Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 50 El Guardián del Alba

El jardín entero quedó en silencio.

No era un silencio vacío.

Era el mismo silencio que precede al nacimiento de una estrella.

El hombre de la túnica blanca permanecía inmóvil frente al sendero desaparecido.

La oscuridad parecía inclinarse a su alrededor.

No porque le perteneciera.

Sino porque reconocía una autoridad más antigua que ella misma.

Las hojas del Árbol Primigenio dejaron de caer.

El viento volvió a respirar.

Incluso el lago recuperó lentamente su reflejo.

Aurora bajó la cabeza con profundo respeto.

Jamás lo había hecho ante nadie.

El Barquero apoyó una rodilla sobre la tierra luminosa.

La llama azul de su lámpara dejó de oscilar.

Brillaba ahora con una calma desconocida.

La anciana sonrió.

Después de incontables siglos…

El primero de los Guardianes había regresado.

Elara observó al desconocido.

No encontraba miedo en su presencia.

Solo una inmensa paz.

Sin embargo, aquella paz escondía una tristeza imposible de medir.

Como la de alguien que hubiera contemplado nacer y desaparecer civilizaciones enteras.

—¿Por qué has venido?

Preguntó.

El hombre levantó lentamente la mirada.

Sus ojos parecían contener amaneceres infinitos.

—Porque el equilibrio ha comenzado a recordar su origen.

Y cuando eso ocurre…

Los primeros juramentos vuelven a despertar.

Mientras tanto…

Lior continuaba en el inmenso espacio blanco.

El pequeño niño seguía construyendo barcos de madera sobre el río recién nacido.

Cada barco que soltaba sobre el agua se convertía en una pequeña estrella.

El joven observaba maravillado.

—¿Quién eres realmente?

El niño sonrió.

—Una parte de ti.

Una que jamás dejó de creer.

Lior sintió que aquellas palabras atravesaban cada rincón de su alma.

—Entonces…

¿Eres mi recuerdo?

El niño negó lentamente.

—No.

Soy aquello que existía antes de que tuvieras recuerdos.

El silencio volvió a envolver el lugar.

El río seguía avanzando con absoluta serenidad.

Las aguas reflejaban un cielo que todavía no tenía sol.

Solo una inmensa claridad.

El niño dejó escapar un pequeño suspiro.

Después señaló el horizonte.

Muy lejos comenzaba a dibujarse un árbol gigantesco.

Sus raíces abrazaban montañas.

Sus ramas sostenían constelaciones.

Lior lo reconoció inmediatamente.

—El Árbol Primigenio.

El niño asintió.

—Mucho antes de que creciera…

Solo era una semilla.

Y alguien debía decidir dónde sembrarla.

Las imágenes comenzaron a cambiar.

Lior contempló un inmenso valle vacío.

No existían flores.

Ni ríos.

Ni senderos.

Solo una tierra esperando convertirse en hogar.

Entonces aparecieron dos figuras.

Una llevaba entre las manos una diminuta semilla luminosa.

La otra sostenía un recipiente lleno de agua cristalina.

Ambas caminaron durante un largo tiempo.

Hasta detenerse exactamente en el centro del valle.

Con infinita delicadeza sembraron aquella semilla.

Después la regaron.

Y esperaron.

No un día.

Ni un año.

Esperaron tanto tiempo que las montañas nacieron a su alrededor.

Los océanos encontraron su lugar.

Las estrellas aprendieron a iluminar la noche.

Solo entonces…

La primera raíz comenzó a abrirse paso bajo la tierra.

Lior observaba sin apartar la vista.

—¿Quiénes eran?

El niño respondió con absoluta serenidad.

—Los primeros que comprendieron que toda vida necesita paciencia para florecer.

En el Jardín Primigenio…

El hombre de la túnica blanca levantó lentamente una mano.

La oscuridad dejó de avanzar.

No retrocedió.

Simplemente permaneció inmóvil.

Como un río detenido entre dos instantes.

Aurora dio un paso hacia él.

—¿Todavía puede salvarse?

El desconocido observó la sombra nacida del olvido.

Sus ojos reflejaban compasión.

—Nunca dejó de poder hacerlo.

La sombra comenzó a temblar.

Las grietas luminosas crecían sobre su cuerpo.

Cada una liberaba un recuerdo.

Una madre abrazando a su hijo.

Dos amigos reconciliándose.

Un anciano sonriendo bajo un árbol.

Una niña aprendiendo a escribir.

Todo cuanto había permanecido atrapado durante siglos comenzaba lentamente a regresar al universo.

El Barquero sonrió.

Hacía mucho que no veía recuerdos volver por voluntad propia.

Siempre creyó que debían rescatarse.

Ahora comprendía que algunos simplemente necesitaban ser perdonados.

La anciana tomó nuevamente el cuenco de barro.

Lo acercó a la sombra.

—Bebe.

Le dijo con dulzura.

La criatura dudó.

Jamás había recibido un gesto de bondad.

Durante toda su existencia solo había conocido el rechazo.

Con manos temblorosas tomó el recipiente.

Bebió una sola gota.

Entonces ocurrió algo imposible.

Su cuerpo comenzó a transformarse.

La oscuridad no desaparecía.

Se volvía transparente.

Dentro de ella comenzaron a verse miles de pequeños destellos.

Como un cielo nocturno recuperando sus estrellas.

El hombre de la túnica blanca sonrió por primera vez.

—El perdón siempre recuerda el camino de regreso.

Murmuró.

En el espacio blanco…

El niño tomó la mano de Lior.

Lo condujo hasta un pequeño lago completamente inmóvil.

—Mírate.

Le pidió.

Lior obedeció.

Esperaba ver su propio reflejo.

Pero el agua mostró otra imagen.

Vio a un joven sembrando árboles junto a una muchacha de larga cabellera.

Los vio construir puentes.

Escribir historias.

Enseñar a otros a no perder la esperanza.

Después la imagen cambió.

Ambos se despidieron.




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