en responder.

—Muchos la buscaron.

Nadie logró encontrarla.

Porque jamás estuvo escondida.

Solo esperaba ser recordada.

Elara dio un paso adelante.

La anciana sonrió.

—Ven.

Le dijo con infinensa ternura.

La joven comenzó a caminar sobre el sendero.

Las piedras brillaban bajo sus pies.

Cada paso despertaba una nueva escena.

Un nacimiento.

Una reconciliación.

Una promesa.

Una despedida llena de esperanza.

Parecía que todo cuanto el amor había construido durante la historia del universo seguía viviendo allí.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Cuando Elara llegó a la mitad del camino…

El lago comenzó a agitarse.

No por el viento.

Desde sus profundidades comenzaron a ascender pequeñas esferas de luz.

Miles de ellas.

Cada una contenía una voz.

Al principio eran apenas susurros.

Después comenzaron a escucharse con claridad.

—Gracias…

—Te perdono…

—Siempre volveré…

—No estás solo…

—Te esperaré…

Lior sintió que el corazón se llenaba de una emoción indescriptible.

No eran simples palabras.

Eran todas las frases que habían evitado que el mundo se rindiera ante la desesperanza.

El Barquero dejó caer lentamente una lágrima.

—Ahora lo recuerdo…

Murmuró.

Aurora lo miró.

—¿Qué has recordado?

El anciano sonrió con melancolía.

—Yo fui quien recogió esas palabras cuando los hombres dejaron de pronunciarlas.

Durante siglos creí que las había perdido.

Pero nunca desaparecieron.

Siempre estuvieron aquí.

Esperando volver a ser escuchadas.

La oscuridad seguía avanzando detrás de la casa.

Ahora ya había alcanzado el pequeño jardín.

Las flores comenzaron a perder lentamente su color.

La anciana apoyó el cuenco de barro sobre la tierra.

Dentro solo había agua.

Cristalina.

Inmóvil.

Tomó un poco entre sus manos.

La dejó caer sobre una flor marchita.

Inmediatamente volvió a florecer.

Aurora sonrió.

—El Agua del Primer Recuerdo…

Pensé que ya no existía.

La anciana respondió con dulzura.

—Mientras exista alguien dispuesto a recordar con amor…

Siempre volverá a nacer.

Lior llegó finalmente junto a la anciana.

Ella levantó lentamente una mano.

Acarició su mejilla.

Como si aquel gesto hubiera esperado incontables siglos para repetirse.

El joven cerró los ojos.

En ese instante una imagen apareció con absoluta claridad.

Un niño corría por un inmenso campo de flores blancas.

Reía.

Detrás de él caminaba la misma anciana.




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