La oscuridad continuaba extendiéndose desde la segunda puerta.
No avanzaba con violencia.
Lo hacía con una calma inquietante.
Como una marea inevitable.
Cada centímetro que conquistaba hacía desaparecer un color del jardín.
Primero se apagaron las flores.
Después el verde de la hierba.
Más tarde el azul del lago.
Hasta el cielo comenzó a perder lentamente su brillo.
Era como si el universo olvidara poco a poco cómo había sido creado.
Lior permanecía inmóvil.
Las últimas palabras de la anciana seguían resonando dentro de él.
—”…quien acaba de cruzarla conoce tu verdadero nombre.”
No entendía por qué, pero aquellas palabras le provocaban un miedo diferente.
No era miedo a morir.
Era miedo a dejar de existir incluso en el recuerdo de quienes amaba.
Miró a Elara.
Ella seguía allí.
Con los ojos llenos de lágrimas.
Y por primera vez sintió terror de que un día pudiera mirarlo… sin reconocerlo.
Elara percibió su inquietud.
Se acercó lentamente.
Tomó ambas manos de Lior.
Las sostuvo con fuerza.
—Escúchame.
Aunque el mundo entero olvide quién eres…
Yo volveré a encontrarte.
Siempre.
Lior sonrió con tristeza.
—¿Y si también olvidas mi rostro?
Elara negó suavemente.
—El amor verdadero nunca empieza en los ojos.
Empieza mucho antes de que aprendamos a mirar.
Por eso jamás podrá desaparecer del todo.
Aurora contemplaba la segunda puerta.
Su luz comenzaba a debilitarse.
El Barquero se acercó.
—Nunca te había visto dudar.
Ella respondió sin apartar la vista del umbral.
—No dudo.
Solo estoy recordando la última vez que esa puerta se abrió.
El anciano sintió un escalofrío.
—¿Estabas presente?
Aurora cerró lentamente los ojos.
—Sí.
Y juré que jamás volvería a ocurrir.
El Guardián del Tiempo permanecía en silencio.
Sus pensamientos viajaban siglos atrás.
Comprendía, por fin, que cada decisión tomada por miedo había abierto una nueva herida en el tejido del universo.
Ahora esas heridas comenzaban a unirse.
Como si todas hubieran esperado este instante.
La anciana tomó nuevamente el pequeño cuenco de barro.
El agua permanecía inmóvil.
Tan transparente que parecía contener un fragmento del cielo.
Introdujo lentamente la mano.
Cuando volvió a sacarla…
No llevaba agua.
Sostenía una diminuta semilla dorada.
Era apenas del tamaño de una lágrima.
Sin embargo, iluminó todo el jardín.
Aurora dio un paso adelante.
Su voz apenas fue un susurro.
—La Semilla del Primer Recuerdo…
La creía extinguida.
La anciana sonrió.
—Los recuerdos pueden dormirse.
Pero jamás mueren mientras exista alguien dispuesto a sembrarlos otra vez.
Colocó la semilla sobre la palma de Lior.
En cuanto el joven la tocó…
Todo desapareció.
El jardín.
La casa.
El lago.
La oscuridad.
Incluso sus propios compañeros.
Solo quedó un inmenso espacio blanco.
Silencioso.
Infinito.
Lior estaba completamente solo.
Delante de él apareció un niño.
No tendría más de seis años.
Vestía ropas sencillas.
Caminaba descalzo.
Llevaba un pequeño barco de madera entre las manos.
El niño levantó la cabeza.
Sonrió.
Era una sonrisa luminosa.
Capaz de disipar cualquier tristeza.
Sin embargo…
Su rostro resultaba extrañamente familiar.
Lior sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Quién eres?
El pequeño respondió con absoluta naturalidad.
—Eso vine a preguntarte yo.
Lior frunció el ceño.
—No entiendo.
El niño comenzó a caminar alrededor de él.
—Todos buscan su nombre.
Muy pocos buscan quiénes eran antes de tener uno.
Aquellas palabras quedaron suspendidas en el inmenso vacío.
Lior sintió que una emoción desconocida despertaba en su interior.
Era como regresar a un lugar que nunca había visitado.
El niño dejó el barco sobre el suelo blanco.
Inmediatamente apareció un río cristalino.
Después una pradera.
Más tarde un cielo lleno de estrellas.
Todo nacía alrededor del pequeño barco.
Lior observaba maravillado.
—¿Lo hiciste tú?
El niño negó con una sonrisa.
—No.
Lo hicimos juntos.
Miles de imágenes comenzaron a surgir.
Dos niños sembrando pequeñas luces bajo un árbol gigantesco.
Construyendo senderos de piedra.
Escribiendo nombres sobre hojas doradas.
Riéndose mientras las estrellas aparecían una tras otra.
Lior sintió que las lágrimas descendían lentamente por su rostro.
Aquellos recuerdos no eran ajenos.
Le pertenecían.
Mientras tanto…
En el Jardín Primigenio, la oscuridad ya había alcanzado el sendero.
Las piedras blancas comenzaban a desaparecer una por una.
Elara dio un paso adelante.
Quiso seguir a Lior.
Pero la anciana la detuvo con suavidad.
—Todavía no.
—Necesita ayuda.
Respondió ella.
La anciana negó lentamente.
—No.
Necesita recordar.
Nadie puede hacerlo por él.
La sombra que había nacido del olvido permanecía observando desde la distancia.
Las grietas luminosas recorrían cada vez más su cuerpo.
Por primera vez sintió algo desconocido.
No era dolor.
Era nostalgia.
Como si una parte de sí misma quisiera regresar a la luz.
Entonces…
La segunda puerta terminó de abrirse por completo.
Del otro lado no apareció un monstruo.
Ni un ejército.
Ni una tormenta.
Solo un hombre.
Vestía una túnica completamente blanca.
Su cabello era plateado.
Su rostro transmitía una serenidad imposible de describir.